Gentleman jack: rebelión fake

Gentleman jack: rebelión fake

 

La nueva serie de la HBO y la BBC, Gentleman Jack, se centra en la vida de Anne Lister, que tras unos años en París ha vuelto a su pueblo natal para llevar los negocios familiares que le corresponden por herencia. Hasta ahí todo bien. Nos pintan a una mujer independiente que ha vivido en el extranjero, ha estudiado anatomía y habla con una autoridad que ninguno de los personajes masculinos puede igualar. Nos muestran cómo ser una mujer lesbiana en el siglo XIX, cómo romper los moldes y tomar tus propias decisiones. Nos quieren vender una revolución feminista decimonónica porque ahora el feminismo está de moda y vende, pero no ha colado. Por mucho que sea una producción con protagonismo, guion y dirección básicamente femeninos, todo tiene un tufo a macho que se cuela entre las enaguas. Al fin y al cabo, la historia se basa en los diarios de la Anne Lister real, que no deja de ser una mujer de la época victoriana. Pero han pasado dos siglos y ahora ese discurso no tiene cabida. O no debería. La perpetuación de los estereotipos y la falta de autocrítica daña tanto en la actualidad como cualquier argumento conservador. Es el reflejo de lo que la sociedad entiende por feminismo y por mujer empoderada, es el reflejo de lo que el hombre cree que el público quiere oír. Es lo que el hombre intuye que es ser lesbiana y ser feminista, es decir, no ser mujer.

 

No ser mujer porque Anne Lister no es recatada ni femenina ni coqueta ni obediente ni viste colores estridentes acordes a la época ni, por supuesto, tiene interés alguno por los hombres. Y es que Anne Lister no hace sino imitar el modelo masculino de comportamiento, indumentaria y carácter: es mandona, lleva los negocios con resolución, frialdad y seguridad y reprime sentimientos como el más machote de los machos. En la serie, vemos como pasa de una relación a otra como de polo de helado derretido al siguiente. Sí, lo pasa mal unos minutos cuando se encuentra de nuevo sola, pero en seguida se recompone y se convence a sí misma de que no la merecen, de que en realidad no le importa tanto y de que, además, “ella siempre está bien”. Da la sensación de que más que amor y cariño por sus parejas, lo que siente es temor, pavor a envejecer sola y ver cómo todo el mundo a su alrededor se casa y ella queda soltera para siempre. Sin ningún espacio de crítica o de consciencia hacia el tema que en realidad está tratando, se relata el miedo más absoluto a la soledad. Un miedo muy actual que la protagonista pretende “solucionar” de esa forma tan frecuente en la posmodernidad actual, que consiste en desechar una relación para pasar rápidamente a la siguiente sin ninguna gestión de sentimientos de por medio ni de tregua para volver a quererse y a conocerse a una misma. ¡Qué pérdida de tiempo si se puede distraer la mente con otra persona!

 

En principio, cualquier relación homosexual parte de la igualdad porque se presupone que no hay ninguna lucha en cuanto a los roles de género. Este no es el caso en Gentleman Jack. Aunque se presente una relación lésbica, vemos cómo se mantienen los mismos roles de poder que se dan en las parejas heterosexuales. Anne Lister es la autoritaria, la que toma las decisiones, la segura de sí misma y la que asume el rol masculino en pareja y en sociedad; Ann Walker, por su parte, es la sensible, la insegura, la femenina y, por encima de todo, es la infantilizada. No es capaz de tomar ninguna decisión por sí misma ni tiene la más remota idea de qué es lo que quiere o lo que puede hacer. Se debe continuamente a los demás y permanece totalmente a merced de la pareja. Llega a ser tan literal el poder de una sobre la otra que Anne Lister lo dice explícitamente en el capítulo 5:

“Al contármelo, me entregaste una responsabilidad. Me entregaste un poder sobre ti que pretendo emplear sabiamente y en tu beneficio únicamente”.

 

Anne Lister se queja continuamente de que la familia de Ann Walker quiere aprovecharse de ella y manejarla como si fuera una niña al mismo tiempo que ella hace exactamente lo mismo. Parece que  deba estar siempre bajo la protección de alguien, ya sea de su familia o de su pareja. Preciosos sentimientos victorianos.

En su afán por impersonar totalmente su rol de poder cuasi masculino, Anne Lister también practica la antigua práctica del mansplaining más descarado. No solo le explica a su amada lo que debe decir, sentir y pensar, sino que además en una escena en concreto en la que Ann está escribiendo una carta, Anne Lister le corrige una palabra y se la deletrea. ¿Importante para el argumento? No. ¿Importante para la construcción de los personajes? Por supuesto. No hay mejor forma de reforzar la superioridad de una y el infantilismo de otra que deletreándole una palabra. Y es que más que una relación amorosa, parece la de una tutora con su protegida y pupila.

Alabo y aplaudo a una mujer empoderada en cualquier siglo, de eso no hay duda, pero si la forma de empoderarse vuelve a caer en los límites del sistema patriarcal, bajo sus mandatos y reglas, no me parece nada rompedor.

Qué paternalismo más burdo e innecesario. Lo que nos faltaba en esta sociedad asfixiada por el amor romántico era que se reprodujeran y realzaran los comportamientos malsanos de siempre también en las relaciones homosexuales como si fuera algo liberador, moderno y superinclusivo. Reproducir los comportamientos tóxicos socialmente aceptados de las parejas heterosexuales en las homosexuales no normaliza ni acepta una mierda. Es un hetero washing de aquí a Lima. Es disfrazarlo para que encaje en el molde. Claro que en las relaciones homosexuales pueden darse luchas de poder, celos y todo Disney, pero no me vendáis la moto. ¿Es necesario que una persona hetero se sienta identificada con los celos y el control para que acepte que existen otras orientaciones sexuales? ¡Mira, son como nosotros! Lo siento, pero eso no ayuda ni a unos ni a otros. Ese control asfixiante de Anne Lister sobre Ann Walker no hace más que reflejar su miedo a quedarse sola. Desde la supuesta rebelión y el empoderamiento, se reproduce una vez más el modelo de relación tóxica y dependiente que el feminismo tanto lucha por eliminar.

Pero no todo en la serie es malo. Valoro mucho que una y otra vez Anne Lister se reafirme en su orientación sexual y lo exprese con tanta seguridad:

“Yo amo y solo amaré al sexo débil [ejem…]. Me repugna la idea de amar a un hombre. Esto que siento no ha oscilado ni ha cesado desde que era una niña. Vine a este mundo así”.

Me gusta que lo diga siendo consciente de sí misma, sin tacharse ni reprimir nada. Alabo y aplaudo a una mujer empoderada en cualquier siglo, de eso no hay duda, pero si la forma de empoderarse vuelve a caer en los límites del sistema patriarcal, bajo sus mandatos y reglas, no me parece nada rompedor. Continúa el estereotipo de lesbiana masculinizada y sigue buscando su libertad en la figura de poder más cercana. No rompe con el sistema, se ajusta a él. Una especie de empoderamiento feminista muy ligerito e institucionalizado. Por eso, puedo valorar cómo el personaje se carga los modelos de la época, cómo se levanta contra el sistema. Es más, la serie se basa en una historia real, así que me flipa y me encanta, pero, como ficción, no podemos seguir vendiendo el patrón del amor romántico y la media naranja y la dependencia y los celos. No podemos justificar ciertos comportamientos machistas dos siglos después, aunque se enmarquen dentro de lo que se consideraba revolucionario en la época. Vamos a rebelarnos contra lo que se supone que debe hacer la mujer, pero nunca a la zaga del hombre. No podemos dejar de ser el grupo oprimido oprimiendo. No buscamos la reversión del sistema, aunque esa sea la interpretación machista que se haga del feminismo.

En fin, no sé por dónde tirará la serie, pero tengo la esperanza de que Ann Walker se empodere de verdad y haga un dracarys y mande todo a la mierda; pero, hablando en serio, esto tiene pinta de otro drama de relación imposible, que ensalza el poder del amor y que poco tiene de feminista y de revolucionario.

 

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