Las víctimas ¿secuestradoras?

Las víctimas ¿secuestradoras?

Queda claro que en el noble arte de escribir, captar público y conseguir la máxima atención los titulares son muy importantes. Y qué titular más impactante que aquél que nos habla de madres secuestradoras. No sería tan horrible encontrarlos si también y más a menudo nos topásemos con aquéllos que rezaran “Madres secuestradas”, “Mujeres torturadas por la justicia”, “Madres arrancadas de la vida de sus hijos” y tantos otros que se me ocurren, pero ésos no los encontramos, porque en una sociedad machista y patriarcal tan torturadora para las mujeres y para sus hijos impacta sobremanera que una madre, cargada o no de razones, secuestre a sus hijos. Y pensemos que éso es precisamente lo que se quiere lograr, presentar mujeres vengativas, rabiosas, que son capaces de todo por salirse con la suya y hacer daño a quien otrora compartió cama y mesa con ellas.
Tenemos titulares como “Desaparece con sus hijos en un régimen de visitas”, “Ilocalizable el padre que se llevó a su hija cuando disfrutaba de sus vacaciones”, “La madre denuncia que el padre no entregó a su hijo el día que recogía el convenio regulador”…. Todos estos titulares pasan por encima de la situación real, salvo si se convierten en secuestros con resultado de asesinato de los hijos e hijas.
Las comisarías están repletas de denuncias por incumplimiento de entrega de los hijos e hijas a las madres cuando “toca”. Muchas de ellas no llegan ni a materializarse porque para éso, un cuerpo de seguridad del Estado tiene capacitados a sus profesionales y recapacitan junto a la madre, haciéndole entender que es su padre y que si no se los retorna aquí no pasa nada. Claro, no pasa nada hasta que los matan, hasta que aparecen torturados y entonces hay una única culpable, la madre.
Si la entrega no se lleva a cabo, pasa mucho tiempo hasta que ese titular salta a la opinión pública. En los últimos casos no ha pasado porque aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, acusamos a Podemos de apoyar a madres secuestradoras y si es preciso, incluso de inducirlas a hacerlo, éso por un lado que para algo estamos en época electoral. Y por otro, dejamos claro con esas noticias que nada cambia, que las mujeres siguen siendo pérfidas, desalmadas, que son capaces de tener a sus hijos aislados del mundo, viviendo en condiciones infrahumanas, sin escolarizar y sin nutrir, que para éso nos cargaremos de razones legales que las condenen. No hablan de los años de tortura que llevan esas madres y sus hijos e hijas, no hablan tampoco de cómo de manera torticera se les han archivado y desestimado todas y cada una de las pruebas que presentaban. No hablan de la violencia machista que se vivía antes del divorcio y cómo los hijos se convertían para sus padres varones en objetos de reparto y en armas de dominio y control.
Poco o nada importa a quien no conoce profundamente estos temas cómo, porqué y de qué manera se producen estas desobediencias civiles. A ninguna mujer se le ocurre huir con sus hijos sin motivo alguno, sin razones sobradas. En principio lo que las madres quieren conseguir es proteger a sus hijos, velan por el interés superior del menor, ese interés tan manido, tan traído y llevado, ese interés y esa protección que la justicia niega a la infancia amparándose en un maldito síndrome, inexistente, despiadado, acientífico, alegal y del todo repulsivo. Ese síndrome que se ha instalado en los juzgados, en las valoraciones psicosociales, en los estudios forenses, que le concede, presuntamente, a aquel profesional que lo invoca, cierto nivel de preparación y profesionalidad superior, cual si de una ciencia magnífica se tratase. Esa estafa convertida en síndrome utilizado para justificar, anular e invisibilizar todo tipo de maltrato y rechazo a conductas cuando menos destructivas para nuestra infancia y sus madres. De manera que, cuantas más pruebas se presenten (y digo pruebas y digo presenten), cuantos más estudios amparen esa reacción tan humana y tan lógica de repudiar a quien maltrata, más difícil será salir de ese bucle, porque la justicia ciega junto con sus profesionales adoctrinados empujarán a los niños a una vida de terror, de angustia, de amenaza continua y a sus madres al más absoluto destierro cual si de una apestada se tratase. Da igual si esa madre tiene empleo estable, una educación exquisita, si tiene un pasado impoluto; de un día para otro, por PROTEGER a sus hijos se verá señalada, repudiada y machacada.
Voy a permitirme aconsejar la lectura de los artículos de prensa que recogen el asesinato de sus hijos a manos del padre varón. En todos ellos se demuestra hasta qué extremo es capaz de llegar un padre por torturar para siempre a quien fue la madre de sus hijos, aunque tenga que asesinarles de la manera más cruel, quemados en una hoguera, tirándose por un acantilado, utilizando una sierra para descuartizar sus cuerpos, poniendo una bombona de gas butano en el coche y prendiendo después la mecha, degollando a la madre en presencia de los hijos.
Estos hechos deberían ser objeto de repudio y de rechazo social, deberían tener un castigo ejemplar y deberían ser diagnosticados condenándoles por siempre a la privación de libertad. Estos titulares y lo más grave, estos hechos, estos ASESINATOS, no se darían si no invocáramos tanto el inexistente síndrome (i)sap, si no nos preocupase tanto cuadrar estadísticas y nos preocupase más nuestra infancia, su protección, su interés superior, su estabilidad, su bienestar y su felicidad.
No obstante y en honor a quienes no ocuparon un titular, a aquellas madres que no tuvieron oportunidad de contar su dolor, de gritarle al mundo la tortura a la que fueron sometidas, primero por un hombre que las maltrató y después por el sistema, vaya desde aquí a todas ellas y a esos niños y niñas que no pudieron escapar del espanto, del miedo, del abismo, mi más profunda admiración, sóis los héroes valientes que siempre estarán en nuestro pensamiento y nuestra lucha.

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