Para las niñas no hay primeros mundos

Para las niñas no hay primeros mundos

Si alguien se pregunta quiénes son los seres más desprotegidos de la Tierra, no ha de hurgar mucho. Es evidente que esas criaturas son las niñas. Ni las ballenas, ni las abejas, ni los tigres de Bengala, ni los perros de caza. Nadie hay tan vulnerable en este mundo como esas personitas que, signadas por la X cromosómica, tendrán una vida más difícil en casi todo el planeta, y no nacerán, ecografía mediante, en un montón de países.

Es cierto que los niños de los países más pobres también sufren por su condición, pero no es comparable a lo que padecen las niñas. Hagamos un pequeño mapeo acerca de la maldición del cromosoma X: Aproximadamente la mitad de las agresiones sexuales en el mundo se cometen contra niñas menores de 16 años, con riesgos claros de embarazo y cinco veces más posibilidad de no sobrevivir al parto y de que sus hijas o hijos no lleguen al año de vida.

Más de 110. 000 niños y niñas no están escolarizados en el mundo, las dos terceras partes son niñas.

En un número importante de países en guerras o conflictos diversos se reclutan miles de niños y niñas soldados (más de 200.000 al año). Si bien es cierto que la mayoría de ellos son varones, también lo es que, a las niñas, además de minas vivientes, carne de cañón y asesinas programadas (todo ello por la fuerza), también se las utiliza como objetos sexuales (recordemos las niñas secuestradas por Boko Haram) y responsables de todas las tareas domésticas.

Según UNICEF, más de 120.000 millones de niñas sufren abuso sexual cada año. Miles de menores son secuestrados al año por los tratantes y traficantes de personas con destino a la prostitución; la cifra de las niñas casi duplica a la de los niños.

Una de cada diez niñas en todo el mundo ha sido alguna vez víctima de violencia sexual, ha sufrido violaciones y otras formas de abuso sexual (en África la tasa de niñas violadas supera el 10%).

Las niñas son abortadas selectivamente en muchos países (una posibilidad que se presentó en los 80 con la aparición de las ecografías), entre los que están India y Pakistán, pero también Japón, China, Filipinas, Armenia, Azerbaiyán, Georgia y Corea del Sur, e incluso países desarrollados del llamado primer mundo como Alemania o Reino Unido.

El patriarcado global prefiere los hijos varones. Las mujeres, piensan quienes practican este genofeminicidio, son una carga; hay que alimentarlas para que luego se vayan con su marido y no presten ningún servicio a la familia. Además, hay que cuidar su honor y procurarles una dote, y, por si fuera poco, no perpetúan el «linaje». Esta falta selectiva de mujeres en el futuro causará indudables problemas sociales, que redundarán, todos ellos en contra de las propias mujeres (aumentará la violencia y el tráfico).

Y no olvidemos que las niñas sufren aún en muchos países la mutilación genital, y que son obligadas a contraer, a edades muy tempranas, matrimonio con hombres mayores.

Estas son sólo pequeñas muestras del precio a pagar por haber nacido niñas, de modo que no ha de extrañarnos que, en países como Argentina, donde las mujeres han llevado una lucha consecuente y sin tregua por el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo con un resultado negativo que ha puesto en relieve la cara más cruel de una sociedad rancia, suceda, con una continuidad alarmante, que niñas cada vez más pequeñas sean violadas (generalmente por un familiar), queden embarazadas, y luego se les obligue a dar a luz, pese a que la ley vigente tiene a la violación como causa para permitir un aborto. Estos episodios trágicos se repiten sobre todo en el norte del país, donde las gobernaciones feudales y la gran influencia de iglesias pentecostales y evangélicas, marcan la vida de la gente más pobre, especialmente la de las más vulnerables: las niñas.

Ahora, en Tucumán, una niña de 11 años violada por la pareja de su abuela, dio a luz un bebé de 600 gramos, con posibilidades más que exiguas de sobrevivir, y a través de una cesárea (luego de denegársele su derecho a abortar). Es inimaginable lo que esta horrenda experiencia puede provocar en la mente de una criatura, torturada doblemente: por un violador y por una sociedad implacable con las mujeres, con las niñas, pobres. Quiero que me saquen lo que me puso adentro el viejo, dijo la niña llorando y sin entender siquiera lo que tenía lugar en su cuerpo. Vivía con su abuela porque su madre había perdido la custodia legal, debido a que su pareja había abusado de sus hijas mayores. Tragedias enlazadas que no paran en un mundo apórofo y desalmado.

Y para confirmar que con tetas no hay paraíso, sean estas del tamaño que sean, en el Estado español, aquí, en casa, un tribunal de Zaragoza, ha obligado a convivir varios días a la semana a una niña, con su padre condenado por malos tratos y presunto abusador de la pequeña. Una realidad bucle que nos golpea en la cara cada día, porque somos incapaces de comprender ese odio feminicida que anima a tantas personas en nuestra sociedad, habilitadas para decidir por nuestras vidas.

A los defensores de los animales, contra los cuales no tengo nada, excepto que siempre defenderé antes a los seres humanos, les recordaría que millones y millones de niñas viven en el planeta peor que muchos animales, y eso si tienen la suerte de llegar a ser, ya que más de dos millones de embriones femeninos al año no lo consiguen. Para las niñas no hay primeros mundos y, definitivamente, les está denegada de antemano la entrada a cualquier paraíso.

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