La vulnerabilidad de la mujer embarazada y la obra de Gustav Klimt

La vulnerabilidad de la mujer embarazada y la obra de Gustav Klimt

 

La gestación y la maternidad son posiblemente los dos momentos que cambian la vida de la mujer, produciéndose cambios físicos, psíquicos y emocionales que las convierten en población vulnerable en máximo riesgo .  Las estadísticas nos dicen que casi una de cada cuatro mujeres (22,7%) sufre agresiones de género verbales, físicas o sexuales durante el embarazo.

En 1903, el pintor simbolista austriaco Gustav Klimt, pintó “La esperanza I”, cuya protagonista es una mujer embarazada, Ya en su cuadro “La Medicina”

Había tratado el tema, pero de forma más sutil, menos evidente. Por supuesto, la obra fue un escándalo en su época, una sociedad  puritana austriaca, por ello y aunque el artista lo realizó para exponerlo ese año en el edificio de la Secession, el ministro de cultura Von Hartel, convenció a Klimt para que no lo hiciera y evitar que la controversia aumentara en las universidades. El pintor aceptó y encontró pronto un comprador en el cofundador de los Talleres de Viena, Fritz Wärndonfer, quien lo mantuvo cubierto con una tela durante años.. Actualmente el lienzo se exhibe en la Galería nacional de Canadá y tiene unas dimensiones de 189 x 67 cm.

La obra es un claro ejemplo del estilo simbolista del artista, aunque no utiliza el pan de oro  tan peculiar en su producción, las formas sinuosas y el decorativismo se convierten en elementos indicativos de su personal estilo. La falta de perspectiva y el horror vacui son también características de este trabajo, una de sus obras maestras en la que podemos comprobar la elevada calidad del dibujo y su facilidad a la hora de aplicar el color.

Titulada “Hope I” y traducida como “Esperanza I”, se trata de un óleo sobre lienzo cuya protagonista es una mujer embarazada, totalmente desnuda, de pie y que sostiene sus manos juntas sobre su estómago y cerca de su pecho. La modelo para la obra fue Herma, una mujer que ya había posado en varias ocasiones para Klimt pero que dejó de ir a su estudio por su gestación, enterado el pintor de ello la llamó para posar, pues a la necesidad económica  de ella se unía la posibilidad de tratar un tema novedoso, insólito y provocador para la sociedad de la época y con el que de nuevo entraba en la controversia. Klimt representó a Herma joven, muy joven, infantilizada, de no ser por su abultado vientre nadie pensaría que está embarazada. Sus piernas adolescentes, sus pechos juveniles, sus frágiles brazos, su rostro infantil y su espesa cabellera pelirroja, igual al color de su pubis, coronada por flores blancas son una alegoría de su inocencia. Se desconoce la edad y fisionomía de la modelo en ese momento pero, consciente o inconscientemente lo cierto es que la gestante dista mucho de los patrones físicos de una mujer en su octavo o noveno mes de gestación, pero sí aciertan en el imaginario colectivo creado en torno a una mujer en ese estado y que, socialmente, nada más saber que está en cinta la cultura patriarcal la devuelve a la infancia dejándola de tratar como mujer e, independientemente de su edad, convirtiéndola en una niña carente de autonomía y  capacidades.

La gestación y la maternidad son posiblemente son los dos momentos que cambian la vida de la mujer, produciéndose cambios físicos, psíquicos y emocionales que las convierten en población vulnerable en máximo riesgo

Independientemente si es adulta, adolescente, está sola o en pareja, sea autónoma, inteligente  e capaz, o tenga o no un trabajo precario, cuando la mujer anuncia su maternidad automáticamente se socava la confianza que tiene en si misma  tanto desde el ámbito familiar como sanitario y se la  intenta convertir en un ser dócil que acate los criterios de los demás pasando a ser una “primípara”. Se juzga su constitución física, su peso, la alimentación que ingiere, sus hábitos y hasta sus  movimientos, de modo que el que debiera ser un momento de felicidad, armonía personal y transición pasa a generarle a ella el creer que está en una situación peligrosa y de riesgo que unos y otras tienen que controlar, perdiendo su libertad y soberanía. Se la empieza a hablar empleando diminutivos, con un lenguaje condescendiente, relegándole el papel de protagonista para pasar a desempeñar un rol de mera espectadora de las acciones que ejercen sobre su cuerpo cosificado. El paternalismo se cierne sobre ella sin respetar su autonomía ni capacidad de decisión, la tratan como una paciente o una enferma en vez de una adulta o una usuaria.

En el ámbito familiar las suegras, madres, hermanas, cuñadas se convierten en recordatorios y recetarios basados en sus experiencias, incluso vecinas o desconocidas osan dar consejos que no se piden pero que dan cargadas de razón. Se desarrollan situaciones dónde instintivamente las mujeres empiezan a competir obsesivamente transmitiendo a la futura madre estrés, preocupación y  miedos en unas circunstancias que debieran ser de absoluta relajación.

A nivel sanitario, aunque el tema de la violencia obstétrica debe tratarse con más amplitud, ante la mujer embarazada el o la profesional con bata blanca la trata como a una niña, imponiéndole tratamientos y realizando intervenciones sin pedir el consentimiento. Número de ecografías por encima del necesario, exceso de tactos vaginales,  episeotomías, estimulación con oxitocina sintética para planificar horarios y personal de hospitales, uso de fórceps, amniotomías, cesáreas innecesarias, son algunos ejemplos reveladores de como sanidad secuestra la autonomía y capacidad de las mujeres y decide, sin tener en cuenta su opinión, sobre su cuerpo y sexualidad, puesto que sin informarnos estas intervenciones van a influir en nuestra futura calidad de vida. En ambos ámbitos las mujeres nos sentimos presionadas y coaccionadas para que otras u otros decidan por nosotras, nos manipulen, conviertan en objetos y anulen nuestra toma de decisiones.

Volviendo a la obra de Klimt, y una vez interpretada la infantilización de la protagonista, mirando tras la claridad de su figura vemos detrás y a la derecha unas figuras inquietantes y amenazantes a las que la gestante parece ignorar. En la base y atrapando sus pies hay un monstruo marino cuya cola la envuelve tratando de capturarla y saliéndose del marco. A su izquierda, detrás, negro, parece ser que está Tifón, otro monstruo con cabeza de buey nacido de la unión de Gaya (madre tierra) y Tártaro (el más profundo e inhóspito lugar del inframundo) y quien dependiendo del momento podía mugir como un toro, rugir como un león, ladrar como una jauría de sabuesos o hablar el lenguaje de los dioses. Con sus diferentes ruidos pretendía dominar el mundo. En el cuadro aparece con una corona de estrellas sobre su frente inclinada que le alumbra el camino. Al fondo cuatro figuras, la más evidente un cráneo que se prolonga hasta los pies de ella en un manto azulado decorado con estrellas doradas, y que simboliza la muerte; los otros tres rostros son connotaciones malignas que pudieran eludir a la enfermedad, la locura y el pánico. A la obra se contrapone pues la dulce imagen de ella con los males y temores de los que no parece ser consciente la joven.

Los adelantos en medicina desde que Klimt pintó su obra hasta la actualidad han mejorado los niveles de natalidad y reducido los riesgos en el embarazo y parto pero sin duda y emocionalmente las mujeres en cinta siguen preocupándose por la salud de sus futuros bebes, sus miedos y temores, pese a los avances, persisten. Los monstruos de la obra del pintor modernista conducen a reflexionar sobre el que desgraciadamente surge en demasiados casos al lado de la gestante, y que es la del violento maltratador y es que hoy disponemos de indicadores que señalan que el predominio del abuso físico y sexual es mayor y más grave entre las mujeres embarazadas que entre otras mujeres, convirtiéndolas en un grupo de riesgo severo.

Con el embarazo se desatan los celos del varón que deja de recibir las mismas atenciones, muchos incluso dudan o sospechan que ellos sean los responsables. Su posesividad lleva a algunos a impedir que ellas acudan a consulta médica, que las toquen o las vean pues consideran que sus cuerpos son suyos. Muchos ven el acontecimiento como una carga económica tanto por los gastos del futuro bebe como por la indisposición física de la mujer  para continuar con el mismo trabajo dentro y fuera del hogar. También los hay quienes aprovechan la vulnerabilidad e indefensión de ellas para pagar con las mismas sus iras y frustraciones, así como para desarrollar un rol paternalista y dominante machista.

La dulce espera o el estado de buena esperanza se convierte para muchas en un calvario humillante, vergonzoso, silencioso y solitario  en el que comienzan a descubrir al monstruo que las ha preñado y, por desgracia, con quien tendrán un vínculo de por vida. Si es repugnante que un hombre agreda a una mujer, más lo es que lo haga estando embarazada y máxime que atente contra la vida de un ser indefenso que no ha nacido y  del que biológicamente es su progenitor.

Aumento de peso, molestias, cambios físicos por retención de líquidos y aumento de volumen de la barriga, estrías en el pecho y otras partes del cuerpo, cambios hormonales que provocan nauseas, dolor en las mamas, brotes de acné, estreñimiento y alteraciones emocionales son los mínimos cambios que padecemos en la gestación. Nuestras vidas cambian, buscamos el recogimiento, necesitamos paz, alimentarnos saludablemente, tener horarios adecuados, descansar, pasar de cuidarlos y complacerlos a ellos para cuidarnos a nosotras mismas y al bebe que estamos gestando. En esa metamorfosis, abandono del canon de belleza y destronamiento del príncipe,  muchos varones, de forma grosera, cruel y despiadada deciden continuar con sus vidas sin asumir su paternidad.

Bofetadas, empujones, puñetazos, patadas, heridas, palizas, quemaduras, fracturas de huesos, tirones de pelo, lanzamiento de objetos, cortes de cabello, insultos, vejaciones, violaciones, golpes en el vientre para que abortara, ingresos hospitalarios, infecciones, sangrados,  es el día a día de muchas mujeres gestantes.

.Una buena amiga llamada Leticia me contaba un día que antes de saber que estaba embarazada salía todos los fines de semana con su pareja, tomaban y se divertían hasta no poder más. Con el embarazo ella dejó de salir, él lo siguió haciendo. Volvía a la madrugada, cargado, apestando a alcohol, con ganas de sexo. En su segundo mes de embarazo recibió su primer bofetón que fue la antesala de palizas, humillaciones y vejaciones hasta un parto prematuro. Otra amiga, Rosario, por complicaciones en la gestación, tuvo que abandonar el trabajo precario que tenía limpiando casas para depender económicamente de él. Fea, puta, loca, eran los insultos que recibía cuando pedía algo. Almudena, otra amiga, pasó el embarazo llorando, sufriendo violaciones, queriéndose ir y  soportando que le dijeran lo inútil que era y que dónde podía ir una desgracia como ella con una hija o embarazada. Mis tres amigas alumbraron a sus bebes en la soledad y en la amargura, muy lejos del sueño que habían idealizado y, cuando comprobaron que los malos tratos persistían sobre ellas y las criaturas, los abandonaron. Mis tres amigas soportaron un proceso contencioso que terminó en una custodia compartida que ejercen los progenitores para seguir maltratándolas.

El mito de la maternidad deja de serlo cuando adentramos en estos casos que,  soporta una de cada cuatro mujeres que viven en pareja, después tenemos el caso de las mujeres adultas solteras que pocas veces tienen el apoyo familiar cuándo deciden quedar embarazadas, así como el de las adolescentes que sin tener todavía, como es normal, capacidad de criterio y juicio, abandonan la infancia para entrar forzadamente en la madurez.

Esos lloros sin motivos aparentes que la literatura habla quizá se correspondan en la realidad con el descubrimiento del príncipe que te salió rana, con la sensación de haber cometido un error imposible de reparar, con descubrir que es tarde para tomar soluciones y aceptar que tienes que aguantar.

Bofetadas, empujones, puñetazos, patadas, heridas, palizas, quemaduras, fracturas de huesos, tirones de pelo, lanzamiento de objetos, cortes de cabello, insultos, vejaciones, violaciones, golpes en el vientre para que abortara, ingresos hospitalarios, infecciones, sangrados,  es el día a día de muchas mujeres gestantes.

Si la violencia contra una mujer de por sí, es un acto criminal, hacerlo contra la embarazada además de abominable dispara los riesgos y los prolonga al feto.

La capacidad reproductora de las mujeres debiera ser motivo de empoderamiento para las mismas pero lamentablemente el patriarcado la  ha utilizado para someternos y hacernos vulnerables. Otra lucha que hay que lidiar!

 

 

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