La educación para salir de Patrix

La educación para salir de Patrix

 

No olvidéis nunca que bastará con una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres se cuestionen. Estos derechos nunca son adquiridos. Deberéis permanecer alerta durante toda vuestra vida”  Simone de Beauvoir

 

En 2018, la eclosión del feminismo como movimiento social central, ha abierto los ojos a gran parte de la sociedad sobre la imposibilidad material de erradicar la violencia contra la mujer a pesar de la opinión pública, las políticas públicas y las medidas judiciales y policiales. Las cifras de mujeres agredidas y asesinadas a nivel global son absolutamente indicadoras de un problema que, lejos de cualquier subjetividad (si salvamos el negacionismo de las nuevas y perturbadoras ideologías políticas sin complejos) constituye un verdadero fenómeno terrorista. En España hay casi 1000 asesinatos desde que se contabilizan las víctimas según el concepto de violencia de género, superando en número a las victimas del terrorismo de ETA. En lo que llevamos de año, una decena de mujeres han sido asesinadas por parejas, ex parejas o por cuestiones relacionadas con una única esencia: ser mujer.

Ante esta situación ¿que hacemos? La gran filósofa y feminista Amelia Valcarcel comentó en una de las jornadas del Feminario de 2017 en Valencia que “la libertad de las mujeres no es un producto natural de la evolución humana”. Es decir, que, si confiamos en que la deriva evolutiva de las sociedades del planeta nos llevará espontáneamente hacia posiciones mas justas con nosotras, más inclusivas y equilibradoras de los desajustes… nada cambiará. Jamás se alcanzará, sin intervenciones adecuadas, esa igualdad perfecta en la que, según la ocurrente frase de la  encocrinóloga Estelle Ramey, ”una mujer tonta pueda llegar tan lejos como un hombre tonto”. Pero qué difícil es, visto el panorama político y social actual, para algunas personas, hombres sobre todo, y muchas mujeres, atisbar, entender, apreciar la desigualdad en una sociedad que lleva, durante miles de años, construyendo y apuntalando el segundo sexo. Primero, porque la estructura social patriarcal, pivota, con mucha estabilidad, en  la esfera de lo privado:  la familia y, dentro de ella, nuestra esquizofrénica función, subsidiaria e imprescindible a la vez.  Segundo, porque el uso perverso de la palabra “libertad” impide ver el desolador panorama de un mundo que, pudiendo tener todo, se asoma peligrosamente a la nada. Tercero, porque en la era de la tecnificación y con una revolución robótica a las puertas, el saber, tan extenso, se concentra en unos pocos, ultracualificados, mientras existe una amplia mayoría saturada de imágenes, poses, virtualidad, superficialidad. Pero, paradógicamente, suerte que tenemos las redes sociales;: Facebook, Twitter, el quinto poder. Suerte que las mujeres nos comunicamos en red.

si confiamos en que la deriva evolutiva de las sociedades del planeta nos llevará espontáneamente hacia posiciones mas justas con nosotras, más inclusivas y equilibradoras de los desajustes… nada cambiará.

Cambiar el signo de los tiempos es tan difícil como urgente y la prevención, como una vacuna, se vislumbra como la potencial solución en el menor plazo posible. La violencia de género en LOS adolescentes ha experimentado un repunte, la hipersexualización de LAS adolescentes pasa desapercibida como algo moderno, milenial, liberal, adorando la cultura del selfi y la superexposición a lo social. Y ello, pese a que la igualdad está presente más que nunca en talleres e intervenciones educativas, pese a la existencia de un movimiento feminista emergente  y mediático, que reclama la última revolución pendiente en los países no periféricos (con permiso de lobbys prostituidores y maquillajes ideológicos que trasnochan el género). Con este panorama, en el que la universalidad del patriarcado como superestructura social funciona como un complejo anestésico que cimienta la desigualdad manteniendo el estatu quo omnipresente y androcéntrico como algo intrínseco y cotidiano que lo naturaliza e invisibiliza, las políticas públicas progresistas y feministas tienen que actuar ya. Frente a lo que Pilar Aguilar ha llamado “barbarie”, no podemos ser neutrales. Como dice Miguel Lorente, “la teórica neutralidad en lo que respecta al entramado cultural relacionado con la violencia de género significa tomar parte por su continuidad con una clara conclusión: no hacer, es hacer mal”. Por eso estamos necesitadas de una actuación educativa intensiva, una acción preventiva que, junto con las leyes y su desarrollo, junto con la revisión del papel educacional de los medios de comunicación, consiga revertir el paradigma actual que nos asola.

Pero para formar en igualdad, y precisamente por la complejidad que supone deconstruirse tras cuatro mil años de socialización patriarcal, las personas que asuman dicha tarea tienen que tener una sólida formación y un recorrido vital que aporte ese plus de perspectiva que da la experiencia. Es un perfil en el que la edad juega a favor, porque la percepción de muchas de nuestras injusticias sólo la conseguimos con el sentido del tiempo.  Siempre digo que el feminismo es un estado de madurez de las personas. Necesita recorrido. O en su defecto, intervención educativa. Por ello, y pese a los tambores de guerra que suenan desde el sur, quiero reivindicar los 2 pilares fundamentales que, tal y como se ha demostrado, son la pieza que nos falta para conseguir una igualdad plena y efectiva.

Por un lado, una asignatura de igualdad en todos los centros educativos, desde Primaria hasta la Universidad, en la línea de lo que se ha implantado ya en algunas comunidades autónomas como Asturias y Galicia, o como la que ya disfrutan algunos países como Islandia o Australia, con la denominación de Feminismo. Una materia incluida en el currículum, con un mínimo de horas y una programación y evaluación que conformaría la reivindicación coeducadora que gran parte de nuestro profesorado ya está reclamando. Y ello, sin olvidarnos de las formaciones para adultos en centros de trabajo, ayuntamientos, polideportivos, etc. que ya se están impartiendo cada vez más aunque con poco respaldo normativo, y que se deberían potenciar y exigir como parte de un saber necesario, tal y como ocurre con las medidas de protección y prevención de los riesgos laborales.

Por otro lado, profesionales con formación especializada que consigan, con rigor, promocionar, sensibilizar, difundir y educar en igualdad para alcanzar esa verdadera transformación mediante una formación informada y continuada, y no con unos bienintencionados pero insuficientes talleres educativos puntuales. Contamos en España, como en otros países, con dos figuras específicamente preparadas para esta labor, las dos desconocidas para gran parte de la sociedad, precisamente por su infrarrepresentación. Es el caso de la recién creada Técnico Superior en Promoción de Igualdad de Género, con 2000 horas de formación  en igualdad. Es un ciclo de grado superior creado ex profeso en el 2013 para conseguir el cambio social y que sin embargo, pasa a engrosar otro más de los capítulos obsoletos de la formación profesional si no somos conscientes de su imperiosa necesidad. Porque la promoción de la igualdad, es la base. Mas conocida sin duda, por su trayectoria de más de una década es la  figura denominada Agente de Igualdad, centrada en labores de planificación y gestión en instituciones publicas y privadas , procedentes del ámbito universitario. Ambas figuras son complementarias y deberían funcionar como un tandem.

Podríamos pensar que estos dos pilares son transitorios. Que a la desigualdad le quedan dos telediarios y que dentro de nada, la igualdad será prácticamente plena, y ya no serán necesarias. Pero la realidad es que no hay ninguna sociedad que no sea machista. Que el machismo, a través del patriarcado, es muy rentable evolutivamente. Y que sufrimos, desde siempre, una pandemia patriarcal. Por eso, la educación en igualdad que  pueden aportar las Técnicas de Igualdad o Promotoras de Igualdad de género junto con las Agentes es un sine die. Ojalá no hicieran falta. En un mundo de igualdad perfecta no existirían. Pero del mismo modo que la asistencia social será un continuo en nuestro sistema  (si no llega un futuro distópico aun peor que nos haga involucionar hacia universos híbridos de Orwell y Atwood), una figura profesional que promocione la igualdad en los colegios, ayuntamientos, observatorios, universidades, empresas,  será siempre absolutamente necesaria. Lo llevamos tan interiorizado, tan fuertemente grabado desde que nacemos, que adquirir conciencia de nuestras opresiones solo se consigue con el paso del tiempo o con una intervención socioeducativa. Y aún así, muchas personas serán reacias y casi incapaces de cambiar el punto de vista, de atisbar las injusticias que subyacen bajo los estereotipos. Es decir, de ponerse las gafas violeta, o de tomar la pastilla roja que nos expulse, de una vez y para siempre jamás, de Patrix.

 

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