La banalidad del mal en la sociedad del porno

La banalidad del mal en la sociedad del porno

Verónica, trabajadora de la empresa Iveco, se ha suicidado después de que centenares de compañeros de trabajo compartieran por WhatsApp un vídeo sexual en el que ella aparecía. Este caso está suscitando un debate acerca de la banalidad del mal.

 

El origen de la difusión del vídeo parece ser la venganza de un ex novio. Esta forma de violencia machista se viene llamando en la prensa “porno de venganza” y consiste en difundir o subir a páginas porno un material sexual obtenido “con consentimiento” en el curso de una relación romántica. A ese delito inicial se suma el cometido por cada uno de los hombres que reenviaron el vídeo, pues según el Código Penal, no pueden re-enviarse este tipo de imágenes sin consentimiento de las personas que aparecen en ellas. Pero los hombres actuaron llevados por el morbo, deshumanizando a su compañera de trabajo y produciendo además, con su modo de actuar, un clima laboral asfixiante de acoso en el trabajo, que también constituye un delito. Ante ese delito la empresa se mantuvo pasiva, dejando a la mujer en un estado de indefensión. Verónica tuvo que soportar que, durante su jornada laboral, algunos compañeros fueran a mirar a “esa chica que salía en el vídeo”.

Tras estos hechos, una tertulia televisiva dio voz a Fran Rivera, un famoso que aseguró que “un hombre es incapaz de recibir un vídeo así y no enviarlo” y añadió que las mujeres no deberían dejarse grabar, por su propio bien. Lo que sus palabras vienen a decir es que compartir imágenes eróticas es lo normal entre hombres. Cuando comparten imágenes eróticas, a los hombres no les preocupa si hay consentimiento tras esas imágenes. E incluso las comparten con mayor interés si saben de buena tinta que son imágenes robadas. Según la posición de Fran Rivera, muy extendida, los hombres sienten una pulsión sexual incontrolable que les conduce a compartir una imagen robada sin preocuparse por las consecuencias que eso pueda tener sobre la mujer que la protagoniza.

Sabemos que el subtexto de esto es que difundir estas imágenes forma parte del modo habitual en el que los hombres bromean y confraternizan. El hombre que comparte una imagen con sus amigos no tiene porqué estar excitado en ese momento. Enviar la imagen estrecha el vínculo sobre el que se asienta el patriarcado: ese vínculo es la sexualidad dominante e incontrolable que los hermana (masculinidad) y que los sitúa en la posición de poder social sobre las mujeres.

Cuando comparten imágenes eróticas, a los hombres no les preocupa si hay consentimiento tras esas imágenes. E incluso las comparten con mayor interés si saben de buena tinta que son imágenes robadas

Este caso genera una reflexión sobre la banalidad del mal porque se escuchan apelaciones constantes a que “cualquier hombre hubiera compartido el vídeo” y esas afirmaciones pretenden descargar de responsabilidad a los hombres que las compartieron (y trasladan la responsabilidad a la víctima).

 

La banalidad del mal

La “banalidad del mal” es un concepto que acuñó la filósofa judía Hannah Arendt a propósito del caso Eichmann, un alto funcionario nazi que fue uno de los encargados de ejecutar el genocidio. Cuando Arendt habla de la banalidad del mal lo que quiere decir es que Eichmann no era un villano de película, que no actuaba en su vida como un malvado. Este hombre hubiera sido incapaz de, por ejemplo, asesinar a su superior para heredar su cargo.

Eichmann era irreflexivo y fue eso lo que le condujo a ser el mayor criminal de su tiempo. La filósofa expone que en la sociedad nazi la mayoría de los alemanes tuvo la tentación de no permitir que sus semejantes fueran enviados al exterminio, pero se dejaron llevar por ese horror que era considerado “normalidad”. Sin embargo, matiza Arendt, aunque Eichmann no tenía el pensamiento de un demonio, no podemos eximirle de responsabilidad diciendo que cualquier alemán podría haber sido Eichmann y que todos los alemanes son igualmente culpables. Arendt piensa que no es normal que una persona “se deje llevar” hasta ese punto. Ese grado de alejamiento de la realidad puede causar mucho más daño que la maldad. La filósofa considera que no podemos ocultar que detrás de ese aparente “dejarse llevar” existe una decisión ética: la de no pensar, no esforzarse y considerar que la “normalidad” puede sustituir a la propia conciencia.

 

La perversidad de la idea del consentimiento

Fran Rivera descarga de responsabilidad a los que difundieron el vídeo de Verónica y añade, como un consejo paternalista, que las mujeres no deberían dejarse grabar. Con ello desplaza la responsabilidad hacia la víctima “ella no debería haberse grabado”. Esta posición parece afirmar de forma velada que “una vez que aceptas grabarte, has dado tu consentimiento para que esas imágenes se difundan o incluso integren en el circuito del porno”.

Los hombres que compartieron el vídeo estaban cometiendo un delito, pero se insiste en que eran hombres normales haciendo algo que todos los hombres hacen: compartir imágenes de sexo por mera diversión. Ellos sabían que Verónica era su compañera y seguramente sabían que las imágenes estaban siendo distribuidas contra su voluntad, pero lo terrible es que en la sociedad del porno, lo normal es que a un hombre eso no le importe.

Cuando se trata de pornografía a los hombres no les importa si el origen de la misma es consentido o no. Si se preocupan por el origen de las imágenes, suele ser en términos de morbo: mucho mejor si las imágenes no son consentidas. Por este motivo, cada vez que hay un caso mediático que implica delito sexual contra una mujer, como el caso de la Manada o en este caso, vemos que se convierte en el vídeo más buscado en las plataformas de porno.

A los consumidores no les importan las disquisiciones teóricas, como la de los análisis que insisten en que esas imágenes no son pornografía y que no deberían ser llamadas “porno de venganza”. Según el punto de vista de esos análisis, esta mujer no consintió que su intimidad quedase expuesta (a diferencia de las chicas del porno, que consintieron la cesión de su intimidad).

Lo cierto es que al consumidor de pornografía no le importan esas cuestiones. La ideología del porno deja muy claro que no importan ni las mujeres como personas ni su opinión. De hecho niñas y jóvenes son vendidas para su uso sexual en la pornografía y como explica Sheila Jeffreys, las mujeres captadas para la pornografía suelen ser muy jóvenes, de 18 años o menos, y extremadamente vulnerables, por lo general sin hogar, con historias familiares problemáticas y muchas veces con historias de abuso sexual. Es decir, frecuentemente son chicas provenientes de familias con las que no pueden contar y que no tienen dinero para vivir.

La crueldad de las prácticas que se ven obligadas a hacer, así como el odio hacia las mujeres que las películas porno representan, se ve con claridad en la descripciones de los vídeos. Por ejemplo, en esta descripción de una película en la que la mujer sufre una penetración anal doble: “Audrey, la chupapijas, aviva el ambiente hasta niveles inimaginables (…) dos o tres al mismo tiempo, por la boca, por el coño y por el culo durante las mejores partes de una hora bien caliente. “Dios mío, llénenme como a una puta desesperada” pide a todos y cada uno. Explosiones de calentura depravada le corren el recargado maquillaje. (…) Audrey incluso marca un nuevo record porno de duración de los anales dobles: 18 minutos. (…) La escena fue rodada por los incasables Jim Powers y Skeeter Kerkove, quien exuda alegría pura durante la producción del film porno. “¡Mira ese doble anal!”, exclama con entusiasmo en un momento dado, con la alegría de un niño en una tienda de dulces “esto es mejor que unas vacaciones en Camboya”.

Basta con darse un pequeño paseo por internet mirando las descripciones de los vídeos porno, para despejar cualquier duda acerca del carácter vejatorio del género porno. La pornografía vende humillación y dolor, y deshumaniza a las mujeres. El porno más violento se ha vuelto mainstream: son usuales prácticas como escupir y abrir, en la que el hombre estira el ano de su compañera tanto como sea posible, coloca un espéculo y escupe u orina ahí. Otras prácticas son la penetración anal y la penetración doble, o el sellamiento, que consiste en la introducción de un pene en cada orificio, la violación en grupo, o lo que se denomina asfixiar y follar y el bukkake, una práctica en la que decenas de hombres eyaculan a la vez sobre el cuerpo de una mujer que está tumbada en el suelo.

Basta con darse un pequeño paseo por internet mirando las descripciones de los vídeos porno, para despejar cualquier duda acerca del carácter vejatorio del género porno. La pornografía vende humillación y dolor, y deshumaniza a las mujeres.

Cuando leo que algunas analistas enfatizan que el “porno de venganza” no es porno, tengo la sensación de que intentan construir un cordón sanitario que proteja a las “mujeres normales que juegan al porno con su novio” para que no sean confundidas con las auténticas mujeres del porno: esas actrices felices que han nacido para disfrutar cuando orinan sobre ellas. Pretendiendo proteger a un grupo de mujeres, el énfasis en el consentimiento o su ausencia, tiene el efecto de legitimar la pornografía y la promoción de la violencia masculina que esta contiene.

La feminista Catharine MacKinnon señala que el papel central en la legitimación de la cultura sexual del patriarcado radica precisamente en la noción de consentimiento. La sociedad considera que una relación sexual es éticamente correcta si la mujer consiente. No se exige que la mujer desee activamente, ni que experimente placer propio. La idea vigente del consentimiento exige tan poco que es compatible con cualquier forma de humillación o de violencia extrema contra la mujer. A la regla del consentimiento tampoco le importan las consecuencias que un acto sexual tenga sobre la vida de la mujer. El machismo puede llegar al extremo de considerar que si una mujer “se deja grabar” ha dado su consentimiento para que esas imágenes sean utilizadas para cualquier fin.

La sociedad patriarcal sostiene que las mujeres pueden elegir y oculta la desigualdad estructural entre mujeres y hombres que vicia el consentimiento. Se hace creer a las mujeres que sus “decisiones sexuales” son producto de su deseo o de su identidad individual, de su “libertad sexual”. Sin embargo casi siempre el envío de estas imágenes comienza con un hombre que insiste y una mujer que se niega, que al final cede para complacerle: “si me comporto de forma estrecha, se irá con otra”. Tras varios envíos, la mujer acaba representando la escena porno que él le pide y que suele tener algún elemento humillante, porque eso es precisamente lo excitante en la hermenéutica de la sexualidad patriarcal. El hombre se vanagloria de la rendición de “otra puta” y las camarillas de hombres celebran la victoria rutinaria.

 

La ideología del porno

Katharine MacKinnon expone las claves de la ideología de la pornografía. La autora se pregunta “¿por qué es sexy la jerarquía?” La autora es tajante: en el patriarcado el sexo es dominación, no es solo que la dominación se sexualice sino que la dominación es la dinámica misma del deseo.

MacKinnon continúa: “la sexualidad está definida por aquello que logra endurecer el pene”. “Aparte de todas las demás cosas que lo consigan, lo consiguen el miedo, la hostilidad, el odio, la indefensión”. La pornografía es el vehículo de esta ideología del dominio sexual patriarcal: “desde el testimonio de la pornografía, lo que quieren los hombres es: mujeres atadas, mujeres violentadas, mujeres torturadas, mujeres humilladas, mujeres degradadas y ultrajadas, mujeres asesinadas. O, para ser justos con la versión blanda, mujeres sexualmente alcanzables, que estén ahí para ellos, que deseen ser tomadas y usadas, tal vez solo con una ligera atadura. Cada acto de violar a una mujer-violación, agresión, prostitución, abuso sexual infantil, acoso sexual-se convierte en sexualidad en la pornografía, se hace sexy, divertido y se considera que libera la auténtica naturaleza de la mujer”.

La sociedad considera que una relación sexual es éticamente correcta si la mujer consiente. No se exige que la mujer desee activamente, ni que experimente placer propio. La idea vigente del consentimiento exige tan poco que es compatible con cualquier forma de humillación o de violencia extrema contra la mujer.

“Cada grupo de mujeres especialmente vulnerable, cada grupo tabú- las mujeres negras, las mujeres asiáticas, las mujeres latinas, las mujeres judías, las mujeres embarazadas, las mujeres con discapacidad, las mujeres pobres, las mujeres viejas, las mujeres gordas, las mujeres en trabajos precarios, las prostitutas, las niñas- distingue géneros pornográficos, clasificados según la degradación favorita de los distintos clientes”. “Las mujeres se convierten y se unen a cualquier cosa que se considere más baja que lo humano: animales, objetos, niños y otras mujeres. Cualquier cosa que las mujeres hayan reclamado como propio- la maternidad, el deporte, los trabajos tradicionalmente masculinos, el feminismo- se hace específicamente sexy, peligrosa, provocativa, castigada”. La pornografía construye a las mujeres como cosas para uso sexual y construye a los consumidores para que deseen con desesperación a mujeres que a su vez desean con desesperación ser deshumanizadas y poseídas.

La sexualidad humana no es el resultado estático de un impulso sexual, sino que el sexo se aprende, es ideología. La normalización de la dominación en la cama es uno de los soportes ideológicos de la autoridad masculina en la sociedad y de la denigración social de las mujeres.

MacKinnon explica que la mujer es reducida a un objeto que además se ve a sí misma como objeto. Las mujeres se excitan imaginando su propio culo en movimiento siendo contemplado por un hombre. Su propia cosificación es el centro de su deseo. La mujer es un ser cuya sexualidad existe para otro y lo que se denomina sexualidad de la mujer es su capacidad para despertar el deseo del hombre. En un contexto como este, en el que las mujeres han sido adoctrinadas para aceptarlo todo, hablar de consentimiento es inapropiado. Se nos enseña que el hecho de que los hombres utilicen nuestros cuerpos para sus necesidades significa que nos quieren.  “Las mujeres experimentan en general la sexualidad como camino para la aprobación del hombre; la aprobación del hombre significa casi todos los bienes sociales.”

Por su parte, los hombres se excitan con prácticas sexuales que llevan a sus relaciones de pareja. Ellos no pueden verse a sí mismos como agresores cuando humillan y maltratan a las mujeres porque la pornografía les permite normalizar el dominio cuando se produce en la esfera de la sexualidad. Tal vez los centenares de empleados de Iveco que compartieron el vídeo hubieran reaccionado de otro modo al presenciar, en un contexto no sexual, insultos y humillaciones contra una compañera de trabajo. Pero, cuando nos adentramos en la esfera de la sexualidad, las mujeres quedan deshumanizadas y transformadas en meras cosas.

Esa cosificación resulta todavía más marcada cuando se produce por medio de la misma tecnología que emplea la pornografía. Recordemos que en el terreno de la pornografía, toda degradación de las mujeres queda justificada y no importa lo que la mujer protagonista sienta o piense, ni lo que pueda ocurrirle. La ideología de la pornografía dice que una vez que la mujer ha caído en la red, los hombres son incapaces de interrumpir “el juego”.

 

La banalización de la violencia contra las mujeres

Rosa Cobo señala que el alcance de la pornografía llega hasta el punto de que se ha convertido en parte de la cultura popular, pues el influjo que ejerce la pornografía sobre la sociedad es tan profundo que podría hablarse de “pornificación” de la cultura. El lenguaje de la pornografía forma parte del lenguaje común que atraviesa los productos culturales (cine, música, pintura, etc.). Vivimos en una sociedad sobrecargada de sexualidad que convierte a las mujeres en objetos.

El impacto de la pornografía se extiende más allá de la sexualidad, pues el dominio masculino erotiza a las mujeres, desde el terreno íntimo al institucional. Por eso las formas sutiles de acoso sexual se producen constantemente, en todas partes. Los hombres no perciben ese acoso, porque queda integrado en la percepción normal que los hombres tienen de las mujeres (que es una percepción distorsionada). Esta situación provoca confusión en las mujeres, porque al vivir en un contexto cotidiano de cosificación puede ser difícil poner límites a lo tolerable.

Perciben a la víctima de una violación como menos humana, más objeto, menos digna y más culpable de la violación. Incluso el porno considerado “no violento” hace a los hombres ver a las mujeres como algo por debajo de lo humano,

Aun en las formas más evidentes de acoso sexual, como el caso del que hablamos, los hombres negarán o minimizarán su responsabilidad. La pornografía es una escuela de sexualidad que banaliza la violencia contra las mujeres y que incluso conduce a los hombres hacia las formas más brutales de violencia sexual, enseñándoles a ver a las mujeres como personas que merecen cualquier abuso o que lo disfrutan.

Numerosos estudios han relacionado la pornografía con la violencia sexual. Un estudio de Donnerstein y Berkowitz relativo a la exposición de los hombres a la pornografía puso de manifiesto que los hombres que ven pornografía durante mucho tiempo en condiciones de laboratorio terminan excitándose más con escenas de violación. El primer día experimentan incomodidad, pero luego disfrutan, mientras que el material no violento se vuelve menos excitante. Perciben a la víctima de una violación como menos humana, más objeto, menos digna y más culpable de la violación. Incluso el porno considerado “no violento” hace a los hombres ver a las mujeres como algo por debajo de lo humano, buenas solo para el sexo, objetos, algo sin valor, deseosas de ser violadas, culpables si llegan a ser violadas y distintas al hombre.

El estudio también analiza a los hombres que han sido condenados por violación, y concluye que estos se sienten sexualmente excitados también con material que solo incluye violencia contra las mujeres (no sexual). Pero muchos hombres normales también se excitan al ver por ejemplo bofetadas o puñetazos contra las mujeres y perciben la interacción como algo sexual, aun cuando no se muestre sexo.

MacKinnon concluye que en el patriarcado la sexualidad masculina se activa con la violencia contra las mujeres y con relativa frecuencia se expresa en forma de violencia contra las mismas. La idea de violar a una mujer resulta excitante a muchísimos hombres. La violación no es una desviación patológica de la sexualidad, sino la natural expresión de la sexualidad en una sociedad machista.

Sheila Jeffreys señala que los estudios científicos que se han realizado muestran que la pornografía disminuye la empatía de los chicos jóvenes hacia las chicas, incrementando la violencia masculina contra las mujeres y produciendo su deshumanización. Los menores están utilizando la pornografía para obtener información sobre el sexo. Jeffreys considera que, si el cristianismo condenó toda la sexualidad externa al matrimonio, el impacto de la pornografía ha promocionado un nuevo sistema de valores que promueve la cosificación sexual extrema de las mujeres.

 

Conclusión

El caso de Verónica ha tenido gran impacto social. Algunas preguntas que inquietan a la sociedad son: ¿cómo es posible que cientos de hombres colaboren a difundir un vídeo íntimo grabado sin consentimiento, sabiendo que eso podía generar un enorme sufrimiento a una compañera de trabajo?, ¿cuál es la causa de esta banalización del mal?, ¿cómo es posible que algo así haya sido considerado como una broma sin importancia o un mero jueguecito sexual?, ¿cómo es posible que nadie denunciase lo que estaba ocurriendo?

¿cómo es posible que cientos de hombres colaboren a difundir un vídeo íntimo grabado sin consentimiento, sabiendo que eso podía generar un enorme sufrimiento a una compañera de trabajo?,

Algunos análisis apuntan al uso de la tecnología, como si este caso no tuviera nada que ver con la opresión que sufrimos las mujeres, como si el único problema fuese que los móviles nos vuelven insensibles. Así sin más. El hecho de que la acosada fuese mujer, o incluso el hecho de que el vídeo fuese sexual, parecen ser elementos secundarios según esos análisis que apuntan al medio mientras oscurecen los fines y las motivaciones. La responsabilidad se diluye, pues el mal se sitúa en una tecnología que ha alienado a toda la sociedad.

Realmente la deshumanización presente en este caso no es muy distinta de aquella de la que son partícipes diariamente la inmensa mayoría de los hombres al consumir pornografía. Esta cercanía queda evidenciada por el hecho de que el vídeo de Verónica se haya convertido en lo más buscado en las web porno. Algunos análisis enfatizan las diferencias que hay entre lo que los hombres hacen cuando ven porno (algo supuestamente inofensivo) y lo que han hecho con Verónica.

Se ha instalado en la sociedad la idea de que la pornografía es una producción artística, simple ficción. En el imaginario colectivo está asentada la idea de que la pornografía no compromete éticamente al espectador porque él no participa activamente en ella. Solo contempla lo que está al otro lado de la imagen: el hecho de que en la pantalla se exalte la violencia contra las mujeres no le compromete.

En este caso, siguiendo la misma lógica, muchos hombres vieron el vídeo y presionaron el icono de compartir. Sabían que lo que lo que estaban viendo hacía daño a una mujer, pero no les importó, porque creyeron que ver un vídeo no les comprometía. Pensaron incluso que compartir ese vídeo no les comprometía: “solo es un vídeo y nos han dicho que los vídeos eróticos son fantasías, que solo son un juego que estrecha la comunidad de hombres”.

Los derechos humanos son los valores estrella de la sociedad democrática, fundada sobre el derecho de todo ser humano a ser tratado con dignidad. Sin embargo esta misma sociedad permite la erotización de todo cuanto niega esos derechos humanos. Los valores definitorios de lo humano no son los definitorios de las mujeres. La degradación de las mujeres es femenina y sexy, la tortura de las mujeres es femenina y sexy. Todo lo degradante en un ser humano es sexualmente excitante en la pornografía.

muchos hombres vieron el vídeo y presionaron el icono de compartir. Sabían que lo que lo que estaban viendo hacía daño a una mujer, pero no les importó, porque creyeron que ver un vídeo no les comprometía.

Las feministas exigimos la transformación total de la ideología sexual imperante. El erotismo ha de reconciliarse con la humanidad y con el afecto, debe separarse de la supremacía masculina. Las mujeres tenemos derecho a una identidad libre de cosificación sexual y a no ser instrumentalizadas para el sexo. Los hombres no tienen ningún derecho sagrado a utilizar a las mujeres y no tienen derecho a llamar a nuestra opresión “libertad de expresión”. Tenemos derecho a ser escuchadas y a que nuestro dolor no sea ignorado. Nuestro dolor y nuestra tortura son invisibles incluso cuando están siendo observados en una pantalla por miles de personas. La sexualidad debe dejar de funcionar como un interruptor que desactiva nuestra humanidad.

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COMENTARIOS

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    Amanda 2 meses

    Brutal!!.. No se puede añadir nada más..

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    Maravilloso texto

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