Cómo desaparecer a las mujeres del mapa

Cómo desaparecer a las mujeres del mapa

A nuestra sociedad las mujeres le gustan cuando callan porque están como ausentes. Ausentes del espacio público, de la política, de las artes, de la historia. Silenciarlas es una forma de invisibilizarlas, de hacer como si no existieran, de decirles que no importan.

El afán de invisibilizar a la mitad de la población adopta muchas formas. El acoso callejero les dice a gritos que no tienen derecho a caminar libres, que la calle no es para ellas (a menos que vayan acompañadas de un hombre que las proteja), y que ni se atrevan a denunciarlo. Si no, pregúntenles a Andrea Noel o a Plaqueta lo que pasa. Que se sientan halagadas y chitón.

Otro espacio público en el que se las prefiere sumisas y discretas son las redes sociales, donde la intimidación y los insultos sirven para recordarles que su lugar está en la cocina y que “calladitas se ven más bonitas”. Lo ilustra el violento y ponzoñoso ataque a Tamara de Anda en Twitter y en Facebook porque tuvo la osadía de levantar un acta administrativa (como era su derecho, por si alguien lo duda) en contra de un taxista que la acosó en la calle. Y ni hablemos de las periodistas de deportes, que casi todos los días reciben amenazas de muerte para acompañar el café del desayuno. Estas intimidaciones virtuales son el modo en que algunos hombres pretenden ahuyentar a las mujeres de lugares que quisieran reservados para ellos.

A feministas que nadan contra cierta corriente seudoprogresista de moda y dicen verdades incómodas también se las quiere censurar, faltaba más. A principios de marzo la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie hizo una afirmación incluso tautológica que hace apenas unos años a nadie habría llamado la atención, pero he aquí que esa verdad de Perogrullo ahora contradice un dogma contemporáneo y, claro, las redes se le fueron a la yugular. La estudiosa de la violencia contra las mujeres Julie Bindel ya no puede dar conferencias en Gran Bretaña porque a alguien se le ocurrió que su postura era un “discurso de odio” (y sus opositores están pendientes de cada presentación suya para exigir que se cancele). Lo mismo se dice ahora de cualquier feminista que defienda la separación conceptual entre sexo como biología y género como organización social jerárquica. Se intenta borrar sus palabras, o esconderlas bajo una montaña de insultos, sin siquiera hacer el intento de escucharlas y entender sus argumentos, porque a fin de cuentas no se trata de dialogar o razonar, sino de callar a quien disiente. “Calumnia, que algo queda” es un socorrido modus operandi de estos modernos Torquemada. Así como en la Edad Media se las acusaba de brujas, en la era moderna se las ha mandado al manicomio. Si no están locas, hazles creer que lo están.

¿Una manera infalible de opacar el talento artístico de una mujer? Ponerla a la sombra de un hombre. Es una verdad universalmente reconocida que las mujeres no sirven para el arte con mayúsculas, así que basta con sembrar la duda de si en verdad fue ella la creadora de una obra portentosa. Piénsese en Camille Claudel, minimizada frente a Auguste Rodin y reivindicada como una gran artista por mérito propio sólo tras su muerte en el hospital psiquiátrico donde pasó treinta años. En Clara Schumann, que tuvo que dejar de componer porque además de ser ama de casa tuvo que dar recitales para sostener a  la familia y para que Robert pudiera dedicarse a la composición. En Maria Anna Mozart, que a pesar de su extraordinario genio musical sólo pasó a la historia como la hermana de Wolfgang Amadeus.

A los hombres que a la primera provocación mencionan a Mark Zuckerberg para demostrar, según esto, que ellos sí tienen mentes tecnológicas y ellas no, hablémosles de Ada Lovelace, considerada la primera programadora de la historia, y que por supuesto tuvo que firmar su obra con sus iniciales para no delatarse como mujer. Todavía hoy algunos historiadores se empeñan en regatearle el reconocimiento y llegan a poner en duda que fuera ella quien escribió las Notas sobre la máquina analítica que son su más importante contribución a las matemáticas y a la informática. Lovelace es una probadita de todo lo que ganaría la sociedad si las mujeres tuvieran igual acceso a la educación que los hombres.

Gracias a la corriente historiográfica que adopta un enfoque de género, poco a poco vamos conociendo a mujeres de las que los libros no nos hablaban. Porque no es que no hayan existido: es que la historia oficial se ha tomado muchas molestias para negarlas y barrerlas abajo de la alfombra. Esta semana, por ejemplo, me enteré de que la cineasta Alice Guy-Blanche creó lo que podría calificarse como el primer videoclip musical. ¿Para cuántos, como para mí, no habrá sido una revelación? Claro que no tardaron en llegar los escépticos que sencillamente no pueden concebir que una mujer pueda ser pionera en nada.

Puede ser que los sistemas de cuotas ayuden a que más mujeres accedan a cargos políticos, pero eso no garantiza que siempre las dejen hablar, como le quedó claro a la desobediente senadora estadounidense Elizabeth Warren el 7 de febrero de 2017 al dirigirse al pleno de la Cámara alta, o como bien sabían las colaboradoras de Barack Obama en la Casa Blanca que inventaron una técnica para que sus propuestas fueran escuchadas también por los hombres, tan acostumbrados a subestimar lo que dicen sus compañeras de trabajo, cuando no a hacerles caso omiso.

Una forma fácil de borrar la aportación de las mujeres a la cultura es quitarles el crédito, como muchos sostienen que hicieron James Watson y Francis Crick con la bióloga molecular Rosalind Franklin, cuyas aportaciones fueron determinantes para descubrir la estructura del ADN, trabajo que les valió a ellos el Nobel de Fisiología en 1962, cuando ella ya había muerto. También en los sesenta, Walter Keane descaradamente se hizo pasar por el autor de los cuadros kitsch de niños con ojotes que hacía su esposa Margaret: mientras ella pintaba encerrada en el taller, él se paraba el cuello y se entregaba a su vida de socialité.

Las mujeres han recurrido a diferentes estrategias para resistirse a ser negadas o borradas.

En la segunda mitad del siglo XIX la gran novelista inglesa Mary Anne Evans firmaba sus obras con el seudónimo de George Eliot, no porque le gustara más ese nombre sino para que la tomaran en serio como literata. A fines del siglo XX los editores de Joanne Rowling sugirieron que firmara sin su nombre de pila para que también los niños, y no sólo las niñas, pudieran interesarse en leer los libros de Harry Potter, porque ¿cómo un hombrecito podría interesarse en leer una novela escrita por una mujer, por mucho que el protagonista fuera un niño mago? Aquí el mayor problema es que los editores tenían razón… Como estrategia de marketing, disimular el sexo de la autora resultó un acierto.

La cirujana irlandesa Margaret Bulkley tuvo que hacerse pasar por hombre para estudiar medicina; fue la primera persona en realizar una cesárea, en 1826, e introdujo prácticas novedosas a su profesión. Es significativo que, a pesar de haberse resuelto hace años el misterio en torno a su vida, varios documentos, como su entrada de Wikipedia, siguen refiriéndose a ella como “él”, James Barry, y prefieren considerarla el primer médico transgénero, y no la primera mujer en ejercer la medicina en el Reino Unido. Como si no estuvieran suficientemente claros los motivos por los que se vio obligada a hacerse pasar por hombre en un tiempo en que las mujeres no podían ni pisar la universidad, ahora se quiere explicar su deseo de estudiar y tener una carrera atribuyéndole post mortem una “identidad de género” masculina. Si una mujer quiere destacar en un campo tradicionalmente reservado a los hombres, para algunas personas la única explicación posible es que fuera uno de ellos en el fondo y tuviera quizá un cerebro masculino, signifique eso lo que signifique. ¿Creerán lo mismo de Sor Juana, que de niña pidió que le cortaran el pelo y la vistieran de hombre para poder ir a la universidad?

En el siglo XXI, en ciertas latitudes las mujeres siguen orilladas a fingir que son lo que no son, a veces por mera supervivencia. La squashista pakistaní Maria Toorpakai, por ejemplo, con el apoyo de su familia se disfrazó de niño hasta los dieciséis años para tener más libertad y, claro, para poder jugar squash.

La forma más brutal de silenciar a las mujeres es el asesinato. Las niñas guatemaltecas del albergue Hogar Seguro protestaban y querían que el mundo conociera la violencia física, psicológica y sexual que cotidianamente se ejercía contra ellas. Para callarles la boca las quemaron vivas, en un escalofriante eco de la tragedia de las obreras de la confección de Nueva York que en 1911 no pudieron escapar de la fábrica donde trabajaban cuando se incendió, episodio que se asocia con la conmemoración del Día Internacional de la Mujer.

Así como la historia ofrece innumerables ejemplos de ese afán de hacer a las mujeres a un lado, cuando no desaparecerlas del mapa, todas nosotras vivimos intentos cotidianos de silenciamiento en una sociedad para la que el hombre ha sido siempre la medida de todas las cosas.

Nos tienen mucho miedo, pero aquí estamos, sí importamos y no nos vamos a callar.

 

Originalmente publicado (con el título de “Las quieren calladas pero ellas persisten”) en el ya desaparecido HuffPost México el 22 de marzo de 2017

 

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COMENTARIOS

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    Eva Paz 4 semanas

    Ellos no quieren desaparecer a las mujeres del mapa, quieren hacer pactos para que olviden sus raices.

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