La capitana Carola Rackete y “el capitán” Salvini: un testimonio desde Italia sobre el “caso Sea Watch”

La capitana Carola Rackete y “el capitán” Salvini: un testimonio desde Italia sobre el “caso Sea Watch”

 

La capitana Rackete y Matteo Salvini, ministro de Interior y vicepresidente del Gobierno de Italia, son tan distintos que parecen personajes inventados para oponerles en una alegoría: ella es una mujer muy culta, con un currículum académico y laboral excelente, y ha elegido poner las oportunidades de que ha podido disfrutar al servicio de los desfavorecidos; él (apodado “el capitán, quién sabe por qué) es un hombre que ni ha terminado la carrera, nunca ha trabajado fuera de la política, ahora que es ministro trabaja muy poco, considera la política una manera de hacer lo que le da la gana y arreglar sus intereses, y tiene muy buenas relaciones con militantes neofascistas, hinchas violentos, corruptos, incluidos compañeros de su partido (dos ya han tenido que dimitir), y el lobby de las armas, solo por citar las que se conocen ahora (much@s sospechamos que hay muchas más, y todavía más peligrosas, pero por ahora no hay pruebas). Por supuesto, también es un misógino. Un ejemplo: uno de sus blancos favoritos es Laura Boldrini, presidenta de la Cámara de Diputados en el gobierno anterior, ahora diputada, y conocida a nivel internacional por haber sido portavoza, durante muchos años, del UNHCR. Laura Boldrini tiene mucho en común con la comandante Rackete, y además es declaradamente feminista. Por todo eso, desde su nombramiento a la presidencia de la Cámara ha sido objeto de insultos y amenazas machistas en las redes sociales (de parte de mucha gente, no solo de Salvini) y de la creación de falsas noticias. Eso habla muy claro sobre el retroceso de la condición de las mujeres en Italia. Por otro lado, todos los opositores de las políticas de Salvini se enfrentan a sus insultos y a su odio. Esta vez también me limito a un ejemplo: a Roberto Saviano amenazó con quitarle la escolta.

Volviendo a la capitana Rackete, la mayoría del mundo político y muchos de los medios le siguen la corriente a Salvini en su pretensión de convertirla en una criminal, o toman distancia de ambas partes, como si ella hubiera actuado para provocar al gobierno italiano y crear un caso político (así dicen), ocultando descaradamente que Libia no es un lugar seguro y que ningún otro país quiso ofrecer su puerto; tampoco ella tenía nada que ganar actuando como lo hizo, todo lo contrario.

Incluso las dos autoridades que tendrían el poder de parar a Salvini, el primer ministro Conte y el presidente de la República Mattarella, han decepcionado. El primero, llamado a ejercer porque ni Di Maio ni Salvini, jefes de los dos partidos de gobierno, tenían la competencia para este cargo, ha aceptado sin demasiados problemas el rol de primer ministro títere, y lo ha dejado más claro que nunca en esta ocasión, calificando de “inaudito” el comportamiento de la capitana. El segundo ha guardado silencio, en esta como en muchas otras ocasiones. Todo esto, junto con las dos sentencias durante la permanencia del buque en el mar (la del juzgado administrativo que reconoció como legítima la prohibición de entrar en el puerto, y la del tribunal europeo de derechos humanos, que no vio emergencia en el estado de los náufragos), hace muy preocupante la situación de la capitana, que además se enfrenta a los cargos de violencia contra un buque militar e intento de naufragio por haberse tropezado con el buque que intentaba pararla.

Afortunadamente, “la Italia que resiste” está viva: una recolección de fondos para pagar la multa prevista por la nueva ley, promovida por el Partido Demócrata en un raro gesto de valor, ha reunido 300,000 euros en menos de dos días. Sin embargo, es este hombre el que tiene el apoyo de la mayoría de la población, y que ha sabido sacar a la luz los lados peores de la gente y de la política, no solo en Italia: sus políticas migratorias han tenido un tremendo “efecto contagio”. La capitana va a necesitar muchísimo apoyo. El mío ya lo tiene.

 

 

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