Paternidad y corresponsabilidad en la obra de Margarita Sikorskaia

 

La batalla por ampliar los permisos de paternidad es otra de las luchas feministas que parece importar poco a los hombres, cuando se trata de un beneficio que redunda en su calidad de vida y en el disfrute de los hijas e hijas y vida familiar. Según datos del Ministerio de Trabajo de España, el número de prestaciones por paternidad gestionadas en 2018 por la Seguridad Social ascendió a 255.531, un 3,4% menos que en 2017, con un coste superior a los 448 millones de euros. Es decir, cada vez son menos los padres que se acogen a este derecho.

El permiso de paternidad se aprobó en 2007 a través de La Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la Igualdad Efectiva de hombres y mujeres, y se realizó como medida de apoyo a la conciliación de la vida personal, familiar y laboral. Era de 13 días de duración, ampliable en caso de parto múltiple en 2 días más por cada hijo/a a partir del segundo, siendo extensible además, para los casos de adopción o acogimiento. En 2015 se amplió a 20 días, aunque no se hizo efectivo hasta enero de 2016. Un año después, en 2017, se fijó en 4 semanas estando ahora a la espera de su ampliación a cinco. Pese a los esfuerzos institucionales, la paternidad sigue sin ser entendida como la obligatoriedad de que el ejercicio de la misma se realice en corresponsabilidad. Y es que, culturalmente, se ejerce a partir del nacimiento de la hija o el hijo, cuando debiera ocurrir desde el inicio de la gestación.

El disfrute de la vida, la felicidad, el amor y la paz que producen la maternidad y la paternidad, especialmente cuando es compartida, engrandecen la obra de Margarita Sikorskaia, pintora rusa asentada actualmente en Estados Unidos y cuya obra “Listening” es buen ejemplo de ello.
Margarita nació en 1968 en San Petersburgo y estudió en el Departamento de Artes y Gráficas de la Universidad Pedagógica Hertzen, dónde lógicamente le influyeron las obras de maestros y artistas del realismo socialista. La crítica actual ve en su obra influencias del estilo de Fernando Botero (por la volumetría de sus figuras), pero lo afirman obviando su cuna y formación.
Entre los años 1930 y 1950 en la Unión Soviética se estableció un régimen totalitario que utilizó el arte como propaganda del mismo, con el propósito de educar e ideologizar a las masas en el espíritu del socialismo. Se pretendía dar una imagen de un estado unitario, justo, igualitario y próspero en el que, gracias al triunfo del socialismo, la ciudadanía era feliz y rebosaba entusiasmo. Por supuesto los artistas, hicieron eco de ello en sus obras. Alexander Gerasimov, Vasily Efanov, Alexander Deineka y Alexander Samojválov gozaron de éxito y prestigio. Se potenció un arte realista, que con figuras solemnes y majestuosas reflejasen desfiles, visitas, imágenes de líderes, sabios, pero amigos del pueblo. Escenas del auge industrial, de los beneficios de la colectividad, de las glorias campesinas, de la importancia de cada individuo, independientemente de su sexo, en la construcción de un país revolucionario. Espíritus fuertes con contornos visibles protagonizaron las artes plásticas.

Llevado al terreno familiar, Margarita Sikorskaia, trasladó esta ideología a su obra que, tempranamente, triunfó en Estados Unidos, país dónde se trasladó a vivir teniendo 22 años, en 1990, y dónde actualmente reside, trabaja y triunfa como artista. En el 2000 fue seleccionada para participar en la Bienal de Minnesota y tras ella ha expuesto colectiva e individualmente en Nueva Orleans, Minneapolis y Moorhead, entre otras.
La obra de Margarita huele a amor, los curvados cuerpos, abrazados, dando afecto, mimos, ternura, con colores intensos bajo un cielo luminoso inspiran instinto y amparo. Parejas, maternidades, escenas domésticas cotidianas, mujeres empoderadas amamantando y protegiendo a sus hijos, hombres rudos que muestran su sensibilidad y ternura son los y las protagonistas de su obra. Pese a la grandilocuencia son imágenes enternecedoras, que emocionan, irradiando felicidad y pasión por la vida.

En “Listening” (escuchando), descubrimos al hombre que hemos querido tener en el momento del embarazo, cuando nuestros cuerpos cambian y nuestras emociones afloran, cuando aparecen las estrías, se hinchan las piernas, cuando nuestro bebe patalea y precisa de las cálidas manos que le calmen. Hombre y mujer son en la obra de Sikorskaia iguales, complementarios, corresponsables y amantes. No hay ninguna carga erótica, ni sexual, ni discriminatoria, tan solo afectividad y emotividad que complacen a quien disfruta de la escena.
En la cultura patriarcal que vivimos la imagen puede parece utópica, pero no por ello irreal o inalcanzable. No ha de considerarse un mito o un sueño sino la asignatura pendiente de los hombres y los padres por tener la oportunidad de expresar sus sentimientos y emociones, hasta la fecha y a la vista de los datos, irrealizables.

Con serenidad, madurez, armonía y unión la pareja de esta obra abraza el futuro en la igualdad que necesita el hijo o la hija que vendrá. Un futuro que le evitará la violencia y le garantizará la libertad.

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Listening

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