Contra la ignorancia y la indiferencia: madres de hijas maltratadas

Contra la ignorancia y la indiferencia: madres de hijas maltratadas

Ha vuelto a sonar el teléfono. Vais por el tercer año de suplicio.Tu hija no puede salir del círculo de violencia machista en el que ha caído. Y deseas que esas personas que niegan la violencia de género perezcan en el infierno.

¿Qué podemos hacer las madres ante el posible maltrato de nuestras hijas? Poco se habla de ello. Educamos en la medida de nuestras posibilidades para evitarlo, y sin embargo, eso no nos garantiza que podamos librarnos de vivirlo en nuestra casa. No hay una estructura social que nos apoye en la educación no sexista de nuestras hijas. No hay una sociedad que nos vacune contra la violencia, y el trabajo familiar resulta ser insuficiente. ¿Cómo defendernos? ¿A quién acudir? ¿Quién nos escucha? ¿Cómo indagar en lo que ocurre? Si tu hija es adolescente ,el tema se agudiza. Si es adulta, el tema puede llegar a enquistarse. ¿Cómo hablar, convencer, asesorar? No es nada fácil.

Ves a ese supuesto «amigo»o «novio» que probablemente viste de forma desenfadada. Parece simpático y agradable. Es joven y risueño. Y al principio piensas que no hay ningún problema. Después, empiezan las sospechas; las llamadas de teléfono constantes y repetidas que también se escuchan durante la noche; las conversaciones airadas que se repiten.

La ropa de la hija empieza a cambiar. Se vuelve más larga, más oscura; menos «llamativa». Las amistades empiezan a ser distintas, un círculo más reducido. El círculo de él. Los lugares que frecuentaba también son ahora diferentes. No hay intercambio de miradas, entre tú y ella. Algo no va bien. ¿Sabrá lo que le pasa? ¿Lo sabes tú o solo lo intuyes? ¿Cómo afrontarlo? Acaba de decirte que son todo imaginaciones tuyas

.El móvil resuena en forma de mensajes en cadena que se repiten enloquecidos. Es imposble sustraerse a la evidencia. Y no, ya no va a ir a esa fiesta a la que iba a acudir con sus amigas. Está cansada, no tiene «ganas».

Tampoco compartirá esa comida familiar a la que ibais  a acudir. Han surgido otros planes. El curso al que asistía tampoco va a continuar. Ahora no le motiva lo suficiente. No ha vuelto a pisar la casa la multitud de amigos y amigas que acudía cada día. Ahora todo es silencioso. Ningún amigo ha vuelto a venir, solo él. Las visitas y las salidas con las amigas empiezan a ser cada vez menos frecuentes. Tú, que eres madre y observas, intentas de nuevo hablar, pero no hay conversación posible. Todas las palabras han sido ya dichas en otro contexto. Han sido manipuladas en otro contexto. Él ha dado voz a toda vuestra vida. Nadie la comprende. Intentan convencerla los demás miembros de la familia, las amistades, las tuyas, las suyas, pero no hay respuesta. Nadie la comprende realmente. Solo él. Hay un complot contra ellos, creen, dicen. Dice, sobre todo, él.

Ese amigo joven, risueño y aparentemente inofensivo, empieza a ser vuestro desvelo. Todo gira en torno a sus deseos. Hay psicólogas, hay especialistas, personas que pueden ayudarte, le dices a tu hija. Tienes que abrir los ojos, le repites. Y ella te mira con condescendencia. Piensa que eres tú quien intenta dominarla.

El supuesto amigo es joven, desenvuelto, abierto a la vida, y es quién sabe realmente lo que ella necesita. Él utiliza lenguas secretas que no están en tu registro. E intentas por todos los medios comunicarte, con lo que ahora reconoces que es un torpe bagaje en el manejo de estas situaciones. Pero lo intentas, y  también con él. Aún piensas que es  posible. Necesitas hacer algo desesperadamente, porque él va usurpando cada espacio familiar y personal de tu hija como un monstruo ascendido de los infiernos.

Tras una simple conversación con él, en apariencia anodina, se desata un vendaval. Al parecer has querido entrometerte en su intimidad, en la de los dos. Algo que no van a permitir jamás.

Tu hija comienza a enfermar. Adelgaza; está pálida. No come bien. Deja su deporte favorito. Pasa horas con el teléfono. Pides ayuda urgente. Pero nadie quiere ver el problema. Es demasiado engorroso. Trabajoso. Hay que implicarse demasiado. Es mejor dejar pasar el tiempo, te dicen. Todo pasa, te dicen. El tiempo lo cura todo, te dicen. Estás obsesionada, te dicen. Como siempre… y quien de verdad te ayuda, o quiere ayudarte, tampoco dispone de las  herramientas necesarias para hacerlo.

Hay un ingreso hospitalario. Los médicos piden evidencias. La médica tampoco parece entender de qué le hablas. ¿Evidencias? Las hay. Pero no las suficientes. Tu hija debe manifestarse. ¿Cómo? ¡Si ella no es consciente de lo que le pasa!

Comienzas a enfermar tú también .Y mientras, enciendes la televisión y recuerdas que hay que llamar al 016. Llamas. Tiene que ser ella la que pida ayuda, te dicen. Pero te dan el número de una asociación. Hablas. Te lamentas. Pero no hay muchas soluciones. Llamas a una abogada. Tampoco hay mucho que hacer. Todo es demasiado complicado con la letra pequeña de la situación. Hay que recabar más pruebas. Pruebas evidentes. ¿Sangre?, te preguntas. ¿Un certificado de defunción, por ejemplo?, te preguntas.

Hablas con la policía y te desaconsejan la denuncia. Están hartos de denuncias de madres. Las hijas las desmontan, las desarticulan y dejan a sus madres en la evidencia. No hay pruebas, e incluso, a veces, alguna madre se ha visto ella misma acusada del maltrato, pues hasta tal es el grado de sometimiento al que están sometidas las víctimas por parte de sus agresores.

Al final, durante una tregua, logras que tu hija entre en un programa de «desintoxicación machista». Hay una buena terapeuta. Todo parece ir bien. Pasan los meses. Parece ya convencida. Empiezas a ver la luz. Todo ha sido un mal sueño. La vida se recupera. Piensas en la pesadilla vivida y no te la crees.

Cuando en tu casa todo recupera la normalidad, cuando pasan las semanas y la esperanza ha vuelto a vuestra vida, empiezas a escuchar de nuevo las llamadas de teléfono. Oyes susurros y piensas que estás obsesionada. Tu hija sale veloz por la puerta. Parece contenta, nerviosa. Tú preguntas : ¿Dónde vas? Y la respuesta es airada, diferente. Suena peligrosamente mal:  «Con un amigo». Y la pesadilla vuelve a empezar.

Mientras, en el telediario, hay voces clamando que la violencia de género es un invento de las » feminazis» . Un autobús se pasea con la imagen de Hitler. Lloras de rabia .Tú solo quieres salir y disparar cañones contra tanta ignorancia e indiferencia. Y sueñas con que el ocho de marzo está cerca. Dispararás esos cañones, aunque sea  tu manera, aunque sea gritando de rabia.

 

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