Las suizas no son neutrales, son feministas

Las suizas no son neutrales, son feministas

 

 

La globalidad de los movimientos de mujeres es una de las características más destacables del feminismo contemporáneo. La internacionalización inherente a los conflictos y los diferentes modos de abordarlos es parte de un aprendizaje que nos devuelve toda una historia de luchas, de la cual esta ola-sunami ha sido la receptora en la que han desembocado denodados esfuerzos seculares.

La innegable repetición de los temas marcados por el patriarcado, también global, imprime a nuestras batallas, no violentas pero firmes y consecuentes, un sesgo de hermandad entre mujeres que va conformando la esencia de los distintos feminismos con las trazas indelebles de unos conflictos devenidos del capitalismo feroz, las agresiones a los ecosistemas, el apoderamiento de nuestros cuerpos por ser potencialmente las proveedoras de seres humanos u objetos de placer masculino, y la falta absoluta de respeto por la condición humana que van mostrando cada vez con mayor descaro los crecientes neofascismos.

En este contexto, creo que es fundamental entender que, con sus diferencias, nos estamos enfrentando a un poderoso enemigo, un enemigo de la humanidad. Nuestra sororidad hacia las mujeres planetarias ha de crecer proporcionalmente al reconocimiento de nuestra situación y la necesidad impostergable de cambiarla. Debemos tener en cuenta que detrás de todos los impedimentos, los techos de cristal o de cemento, los suelos pegajosos, está un sistema que se nutre de la desigualdad y del despropósito ambiental; un sistema para el cual las vidas humanas no importan. La lucha de las feministas suizas ha venido a recordarnos esa necesaria visión global y crítica. En un mundo sacudido por miles de conflictos donde cada día se consuma una nueva barbarie (niños y niñas enjaulados en la América de Trump, por ejemplo) que naturalizamos (cuando deberíamos inscribirla en el terreno de lo aberrante), resulta que la Suiza neutral y democrática, ejemplo cívico de convivencia para el planeta, tampoco trata con equidad a la mitad de su población.

Repasemos un poco su historia. Suiza, un muy pequeño Estado federal constituido por cantones con lengua e idiosincrasia propias, con una economía importante pese a su falta de recursos naturales, ha logrado alcanzar desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial (antes de 1939, suizas y suizos empobrecidos emigraban, especialmente al continente americano) un desarrollo envidiable que ha repercutido sobre su renta per cápita. Un bienestar del que sacar pecho si no hurgamos mucho en sus oscuros orígenes: la famosa neutralidad que no les impidió en ningún momento tener negocios con los nazis y venderles armamento, mientras negaban salvoconductos para judíos que fueron luego exterminados en los campos o privado, a través de su célebre secreto bancario, de muchas de sus posesiones, como famosas obras de arte. O algo aún más infame: buena parte del desarrollo de grandes empresas suizas (Maggi, por ejemplo) se debió al trabajo esclavo de contingentes de judíos hacinados en campos de exterminio nazi. Suiza era un enclave que Hitler desdeñó invadir porque le resultaba mucho más útil inmerso en su neutralidad aparente.

En fin, que algo huele muy a podrido y no sólo en Dinamarca. Suiza, el país del chocolate, los relojes y los lingotes de oro que no produce pero refina, además de algunas cosas muy destacables en su forma de organización política y en su calidad de vida, tiene otras muy cuestionables como las que acabamos de mencionar y, sobre todo, lo que nos mueve a estas reflexiones: en la consideración —o lo contrario— hacia sus mujeres.

De hecho, las suizas comenzaron a votar en algunos cantones (con una gran resistencia por parte de otros) en 1971, a ochenta años de las primeras electoras en Australia y convirtiéndose en el último país europeo en sumarse a este derecho básico. Se consideraba antisuizo que las mujeres pudieran acceder al voto y alcanzar el mismo derecho que los hombres. La igualdad legal se consiguió recién en 1981. A su vez, la despenalización del aborto es efectiva para las suizas en 2001. Ergo: estamos frente a una sociedad claramente conservadora.

las suizas comenzaron a votar en algunos cantones (con una gran resistencia por parte de otros) en 1971, a ochenta años de las primeras electoras en Australia y convirtiéndose en el último país europeo en sumarse a este derecho básico.

El 14 de junio de 1991, las suizas se lanzan a las calles en procura de esa igualdad que sólo aparecía en los papeles. Una gran huelga secundada por medio millón de mujeres, antecedente de la que ha tenido lugar —no por casualidad— el 14 de junio pasado, hizo que las suizas dejaran sus trabajos y se movilizaran para explicar a aquella sociedad que era hora de poner en práctica lo legislado.

Ahora, otra generación de mujeres, pone de manifiesto que las cosas no han mudado demasiado, las desigualdades persisten. Las mujeres en Suiza ganan aún un 20% menos que los hombres. Para hombres y mujeres, con igual calificación, la brecha salarial sigue siendo del 18% (según la OIT). Además, el 60 % de los trabajos no remunerados, o sea los reproductivos (limpieza, cuidado de niñas, niños y personas mayores o enfermas) recae en las mujeres, en un país con un insuficiente número de guarderías y en el que niñas y niños hasta los ocho años sólo van a la escuela cuatro días a la semana.

Son las madres las que trabajan mayoritariamente a tiempo parcial (80,6%), lo cual empobrece notablemente sus futuras pensiones. A su vez, en la vida política las suizas tienen apenas una representatividad del 28%. Si a ello le sumamos las enormes diferencias que se establecen a partir de la procedencia (en caso de divorcio), que una de cada siete mujeres pierda su trabajo tras la licencia por maternidad y que los padres no dispongan de ninguna licencia, que las uniones sin papeles no sean reconocidas como tales y que el acoso y la violencia alcancen proporciones de escándalo (en Suiza hay un feminicidio cada quince días, lo que equivale a que en España hubiera 144 feminicidios al año), entenderemos la razón y el éxito de esta huelga. Las organizaciones de mujeres, que ven cómo tantos referentes van tomando cuerpo en el planeta, convocaron a más de 4.000.000 millones de trabajadoras a secundar esta histórica huelga.

¡Salario, tiempo, respeto!, reclamaron este 14 de junio las mujeres en Suiza; el paraíso fiscal de las vaquitas y el chocolate. Esta huelga, de amplio seguimiento, preparada durante un año con «precisión suiza», indica un alto grado de desarrollo de los movimientos sociales en general y del movimiento feminista en particular. Una esperanza en momentos en que la vieja y rancia Europa se empeña en ser mucho más vieja y rancia que en mucho tiempo. Un soplo de fresca brisa contra la irrupción en las instituciones de individuos e individuas consustanciados con una extrema derecha dispuesta a borrar hasta la más mínima huella de nuestros derechos duramente adquiridos. La comprobación de que el único camino posible es la movilización constante, porque las mujeres no somos neutrales: somos feministas.

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