El precio del silencio

El precio del silencio

 

A pesar de los años que llevamos contabilizando el número de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas desde que en el 2003 comenzaron a recogerse estos datos (conviene recordar que son casi 1000 mujeres), sigo sintiendo un escalofrío cuando escucho: “un nuevo caso de violencia de género” aunque siempre insisto en que debemos utilizar adecuadamente el lenguaje: “otro hombre asesina a una mujer”.
Estamos peleando duro para frenar esta lacra, sin embargo, no cesa. Escucho como descuartizan, ahorcan, atropellan, apuñalan, disparan…a mujeres que tal vez nunca pensaron en ese final.
He tenido la fortuna de conocer a muchas supervivientes de este tipo de violencia. Porque no son víctimas, son SUPERVIVIENTES. Son mujeres valientes, resilientes y aunque en ninguno de sus casos, como el de otras muchas, no fue fácil dar el paso de romper el silencio y denunciar, una vida mejor les esperaba al otro lado del maltrato. Ellas son un ejemplo.
Mi preocupación se centra en la mujer que día tras día, mes tras mes, año tras año… sigue soportando el daño que le produce “ese” que asegura quererla y que no puede vivir sin ella.
Claro que no es fácil salir de una relación de este tipo. El maltrato al que se ven sometidas, las humillaciones, el miedo, la presencia de hijos o hijas, las amenazas, la falta de recursos, la vergüenza… y un sinfín de variables que podría describir, las deja paralizadas de tal forma que no se atreven a dar ese paso.
¿Es que no quiere romper? ¿Tal vez esté enamorada y no quiera dejarle?
¿Cuántas veces escuchamos este tipo de cuestionamientos que depositan la responsabilidad en la mujer?. Entender el entramado de la violencia que es ejercida sobre las mujeres, “solo por el hecho de ser mujeres” es complejo y difícil para quien no tiene interés en ello o para aquellas personas que no tienen perspectiva de género.

A modo de ejemplo, si yo pretendo que a través de una pequeña pieza de un puzle me expliquen a qué imagen puede corresponder, con total seguridad que sería imposible. Hay muchos factores que están influyendo en esa toma de decisiones, y es imprescindible entender:

  • Quién la ejerce la violencia.
  • Sobre quién se despliega.
  • El espacio en el que se realiza.

Esta violencia, que se da en el ámbito de las relaciones de pareja (lo más privado de la persona) aísla a la mujer hasta el punto de no poder solicitar ayuda. En ocasiones incluso el agresor la aleja tanto de la familia que pasa el tiempo sin que puedan saber de su vida (como ha ocurrido en algún caso de asesinato… ya demasiado tarde).

Por otra parte, a menudo juzgamos a la víctima al no entender sus decisiones: seguir o volver con el agresor, no denunciar, renunciar al proceso una vez ha denunciado, reanudar la convivencia… ¿cuántas veces le pide perdón? ¿cuántas veces le perdona?. Nos equivocamos si creemos saber lo que le conviene. Somos víctimas de nuestras creencias: los mitos, los estereotipos, la idea del amor, y la idea del amor romántico en las mujeres más jóvenes (el amor todo lo puede, amar es sufrir, los celos son una expresión de amor…) la idea de las relaciones de pareja, de la maternidad, de la familia y un largo etc. que como alfileres “se van clavando” en la mujer bloqueándola y haciendo lo que en realidad se espera de ella de acuerdo a su rol: “aguantar”. Soporta, porque lo escuchó alguna vez a su madre, porque la sociedad a veces mira para otro lado, porque, aunque queramos tender una mano, si nos toca de cerca también “nos avergonzamos”.

Salir de la relación es muy doloroso. La dependencia emocional y el miedo al abandono y a la soledad… cuestionándose ¿cuánta parte de culpa tengo yo? Así se convive con la violencia. Las continuas vejaciones sufridas hacen que no se sientan capaces de dar este paso. La dependencia emocional no se pone de su parte, sino que es un factor más que dificulta el proceso. Disponemos de recursos, pero ¿realmente llegan a la mujer?; no siempre cuentan con el apoyo que necesitan.

He conocido una mujer que decidió ir al Juzgado, pero no sabía que la puerta del Juzgado de Guardia estaba a la vuelta de la esquina…Otra mujer, que decidió acudir a la Policía desafortunadamente fue derivada a otro recurso sin más explicaciones…nunca llegó al lugar al que fue derivada y posiblemente siga ahí, conviviendo con la violencia… “pagando la tasa del silencio”… y en peligro…; porque cuando una mujer decide, “tímidamente”, acudir a solicitar ayuda “HAY QUE ESTAR”. Hay que estar disponible, accesible… para que esa decisión que tanto le ha costado tomar, no tenga vuelta atrás; no nos rasguemos las vestiduras responsabilizándolas a ellas, solo hay un responsable: el agresor. Los y las profesionales debemos tener la profesionalidad, la formación suficiente, la empatía necesaria, el tiempo ilimitado que requiere un asunto de este tipo, para dar respuesta a las necesidades de la mujer en ese momento.

Dejemos de preguntarnos por qué no denuncian y preguntémonos que debemos cambiar en nuestras actuaciones, en nuestras conversaciones diarias, en los medios de comunicación… recordemos que junto a nosotras/os puede estar escuchándonos una mujer que convive con el agresor y está deseando que le tendamos la mano.

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