Jauría

Jauría

Durante casi toda mi vida siempre he pensado que el arte, al menos en sus vertientes más multitudinarias, como son el cine, o el teatro, que es el caso que hora mismo nos ocupa, era y es, un medio única y exclusivamente de ocio, de divertimento, de entretenimiento.
Hoy no puedo decir lo mismo, sino todo lo contrario.
Nunca he sentido tanta angustia en el patio de butacas, ni tanto ha sido el clamor y la ovación final del público asistente, como la que mi memoria es capaz de recordar en este preciso instante.

Todavía tengo grabado a fuego los profundos suspiros, la dificultad al respirar, y la más que evidente incomodidad de la mujer que tenía sentada en la butaca, a mi izquierda.

Sensación que creo que puede ser entendida y extensible a la inmensa mayoría de personas que llenaba el teatro el día que yo fui a verla.
Con el corazón encogido, las lágrimas a flor de piel y los pelos como escarpias, es como se vive/se disfruta/se sufre -táchese lo que a cada uno le parezca- esta puesta en escena tan brutal como real y necesaria.
Desde el minuto 1. Y a lo largo de una hora y veinticinco minutos que es lo que dura la función. Una hora y veinticinco minutos de una intensidad en la interpretación, que da la sensación de que se puede romper o nos puede romper en cualquier momento.

Es difícil expresar en palabras lo que consigue transmitir y de qué manera al público, con su interpretación, María Hervás, y también el resto de compañeros masculinos de reparto, que consiguen literalmente traer a la manada original al escenario (sin palabras para describir todo lo que consiguen transmitirnos).
Podíamos imaginar inicialmente que todos los ojos iban a estar puestos en ella.
A priori, el papel más difícil de llevar a cabo, por todo lo que supone esa carga mental de un proceso tan difícil de interpretar como es el de una violación de la que todo el mundo parece conocer tantos y tantos detalles (y opiniones al respecto).
Voz quebrada, sollozos, lágrimas, miradas, gestos, maneras de sentarse y de protegerse simbólicamente del acercamiento y acorralamiento al que le someten sus agresores (los de la manada y los de “dentro” del juzgado).

Nunca he sentido tanta angustia en el patio de butacas, ni tanto ha sido el clamor y la ovación final del público asistente, como la que mi memoria es capaz de recordar en este preciso instante.

Escalofríos contagiosos de situaciones que difícilmente en otros escenarios y momentos, elegiríamos soportar de manera voluntaria.

Siendo conscientes del material que tiene en sus manos, en su cuerpo, en su rostro, da la sensación de que estamos asistiendo a una coreografía interpretativa llena de matices que parecen no tener fin, en un trabajo actoral, en el que no sobra ni falta nada. Inmensa.
Respiramos tranquilos y tranquilas cuando al final de la obra, después de un intenso y sentido abrazo entre los seis intérpretes, nos recuerdan, que esto es “solo” una obra de teatro.
Intensa, dura y emocionante, pero una obra de teatro, al fin y al cabo.
No me corresponde a mí valorar, imaginar o comentar que debéis sentir vosotras al verla.
Lo que sí tengo claro, es que todos los hombres, absolutamente todos los hombres, deberíamos sentirnos obligados a verla.
Y deberíamos reflexionar largo y profundo después de hacerlo.
Os animo queridos hombres espectadores de una obra de teatro que es literalmente imposible que deje indiferente a nadie, a atrevernos a preguntar a las mujeres lo que han sentido viendo esta obra (nuestra endémica incapacidad emocional masculina para sentir el mínimo de empatía necesario ante una experiencia de esta magnitud nos impide acercarnos con la suficiente honestidad y carga de profundidad y sensibilidad para entender y sentir el proceso por el que ha tenido que transitar la víctima).

Y seamos valientes y hagamos lo mismo con ellas, pero a la inversa. Expresar lo que como hombres hemos visto y sentido al ver la obra de teatro.
Reconozcamos qué lugares, qué emociones y qué comportamientos se han removido dentro nuestra.
Repasemos esas maneras que hemos tenido a lo largo de nuestras vidas, de relacionarnos con las mujeres en ambientes de ocio nocturnos y festivos, nuestras estrategias para lo que nosotros denominábamos “ligar”, nuestros métodos para conseguir acercarnos al acceso carnal a pesar de que, en muchas ocasiones, las mujeres nos mostraran y expresaran en multitud de ocasiones, resistencia. Nuestra “inversión económica” en conseguir poner más alcohol de la cuenta para que ese proceso de conquista se acelerara lo más posible. Y un sinfín de situaciones que, seguro, se nos ha pasado por nuestras cabezas al ver la obra.
Analicemos, de qué manera nuestras más oscuras y no compartidas fantasías sexuales se han ido alimentando a lo largo de nuestras vidas.
Seamos capaces de transitar por los más oscuros escenarios a los que nos ha conducido nuestra irremediable y conformada identidad sexual masculina adulta.
Y del lugar en que esos comportamientos y actitudes normalizadas dejaban a las mujeres.

Y saquemos las oportunas conclusiones.
Esta obra de teatro podía haber sido perfectamente un monólogo.
Un monólogo con la actriz María Hervás de protagonista única de la historia.
A fin de cuentas, así se ha escrito la historia hasta el momento (y la narrativa de la realidad que se ha construido deliberadamente a su alrededor).
Siempre poniendo el foco en la víctima, tergiversando y rebuscando titulares de noticias que nos ocultan el carácter “masculino” de los agresores, que cuestionan absolutamente todo lo que rodea a la víctima, en definitiva, el escrutinio y cuestionamiento social, del que siempre los agresores parecen salir indemnes.
Hasta hoy.

Porque por primera vez hemos sentido que se pone el foco (también) en ELLOS.
En NOSOTROS.
Y es que este caso marcará un antes y un después.
De la misma manera que el asesinato de Ana Orantes puso en 1997 encima de la mesa con nombre y apellidos el tema de la violencia de género, sacándola del ámbito doméstico y convirtiéndolo en un problema de índole social y cultural que afecta a toda la sociedad; el caso de la manada va a conseguir lo mismo, pero poniendo énfasis en el aspecto coyuntural de la violencia sexual.
Y la “Jauría”, la obra, de teatro, puede y debe tener, sin lugar a dudas, un lugar destacado en situar este espeluznante relato en el lugar y en la dimensión que se merece.

El efecto que ha provocado la “Jauría” en nosotros (los hombres) no debería desvanecerse nunca.
Tiene y debe ser el termómetro perfecto para calibrar si nuestro trabajo como hombres en desmantelar ese modelo de masculinidad tradicional que no hemos sabido cuestionar debidamente, con la suficiente fuerza y convicción, está surtiendo efecto o no.
Reconozcamos que uno de los mayores privilegios que tenemos los hombres por el mero hecho de haber nacido hombres, es el privilegio de decidir a qué velocidad y a qué intensidad estamos acometiendo el cambio en nosotros mismos.

La pregunta es inevitable, y más con la que está cayendo actualmente en la sociedad, no solo en casos de manada (102 registrados y contabilizados hasta la fecha desde el 2016), sino en todos aquellos delitos de índole sexual que se producen al cabo del año (11.000 en 2018) y del que los hombres seguimos siendo los únicos responsables.
¿De verdad estamos los hombres haciendo todo lo humanamente posible para el cambio en nosotros mismos?

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