La mujer en las novelas de Torrente Ballester

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Charo López en el papel de Clara Aldán en la serie Los gozos y las sombras, RTVE, 1982.
RTVE

Carmen Becerra Suárez, Universidad de Vigo

En la “Nota autobiográfica”, publicada en la revista Anthropos, el escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999) expone:

Si el destino de los hombres se fragua durante su infancia, y resulta de su choque con los azares, no hay duda de que mi carrera de escritor se preparó antes mismo de iniciarse, en esos años primeros en que viví metido en un mundo de fantasías y realidades difícilmente discernibles.

 

Con nombre de mujer

Las novelas del autor gallego proporcionan razones sobradas para entender sin dificultad esta afirmación. Su infancia, en un valle ferrolano, el mágico mundo de Serantes, las mujeres de la casa de su abuela… influyen decisivamente en su manera de ver la vida. Esa mirada se traslada, en mayor o menor medida, a su creación literaria.

Tras la lectura de sus obras, cualquier lector comprobará que resuenan en su memoria personajes que, en muchos casos, tienen nombre de mujer: Guadalupe, Rosario, doña Mariana, Lenutchka, Ariadna, Irina, Dafne… La razón no estriba en el papel protagonista que estas mujeres pudieran desempeñar en cada historia en cuestión, sino que es resultado de otras causas, algunas obvias, como su notoria presencia, otras menos evidentes, más complejas.

Tengamos en cuenta que los personajes torrentinos no obedecen a una jerarquía, determinada por su presencia o trascendencia argumental, sino que, con pocas excepciones, todos adquieren una importancia similar generada por la estructura del discurso, de manera que el protagonismo de uno va diluyéndose a medida que otro progresa en relevancia.

La estructura de las obras de Torrente Ballester no potencia la creación de figuras protagonistas, o, con palabras de Alicia Giménez, “la materia narrativa siempre se halla repartida, y los momentos significativos se apoyan, bajo muy diferentes enfoques, en seres diversificados”.

¿Por qué, pues, recordamos esos nombres? No es solo la abundancia la que impide el olvido, ni siquiera la densidad o riqueza de su carácter, sino también la existencia de una especie de patrón o modelo de lo femenino cuyos trazos fijos en su dibujo reconocemos una y otra vez.

Mujeres activas

Aunque es muy nutrido el número de figuras femeninas en las novelas de Torrente Ballester, una se yergue sobre las demás con brillo propio: Clara Aldán, personaje fundamental de la trilogía Los gozos y las sombras, historia ambientada en el marco de la Segunda República española donde todavía perviven los valores de la Restauración.

Charo López y Gonzalo Torrente Ballester durante el rodaje de ‘Los gozos y las sombras’.

Esta mujer (encarnada por la actriz Charo López, en la serie homónima de TVE dirigida en 1982 por Rafael Moreno de Alba) valiente, sincera, decidida y libre, modelo de lo femenino en la narrativa del autor gallego, representa la ruptura con la sociedad patriarcal al enfrentarse al horizonte tradicional del destino de su género.

En otro lugar he afirmado que los personajes femeninos construidos por el autor gallego pueden ser descritos como mujeres independientes, libres, emocionalmente fuertes y decididas, con una personalidad muy marcada.

Esta tesis no deriva de las manifestaciones del escritor (“También creo que hay que tener en cuenta que mi experiencia personal es de mujeres activas, y esto, sin duda, ha influido de un modo más o menos directo en mi concepción de la mujer”). Se apoya también en la constatación de la reiterada presencia de dicho modelo, al margen de cuál sea el papel desempeñado por esas mujeres, de la clase social a la que pertenezcan e incluso de que la novela de la que forman parte se adscriba a la modalidad fantástica o realista.

Las heroínas de Torrente escapan a los diseños femeninos convencionales. Parecen interesar al autor otras temáticas: que prevalezca la firmeza frente a la indecisión, que perdure la realidad al lado de lo fantástico y que se mantenga la defensa de determinados principios al estar dotada de una gran comprensión para lo humano.

Quizás por ello, frente a lo que sucede con los personajes masculinos, Torrente se permite con sus heroínas muy pocas concesiones a la ridiculización y al humor. En ocasiones, cuando pudiéramos tener esta impresión, en realidad estamos asistiendo a una parodia no del personaje, sino de algún tópico o convención literaria. Recordemos, por ejemplo, dicho caso a la hora de hablar de un clásico, el retrato de la Dulcinea de Cervantes, cuando José Bastida describe a su amada Julia, en La saga/fuga de J.B.:

“Y quizás sea éste el momento y lugar adecuados para insertar un retrato de Julia, de cuyo rostro, hasta ahora, sólo se han hecho escasas y fugaces precisiones, cuando otra cosa merecen su frente, un poquito respingona, que daba gracia al conjunto, ahora algo triste; los ojos de rosa sobre fondo mate, ojos alabastrinos surcados de azules venas; las orejas oscuras y brillantes, convidando a libar en ellas las mieles primeras del amor; la nariz espaciosa, con una breve arruga vertical, dramática, como si dijéramos; la boca endrina y fosca, con la suave y brillante pelusilla del melocotón maduro; las mejillas, inteligentes, espabiladas, decididas; los pómulos, rojos y gordezuelos, el pelo, con rosados matices de nácar, la barbilla, larga y oscura, que cuando se levantaba, salía en sol, aunque en plural; el cuello partido por un hoyuelo que se ofrecía fragante como depósito de besos, y las pestañas redondicas, con mucho de garza en la esbeltez. Esto era cuanto mostraba Julia de su belleza, porque, al cerrar los ojos, las perlas de sus dientes no podían desgranarse”.

«Son mucho más inteligentes que nosotros. Nosotros nos vamos enseguida por el aire y ellas se mantienen siempre con los pies en el suelo», respondía el escritor a Sánchez Dragó.

“Enemiga de toda idealización”

Este tener los pies en la realidad, que identifica a las mujeres torrentinas, muy visible en sus novelas de corte claramente realista (recordemos, sin ir más lejos, a doña Mariana en Los Gozos, a María Dolores en Off-side, o a Chon en La boda de Chon Recalde), permanece igualmente en las novelas calificadas por la crítica como fantásticas, donde aquellos niveles en los que reina la lógica suelen estar protagonizados por mujeres, cuya misión, entre otras, consiste en hacer que la situación “vuelva a la realidad” cuando momentáneamente se había alejado de ella.

En Fragmentos de Apocalipsis encontramos un magnífico ejemplo: Lenutchka y el narrador han ido a visitar al Dragón feo. A su regreso, para el que utilizan la curva del arco iris, deciden hacer el amor, y el narrador afirma:

«Jamás tuve esta belleza y este vigor. Me gustaría conservarlos». Ella me echó las manos a los hombros y me miró severamente: «Soy una muchacha soviética educada en el materialismo histórico y dialéctico, y, por lo tanto, enemiga de toda idealización. Te quiero como eres, no así: como juego divertido, pudo pasar, pero el amor es cosa muy seria, y me parecería tener en brazos a otro hombre». Palabra tras palabra fui recobrando todas mis imperfecciones.

Lenutchka es la encargada de restablecer la frontera entre la realidad ficcional y la fantasía que en su interior pueda crearse.

Pues bien, si el paso de los años no ha transformado su concepción de la mujer, si tampoco la modalidad realista o fantástica de sus discursos literarios operan sobre ella modificaciones, si el uso de determinadas técnicas no provoca cambios sustanciales, si no importa quién sea la voz o voces sustentadoras del relato, si da igual, además, el movimiento estético al que el discurso literario se adscriba, quizás deberíamos concluir que el tratamiento de las figuras femeninas que cobran vida en las novelas de Gonzalo Torrente no depende de su formación literaria, sino que brota de raíces más profundas. Las originadas por los espacios que conformaron su personalidad, aquellas que tejieron las gentes y la sabiduría de un pueblo, las que alimentaban el asombroso mundo de la aldea, la cultura oral, la peculiar naturaleza de la mujer gallega…

 


Carmen Becerra Suárez, Profesora Titular de Teoría de la literatura y Literatura comparada, Universidad de Vigo

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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