¿Cómo es ser mujer científica y académica? Varias investigadoras comparten sus experiencias

¿Cómo es ser mujer científica y académica? Varias investigadoras comparten sus experiencias

Mientras que políticas surrealistas –tanto cerca como lejos– han dado lugar a una nueva era de activismo feminista, la lucha de las mujeres por la igualdad ha sido y sigue siendo un trabajo a realizar en todas las facetas de la vida. El rol de las mujeres en la ciencia, celebrado hace unas semanas, no es una excepción teniendo en cuenta que las mujeres ocupan menos del 30% de puestos de investigación a nivel mundial y que aún se enfrentan a salarios desiguales, acoso sexual y formas más sutiles de discriminación, tal y como se evidencia en un número especial de The Lancet publicado el mes pasado. La situación es aún peor si además de ser mujer eres una minoría.

Siendo un grupo de investigación (BCNUEJ) constituido en su mayoría por mujeres (quince mujeres y cuatro hombres), que centra su investigación en la justicia ambiental urbana y que está liderado por una distinguida investigadora, sentimos que tenemos mucho que decir sobre la lucha por la igualdad de género en la ciencia y en la academia a través de nuestras experiencias personales. Creemos que es vital sumar nuestras voces a la actual discusión sobre la brecha de género en las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus siglas en inglés) para continuar concienciando y sensibilizando al público sobre las injusticias de este sector, y buscar el reconocimiento y el apoyo de nuestros compañeros.

A continuación, diez de nuestras investigadoras comparten algunas anécdotas que han vivido a lo largo de los años en el mundo académico, y hablan de lo que representa para ellas formar parte de un laboratorio constituido por tantas mujeres en un sector tradicionalmente dominado por hombres.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo (imagen: BCNUEJ):
Fulvia Calcagni, Galia Shokry, Panagiota Kotsila, Marta Conde, Helen Cole,
Margarita Triguero-Mas, Melissa García Lamarca, Isabelle Anguelovski, Carmen Pérez del Pulgar Frowein, Lucía Argüelles,
Madeleine Wahlund, Sara Ullström, Julia Neidig, Filka Sekulova y Carmen Pérez del Pulgar Frowein.
Isabelle Anguelovski

Isabelle Anguelovski
Siempre me he sentido frustrada por aquellas presiones estructurales y profundamente arraigadas para hacerlo siempre bien, o incluso sobresalir, en todos los frentes. Es lo que se espera que hagamos como mujeres en el mundo académico para ser valoradas, reconocidas y visibles y, al mismo tiempo, estar siempre presentes en el hogar, donde el fracaso no es aceptable. Esto ha sido particularmente desafiante porque nuestra investigación en el BCNUEJ ha intentado abrir nuevas conexiones teóricas y metodológicas entre campos y realizar una investigación reflexiva en la intersección de la justicia ambiental urbana y el desarrollo urbano, lo que nos obliga a trabajar fuera de los estándares y expectativas tradicionales. Nos enfrentamos a campos y prácticas que tienden a ser impulsados ​​cuantitativamente (en términos del número de artículos publicados, métodos, diseño) y dominados por los hombres. Una vez me dijeron que si me unía a un determinado instituto de investigación como profesora titular, tendría que “comenzar a publicar en una revista relevante”, incluso después de haber recibido una prestigiosa subvención de la Unión Europea, del European Research Council. Este comentario insidioso sigue configurando mi “resistencia” a esta postura, pero también mi autoestima, aún haciéndome sentir algo invisible e inferior a pesar de tener una posición de investigación consolidada. Condiciona mi obsesión por demostrar que merezco estar donde estoy.

Sin embargo, me siento privilegiada por las oportunidades que he recibido gracias a los logros de otros investigadores en nuestro laboratorio. Nos preocupan los procesos (una preocupación tanto por la buena investigación como también la compasión), por lo que me siento muy afortunada. En conferencias, tal vez en algunos casos me utilizan como cuota de género, pero intento aprovechar esos momentos al máximo para aportar mi visión académica o personal y también para conocer a jóvenes científicas y profesionales. Al menos, intento contribuir a crear nuevos caminos y motivaciones para las mujeres investigadoras en el mundo académico, y hacer que también sean parte de este creciente reconocimiento y visibilidad.

Helen Cole

Después de años trabajando en una función más administrativa en la gestión de proyectos de investigación, pasé a ser investigadora académica y obtuve mi doctorado mientras trabajaba a tiempo completo. En las reuniones, a menudo como la única mujer, suponían que me encargaría de tomar apuntes para el grupo, de que el powerpoint estuviera cargado correctamente, de pedir el catering, o incluso de avisar a mi colega, que a menudo se olvidaba de las reuniones, insinuando que yo era la razón de su ausencia, y no su propia incapacidad de hacer bien su trabajo. A pesar de trabajar con personas muy inteligentes que regularmente muestran su capacidad para pensar de manera original y que pueden discutir fácilmente la teoría feminista desde un punto de vista intelectual, las cosas no son tan diferentes ahora en el mundo académico. Muchas veces me siento ignorada por algunos de mis compañeros y a menudo me pregunto si son más mis propias características que mi género las que me hacen parecer menos competente que mis colegas masculinos. En casos específicos de sexismo explícito, a menudo me pregunto cuál es la mejor manera de responder para no ser vista como una ‘mujer amargada’, por lo que al final a veces no digo nada, lo que también facilita que se me invisibilice.

Al trabajar en un grupo compuesto mayoritariamente por mujeres, en gran parte estoy protegida de estas experiencias. Discutir nuestras experiencias dentro del mundo académico aun de carácter patriarcal es un gran apoyo y una válvula de escape, ya que podemos ayudarnos mutuamente al intercambiar ideas, desahogarnos compartiendo nuestras frustraciones y sentirnos comprendidas en lugar de ignoradas.

Margarita Triguero-Mas
Hace unos años, mientras un investigador me hacía preguntas relacionadas con el trabajo, me miraba los pechos. Me sentí totalmente incómoda. Quería salir de ahí. Pero me sentí impotente y me quedé allí respondiendo preguntas durante unos diez minutos. Hace un tiempo también tuve una entrevista para un doctorado en la que me dijeron que no podía tener hijos durante el tiempo del doctorado. Tardé casi dos años en darme cuenta de lo inapropiado que fue ese comentario. La verdad es que durante los últimos tres años, me he sentido frustrada, enfadada y decepcionada porque me han pedido participar en ciertas actividades porque era “joven y mujer”. ¿Cuando se empezará a valorar la ciencia independientemente de quién la realiza?

Pasar a un grupo académico mayoritariamente femenino ha sido un gran cambio para mí. Me ha permitido plantear mis propias ideas y preocupaciones, y que éstas se tomen en cuenta. Aunque no siempre ofrezca las respuestas que el grupo está buscando, mi nuevo equipo de investigación se toma el tiempo de entender mis puntos de vista y discutirlos. Ahora me siento mucho más incluida en el grupo. Otro cambio destacable es que ahora siento que trabajo con personas y no sólo con personal de investigación. Entre los miembros del grupo compartimos experiencias y nos apoyamos mutuamente. Creo que estas diferencias inician un proceso de empoderamiento personal y colectivo que es un primer paso para cambiar el trato hacia las mujeres en el mundo académico. Nos permite darnos cuenta de que no estamos solas y de que nuestros sentimientos son válidos. A parte de este empoderamiento, pienso que mostrar que ciertas prácticas y conductas son discriminatorias es el camino a seguir.

Lucía Argüelles

Como mujer y estudiante de doctorado, asisto a conferencias y talleres donde, en su mayoría, los hombres son los que hablan o hacen preguntas. Generalmente se sienten con más derecho a expresar su opinión y muestran más confianza en sí mismos. En ocasiones he dudado de mi misma y me he arrepentido por no intervenir en público, ya que pienso que es importante expresar mi opinión y sentirme cómoda ante el público. Ahora sé que este patrón tiene mucho que ver con cuestiones de género.

Ser parte de un laboratorio mayoritariamente femenino ha hecho que las conversaciones y discusiones sean más humildes, equilibradas y dinámicas. Me siento más cómoda dando mi opinión o haciendo preguntas. Aunque las mujeres ocupan cada vez más puestos en el mundo académico, el sector también es cada vez más precario, lo cual me temo tiene que ver con la feminización de la universidad. Tenemos que ser conscientes de las múltiples presiones a las que nos enfrentamos y combatir tanto el sexismo como la precariedad en el lugar de trabajo.

Galia Shokry

He tenido el privilegio de trabajar con hombres que me han tratado con igual dignidad. Pero esto no siempre ha sido el caso. En varias ocasiones, hombres académicos me han interrumpido, me han dicho que hable menos y que sonría más, mientras que algunos otros consiguen hablar con confianza y sin interrupción. Creo que si fuera un hombre en lugar de una mujer, tendría una historia muy diferente que contar.

Pero la verdad es que también he tenido malas experiencias con mujeres en el mundo académico. Aquí es donde creo que, al igual que el racismo estructural, tener más mujeres en el liderazgo es solo un paso. Las relaciones, oportunidades e interacciones deben cambiar para que las jerarquías tradicionales, la competitividad, las nociones de autoridad y la manera de tomar de decisiones también cambien, adoptando las mismas prácticas igualitarias que los científicos aplican en la investigación. ¡No es suficiente quererlo para todos los demás! Estoy agradecida de formar parte de BCNUEJ porque aquí nos esforzamos por hacer ese trabajo tanto a nivel interno como externo. Se necesita tiempo para cultivar estos valores y aprendemos con cada paso cómo ser más empáticos y solidarios. Siento que lo estamos haciendo a conciencia, y eso es importante.

Fulvia Calcagni

A pesar de una resistencia y escepticismo inicial hacia el feminismo (sí, incluso como mujer), me he dado cuenta cómo inconscientemente formaba parte de un sistema tan patriarcal y de lo impotente me sentía al enfrentar sus injusticias y desigualdades. Hasta hace poco no me había percatado de los abusos de poder que había experimentado personal o indirectamente. Durante mis años escolares, puedo recordar claramente que mis padres y profesores (en su mayoría mujeres) distinguen a las niñas de los niños en lo que respecta a la productividad, la concentración y los buenos modales, una actitud que ha contribuido a reforzar, legitimar y perpetuar ese marco binario y desigual de generación en generación. De manera similar, luego fui testigo de un sinfín de comentarios dirigidos a las profesoras o compañeras de estudios juzgando su apariencia física en lugar de su competencia o personalidad.

Ahora, con tantas investigadoras en BCNUEJ, experimento la inclusión, la colaboración y la empatía más que la competitividad, la superficialidad y la autoridad. Creo que esta transición, que esta ocurriendo en muchos otros contextos, es esencial para abordar las consecuencias de un sistema patriarcal, capitalista e individualista.

Panagiota Kotsila

Como joven profesora sentí que no me tomaban en serio porque era amigable e informal. Cuando exigía las tareas y las obligaciones a los estudiantes, me consideraban intimidante y distante, aunque inteligente y bien informada. La universidad todavía parece ser un lugar donde los hombres son los que toman las decisiones, y esto determina comportamientos y expectativas. He observado continuamente que los hombres dominan las discusiones en coloquios, seminarios y conferencias. He escuchado comentarios sobre cómo mujeres académicas que alcanzan una posición de alto rango son “afortunadas”, mientras que los hombres con logros similares simplemente se consideran “inteligentes”. Este tipo de discurso me ha hecho desconfiar en mis habilidades, dudar si postularme a puestos competitivos o expresarme con confianza en público.

Ser parte de un laboratorio predominantemente femenino durante los últimos tres años me ha ayudado a progresar como académica, ya que me he sentido reconocida y apoyada. Siento que pertenezco a un equipo en lugar de estar luchando sola. Creo que también debemos defender una academia más lenta y una apreciación académica más diversa, donde la excelencia se define no solo por la productividad, sino también por la ética del trabajo, el respeto y el cuidado de los demás. También debemos visibilizar más el excelente trabajo de nuestras colegas a la hora de enseñar, citar, y en proyectos colaborativos.

Madeleine Wahlund

Al comienzo de mi trayectoria académica, recuerdo haber hecho un comentario sobre la gran mayoría de hombres que ocupaba el departamento de geografía, a lo que uno de mis profesores respondió que no había suficientes mujeres solicitando puestos, a pesar de que se estuviera haciendo todo lo posible para “atraerlas”. Pensando que las cosas serían mejores en otras universidades, completé mi maestría en una de las universidades más prestigiosas de Suecia, donde la presencia de mujeres y hombres era un poco más equilibrada y había un grupo de profesoras muy trabajadoras. Sus conferencias siempre parecían estar mejor preparadas, estructuradas y llenas de información en comparación con las de sus colegas hombres, algunos de los cuales simplemente se podían dar el lujo de entrar al aula, colocar los pies sobre la mesa y soltar un monólogo sobre su propia investigación. Una vez, una de mis profesoras experimentó una tragedia en su familia. Ninguno de sus compañeros intervino para ayudarla a cumplir con las responsabilidades de administrar el curso y, como resultado, fue transferida a otro departamento. Es frustrante ver cómo muchos hombres aún no logran ponerse a la altura y asumir su responsabilidad en la perpetuación de estas condiciones.

Sara Ullström

Como mujeres, a menudo debemos luchar más que nuestros compañeros para ser escuchadas y nuestras opiniones valoradas. Un ejemplo de mi propia experiencia es cuando hice un trabajo de campo para un proyecto de investigación, y un hombre que entrevisté de repente me preguntó: “Entonces, ¿eres un investigadora pagada?” No podía dejar de pensar por qué me preguntó eso. Sentí que estaba deslegitimando mi trabajo sin razón alguna. Como mujeres en el mundo académico, nos enfrentamos constantemente a situaciones en las que no nos toman en serio, por lo que no es sorprendente que nos pasemos mucho tiempo pensando en lo que se espera de nosotras, a menudo con la consecuencia de dudar en nosotras mismas.

Marta Conde

Una historia reciente que me viene a la mente es en el contexto de nuestra participación en un proyecto financiado con fondos europeos con el municipio de Barcelona. El proyecto fue gestionado principalmente por hombres así como sus evaluaciones cuantitativas. La evaluación cualitativa, casualmente, fue manejada principalmente por mujeres. Cuando intentamos impulsar ciertos aspectos que fueron clave para nuestra investigación, tuvimos una oposición constante. Un día, después de una reunión, me acorralaron cinco hombres y me preguntaron agresivamente por qué estaba presionando tanto para esa investigación. Fue una experiencia horrible, innecesaria. En lugar de irme y pedir una nueva reunión con una agenda establecida, me puse nerviosa y perdí parte de los datos de nuestra investigación debido a eso. En otra ocasión, fui presionada para formar parte de un panel casi todo compuesto de hombres, para cumplir la cuota de género. Al final, un colega dio la charla, pero discutimos lo que había sucedido: para mantener el equilibrio de género habíamos sido discriminadas.

Esas experiencias fueron muy diferentes a mis dos últimos trabajos con el BCNUEJ y con una ONG donde el género, la equidad y la camaradería son fundamentales. Si bien estoy de acuerdo en que tenemos que dar más oportunidades a las mujeres y hacernos ver, también debemos ser conscientes de las consecuencias y los límites de esta emancipación.

Ya sea en la academia o en el campo más amplio de la ciencia, incluso los departamentos o centros aparentemente progresivos y equitativos, siguen siendo un terreno de juego profundamente desigual e inequitativo para las mujeres investigadoras. Allí, las actitudes, las oportunidades y los sistemas de apoyo deben cambiar para garantizar que las voces, las contribuciones y la excelencia de las científicas asciendan a la cima de las agendas políticas, de la investigación y de la sociedad civil. A través de nuestro propio trabajo y compartiendo nuestras experiencias, esperamos contribuir a ese cambio.

Sobre el artículo original

El artículo What’s it Like to be Women In Science and Academia? We Asked Our Lab Members de Isabelle Anguelovski (Directora del BCNUEJ) se publicó en el blog del BCNUEJ el 14 de febrero de 2019.

Sobre la traductora

Este post ha sido editado y traducido por Ana Cañizares, responsable de prensa del BCNUEJ.

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