El duelo familiar ante la violación o el rapto: Proserpina y las estaciones del año.

El duelo familiar ante la violación o el rapto: Proserpina y las estaciones del año.

 

Conocida en la antigua Grecia como Perséfone y en Roma como Proserpina, de su  historia arranca el mito de la primavera renaciente y del invierno inerte.. La leyenda  la encontramos en el libro IV de  “Las Geórgicas” de Virgilio, ampliamente relatado en el S. IV por Claudiano  en “De raptu Proserpinae” y mencionado por Ovidio en el libro V de “Las metamorfosis”:

“En la cual floresta, mientras Prosérpina
juega y violas o cándidos lirios corta,
y mientras con afán de niña canastos y su seno
llena y a sus iguales lucha por superar recogiendo,
casi a la vez que vista fue, amada y raptada por Dis,
hasta tal punto fue presuroso el amor. La diosa, aterrada, con afligida
boca a su madre y a sus acompañantes, pero a su madre más veces,
clama, y como desde su superior orilla el vestido había desgarrado,
las colectadas flores de su túnica aflojada cayeron,
y -tanta simplicidad a sus pueriles años acompañaba-
esta pérdida también movió su virginal dolor.
Su raptor lleva los carros y por su nombre a cada uno llamando
exhorta a sus caballos, de los cuales, por su cuello y crines
sacude de oscura herrumbre teñidas las riendas,
y por los lagos altos, y por los pantanos que huelen a azufre
vase de los Palicos, hirvientes en la rota tierra,
y por donde los baquíadas, la raza nacida en Corinto, la de dos mares,
entre desiguales puertos pusieron sus murallas. “

Según el mito, Proserpina era hija de Ceres y Júpiter y resaltaba en ella su encanto. Venus, diosa del amor y madre de Cupido envió a su hijo para que encendiera el amor en Plutón, el solitario dios del inframundo, lanzándole una flecha. Al acertar, Plutón embriagado por la pasión salió del volcán Etna con cuatro caballos negros y, viendo a Proserpina bañándose y jugando en el lago Pergusa con unas ninfas a la par que recogiendo flores, sin parpadear la raptó llevándosela al inframundo para forzarla, violarla  y esposarla.

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Su madre Ceres (diosa de la tierra) desconsolada, marcho en su búsqueda por todos los lugares de la tierra, en su desesperación al no encontrarla detuvo el crecimiento de frutas y verduras, rehusando volver al Olimpo y convirtiendo en desierto la tierra que pisaba. Ante la situación, Júpiter mandó a Mercurio para que ordenara a Plutón la liberación de Proserpina. Plutón le obligo a comer seis semillas de granada (símbolo de la fidelidad matrimonial) y después le permitió marchar con su madre seis meses al año. Cuando Ceres se encontró con su hija volvieron a salir frutos de la tierra, empezaba la primavera, seis meses después,  cuándo obligada volvía al Hades con Plutón, la naturaleza perdía sus colores y comenzaba el otoño. Pese a las continuas violaciones de Plutón, Proserpina jamás quedó embarazada.

La leyenda de Proserpina no solo trata del acto del secuestro, también de la afectación a la familia, la desesperación y muerte, el aislamiento y el retorno a revivir la agresión. Cuando una mujer sufre una agresión o violación, al principio sufre una fase tan traumática que llega a despersonalizarse, la realidad duele tanto que, para protegerse,  habla de su cuerpo en tercera persona. Puede incluso no recordar. A continuación empieza a tomar conciencia de lo sucedido, a sentir dolor físico y emocional, incluso a pensar en los daños irreversibles que se hayan podido producir en sus órganos reproductores, incluso en el posible embarazo y enfermedades de transmisión sexual. Las preguntas y el proceso posterior la revictimizan, reviviendo lo sucedido hasta el último detalle, permaneciendo en un estado de alerta o ansiedad continuo, evitando situaciones o lugares asociadas a la violación que sufrió. En el caso de Proserpina la crueldad es tan inmensa que Plutón la obliga a pasar 6 meses al año no solo recordando, sino viviendo y conviviendo con él en el inframundo. Metafóricamente, igual que ella sufre el aislamiento y la muerte emocional, muere la naturaleza terrenal. El inframundo a dónde le conduce Plutón es la muerte de las emociones y los sentidos.

En estas situaciones la reacción del núcleo familiar es fundamental pudiendo llevar a la descomposición de la misma culpabilizando a la misma o a la familia misma. En el caso de este mito el apoyo de su madre Ceres, así como la reacción de Júpiter y Mercurio al comprobar las consecuencias, provocan que acudan a su liberación. La situación de su hija Ceres la manifiesta siendo incapaz de de fecundar la tierra, falleciendo el tiempo del cautiverio y floreciendo en su liberación. El sufrimiento de Proserpina es la muerte de su madre; su libertad, la inmensa felicidad.

El mito de éste rapto ha sido representado por muchos artistas, interpretándolo cada uno en su estilo y visión particular. Alberto Durero, Niccolo dell´Abate,, Joseph Heintz , Rubens, Rembrandt, Brueghel , Luca Giordano son algunos de ellos, sin embargo el del pintor español Ulpiano Checa es uno de mis preferidos.

Nacido en Colmenar de la Oreja, Madrid,  en 1888 y en tinta china, aguada, plumilla y gouache sobre papel Ulpiano Checa realizó el “Rapto” que presentó en un mediano formato (59x 44,2) al Salón de los Campos Eliseos de Paris. Su pintura entremezcla estilos claves de la época que vivió (orientalismo, impresionismo y romanticismo), sin embargo la interpretación que realiza de la leyenda avanza un expresionismo inquietante por su dinamismo y dramatismo sobrecogedor. Siguiendo las directrices de Gericault en el dibujo de los caballos en movimiento, Ulpiano Checa se anticipa a las imágenes que la cinematografía del siglo XX hará en películas como “Quo Vadis” o “Ben-Hur”, dónde en el circo los áurigas dando vueltas a la spina competían con sus cuadrigas. Ulpiano Checa nos propone a Plutón como auriga en la carrera que en un ligero carro de dos ruedas tirado por cuatro corceles negros porta en sus brazos a Proserpina desmayada. Ellos dos son los únicos protagonistas humanos del cuadro, contrastando la figura blanca de Proserpina con la negra de Plutón. El paisaje es tenebroso, grises, blancos y negros nos sumergen en una neblina aterradora que anuncia el final del rapto. Implacable Plutón atiza con su látigo a los caballos para que acelere el galope de forma que parecen salir del cuadro y pisotear incluso al espectador. De nuevo, la soberbia, crueldad  y superioridad de Plutón se manifiestan como mecanismos de poder frente a la desvalida joven. El cuadro se encuentra en el museo que lleva su nombre en su ciudad natal.

Hasta bien entrada la edad contemporánea el rapto de mujeres ha sido una constante a lo largo de toda la historia, en primer lugar por ser considerada objeto sexual, reproductor y por tanto supervivencia de la tribu; en segundo lugar por carecer de individualidad y ser una propiedad. La asociación entre secuestro, rapto y violación se encuentra desde la Antigüedad, pero no entendida como una agresión sexual sino como el robo de un cuerpo que es propiedad de un hombre, es más se concibe como un acto engrandecedor y heroico para el macho superior que ejerce el poder sobre la inferior, sumisa y esclava mujer. El rapto es la antesala de la violación, aunque sin serlo ya sería una manifestación brutal de violencia sobre la víctima.

El rapto de mujeres ha sido habitual en épocas de colonización, de guerra, pero también para crear alianzas familiares o pactar matrimonios que se producían tras la agresión para encubrirla. La actual costumbre de entrar a la esposa al lecho cargada en brazos es  una reminiscencia del rapto, que tenemos tan asumido y normalizado así como conceptos como “la conquista” o “el triunfo”, toda una jerga amorosa que debiéramos analizar.

Muchas de las obras de arte que la cultura patriarcal considera como arte erótico o pintura de historia, esconde golpes, traumatismos y desgarros que en una víctima ocasionan el forcejeo a la hora de defenderse ante un ser que utiliza la fuerza y la dominación. Las consecuencias que físicamente puede producir un rapto o una violación  son trastornos menstruales, abortos, hemorragias, contagios de transmisión sexual, disfunción, además de emocionales y psicológicas como traumas, estrés, culpa,  vergüenza, aislamiento, pensamientos suicidas y suicidios.

La cultura patriarcal  ha convertido la agresión en erotismo, el dolor en placer, el asesinato en pasión, la esclavitud en poder, la humillación en romance, la perversión en amor  y las obras de arte que debieran exponerse  en galerías del terror forman parte de colecciones pasivas del saber. Toda una demostración del valor de lo femenino.

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COMENTARIOS

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    Osvaldo Buscaya 6 meses

    “Según el mito, Proserpina era hija de Ceres y Júpiter y resaltaba en ella su encanto. Venus, diosa del amor y madre de Cupido envió a su hijo para que encendiera el amor en Plutón, el solitario dios del inframundo, lanzándole una flecha. Al acertar, Plutón embriagado por la pasión salió del volcán Etna con cuatro caballos negros y, viendo a Proserpina bañándose y jugando en el lago Pergusa con unas ninfas a la par que recogiendo flores, sin parpadear la raptó llevándosela al inframundo para forzarla, violarla y esposarla”. Es decir que las fuertes resistencias contra lo femenino no serían de índole intelectual, sino que proceden de fuentes afectivas; la irresoluble perversión no sublimada y ambigüedad sexual del varón que posee la decisión final en este esquema, donde lo masculino sigue siendo la ley.
    “Cuando una mujer sufre una agresión o violación, al principio sufre una fase tan traumática que llega a despersonalizarse, la realidad duele tanto que, para protegerse, habla de su cuerpo en tercera persona”, nos presenta a la mujer como ser irrelevante, para la transexual ecuménica perversa civilización del varón, cunde, por donde se mire. Y cuanto más y mejor se mire vemos, que se multiplica en los escenarios donde ella irrumpe, la desconsideración de la mujer y la propia y encubierta subestimación, femenina, se complementan necesariamente, y enlazadas, ellas acentúan las sombras que oscurecen el panorama social de nuestro tiempo.
    “Implacable Plutón atiza con su látigo a los caballos para que acelere el galope de forma que parecen salir del cuadro y pisotear incluso al espectador. De nuevo, la soberbia, crueldad y superioridad de Plutón se manifiestan como mecanismos de poder frente a la desvalida joven”, evidencia la moral que la transexual ecuménica perversa civilización del varón en la instancia de su superyo, como heredera de la influencia paterna, adscribe importantísimas funciones, que encontramos en el sadismo masculino al reflejarse en la obligada imposición sobre la mujer a un rol pasivo masoquista. Todo castigo es, en el fondo, la castración, y como tal, el cumplimiento de la antigua actitud pasiva con respecto al padre. El destino es tan sólo, en último término, una ulterior proyección del padre. Es así que en la civilización patriarcal preexiste la ambigüedad sexual sádico – masoquista particularmente intensa sometiendo a la mujer y satisfaciendo su perversión transformándola en un ser pasivo – masoquista; satisfacción del deseo masculino una satisfacción del impulso punitivo, es decir, una satisfacción sádica.
    Es muy acertado por EstherTauroni Bernabeu de tenerse en cuenta la indicación sobre la influencia de los “académicos” respecto que: Muchas de las obras de arte que la cultura patriarcal considera como arte erótico o pintura de historia, esconde golpes, traumatismos y desgarros que en una víctima ocasionan el forcejeo a la hora de defenderse ante un ser que utiliza la fuerza y la dominación. Pues la transexual ecuménica perversa civilización del varón, presenta como un dogma su poder patriarcal derivado de la penosa sensación de impotencia experimentada. En cuanto a la equivalencia del falo, se sugiere, que el punto de vista del hombre no es lo mismo que el de la mujer, dejando así pensar que la femineidad velada/develada/castrada sólo es figura de la verdad para el varón. Éste sería el dueño de la verdad tan sólo desde ese punto de vista. “La castración de la mujer” es una de las fantasías centrales de los niños.
    Es muy acertado por EstherTauroni Bernabeu que, “Las consecuencias que físicamente puede producir un rapto o una violación son trastornos menstruales, abortos, hemorragias, contagios de transmisión sexual, disfunción, además de emocionales y psicológicas como traumas, estrés, culpa, vergüenza, aislamiento, pensamientos suicidas y suicidios”. Pues en una simbolización más “depurada” de la horda primordial; Dios padre expulsa del paraíso al varón por “culpa” de la mujer, pero ahora en la transexual ecuménica perversa civilización patriarcal, Dios padre masculino, “expulsa” a la mujer de la civilización en su rol de culpable y castigo por la pérdida del paraíso.
    La cultura patriarcal ha convertido la agresión en erotismo, el dolor en placer, el asesinato en pasión, la esclavitud en poder, la humillación en romance, la perversión en amor y las obras de arte que debieran exponerse en galerías del terror forman parte de colecciones pasivas del saber. Pues, esta situación donde lo único que podemos imaginar es que los “académicos” adquieren sobre el “común” una influencia más fuerte, utilizada por el transexual ecuménico perverso patriarcado para “dominar” aspectos que incumben a la personalidad y para defenderse de los inevitables cambios y movimientos—de los sectores estereotipados y cristalizados—, se vale del poder que controla las herramientas comunicacionales que ayudan y mantienen el statu quo: La irresoluble perversión no sublimada y la ambigüedad sexual del varón que posee la decisión final en este esquema, donde el macho sigue siendo la ley. El cambio está en la educación, pero se nos presenta el hecho de que la misma está inserta en el desarrollo de cada civilización y ahí entramos en la “cultura”. “Cultura” se interpreta desde el sacrificio humano para satisfacer a los “dioses”, la patria potestad que permitía al “varón” hasta matar a un hijo, cercenar el clítoris de las niñas (como se practica aún en numerosos lugares del planeta) y así recorreríamos este trazado “cultural” con otros ejemplos. Es el hecho del poder. Ahí se presenta el “asunto”, como tener el poder para educar y que “los varones cambien la cabeza”. “Sin eso nada sirve”. No es pretender el matriarcado, sino una genuina igualdad, pero no con las pautas que impuso el varón. Quiénes fueron educados y formados para ser represores presentan un problema insalvable, y ahí es donde deberíamos plantearnos, sin ocultarnos, las consecuencias de proseguir sin cambiar las pautas culturales. Si la mujer no interviene activamente en éste momento histórico, no tendremos futuro. El varón seguirá siendo un represor. El “varón” represor no permitió desde el principio de la historia la participación de la mujer. La mujer ha sido y es un objeto y una mercancía para el varón. Desde el jeque hasta el “varón” más indigente de una favela o villa miseria el comportamiento es idéntico en la utilización del “poder”; sin considerar a la mujer como persona. Es un hecho “cultural”. Los perversos con poder, desde un emirato hasta el área de los indigentes, hacen víctimas a quienes son “atrapados” por las “creencias indiscutibles”. La necesidad de los hombres de controlar a las mujeres ha sido tal, que le ha llevado desde los tiempos antiguos a privarlas de sus valores más fundamentales. La historia de las mujeres, es decir, de más de la mitad de la humanidad, apenas aparece esbozada en los libros de texto. Durante siglos ha sido silenciada y tan sólo en algunos casos aparecen personajes femeninos rodeados de un halo de misterio. La cultura masculina ha tiranizado las relaciones entre géneros imponiendo su autoridad en todos los ámbitos: sociales, religiosos, políticos y culturales. De ahí que aún hoy día la mujer sufra una constante discriminación que sigue negando la igualdad de derechos con respecto a los hombres. La tortura de mujeres, tanto en el ámbito doméstico como en el institucional, es una práctica cotidiana.
    Por eso el sentido y la verdad del feminismo (la mujer) es absolutamente la derrota del varón; perverso irresoluble y ambiguo sexual.
    Mi Femeninologia Ciencia de lo femenino es la serie de configuraciones que con mi conciencia voy recorriendo constituyendo, más bien, la historia que desarrollo en la formación de mi conceptualización. Es decir, una suerte de escepticismo consumado, que en realidad sería, el propósito de no rendirme, a la autoridad de los pensamientos de otro, sino de examinarlo todo por mí mismo ajustándome a mi propia convicción; o mejor aún, producirlo todo por mí mismo y considerar como verdadero tan solo lo que yo hago.
    Hoy, como ese infante entre los 4 a 5 años adaptando mi pensar en la realidad, interpretando mi actividad onírica.
    Por Osvaldo Buscaya (Bya)
    (Psicoanalítico)
    Femeninologia (Ciencia de lo femenino)
    Lo femenino es el camino
    Buenos Aires
    Argentina
    29/04/2019

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