El genio y la genia, la genialidad: Dora Maar

El genio y la genia, la genialidad: Dora Maar

Por todas es sabido la burla y menosprecio que demasiados sectores evidencian cuando tratamos de democratizar el lenguaje, de hacerlo inclusivo, de desdoblarlo para feminizarlo e integrarnos. Del miembro a la miembra, como del genio a la genia hay el mismo paso, de modo que hablaré de genialidad, que, además de ser femenino, es un calificativo idóneo para hablar de la producción artística de Dora Maar, quien tuvo la desgracia de formar parte del albúm de cromos de Pablo Picasso que afirmaba que “La mujer genio no existe; cuando existe es un hombre”.

Desde tiempos de la antigua Roma, la palabra “Genius” era un sustantivo masculino referido a una deidad a la que conceptualizaban como la encarnación divina de la capacidad de crear que residía en la mente del hombre. Genius se convirtió en una especie de espíritu guardián divulgándose la creencia de que cada hombre que era cabeza de familia tenía su propio “Genio”, a la vez protector del resto de miembros del grupo familiar. Más tarde se difundió la idea de que cada lugar o cada organización tenían su propio genio (genius loci o genius populi).

A partir del concepto “genio” se construyó el concepto de artista y se aplicó a lo masculino, sin aceptarse hasta hoy el equivalente femenino y, por supuesto no calificando en el terreno artístico o científico a mujeres con tal designación lo cual nos lleva también a meditar sobre la idea de porque motivo han permanecido en el anonimato grandes mujeres artistas. Y es que, desde la Antigüedad se ha supuesto la inexistencia de genios femeninos argumentando la supuesta inferioridad cultural e intelectual de las mujeres y, a medida que ha avanzado la historia, pese a equipararse la inteligencia del hombre y la mujer, las producciones de las féminas han tenido menor repercusión y reconocimiento, puesto que socialmente no formaban parte del espacio público.

Nos encontramos pues con la concesión de méritos femeninos como el de copista, aficionada, seguidora, imitadora, discípula de un genio, pero nunca catalogada como tal.

Así pues, y sin caer en el debate del genio o la genia, y sin tampoco utilizar en mi discurso el masculino para referirme a la mujer, opto por el concepto de “genialidad” para referirme a mujeres artistas que han despuntado por su innovación, creatividad, determinación y autenticidad.

Dora Maar fue una artista plástica, pintora, escultora y fotógrafa surrealista francesa cuya carrera profesional se truncó al conocer a Pablo Ruiz Picasso quien, atraído y hechizado por un talento superior al de él, se dedicó los años que estuvo con ella a menospreciar su trabajo, a anularla y convertirla en parte de su séquito. Cuándo Dora entró en la vida de Picasso, entró en el círculo de la violencia, en una escalada que terminó cuando él consiguió que ella tras 10 años de malos tratos afirmara que “Después de Picasso, sólo Dios”. Aceptado ello, el malagueño la aborreció y abandonó.

Dora Maar fue una de las siete mujeres- pareja visibles en la vida de Picasso. Se conocieron en 1936, ella tenía 29 años, él 55, estaba casado con Olga Koklova y esperando una hija de Marie- Thérèse Walter, a la que llamó Maya. La relación finalizó cuando en 1947 Picasso conoció a François Gillot, que tenía 21 años y a la que embarazó primero de Claude y después de Paloma.

Su nombre original fue Henriette Theodora Markovitch. Nació en Tours, Francia, el 22 de noviembre de 1907 y falleció en París en 1997. Su padre arquitecto, y su madre violinista proporcionaron a Dora una vida acomodada y cultivada, hablaba francés, croata y castellano, puesto que vivió su adolescencia en Argentina. Ya en Francia, comenzó sus estudios en la Academie Lothe, para después ingresar en L’École de fotografía de la Ville de París, y tras ciertas incursiones en el mundo de la pintura es en la fotografía donde consiguió destacar.

Sus primeros pasos en el mundo de la fotografía los dio en el estudio del fotógrafo Harry Meerson, más tarde comenzó a trabajar con el también fotógrafo Pierre Keffer junto al que colaboró en revistas de moda como “Madame Fígaro” y en campañas para cosméticos cuya protagonista era Assia (musa por excelencia del movimiento surrealista). En estos años sus temas preferentes fueron las fotografías de rostros y desnudos femeninos, muy osados para esos años, así como paisajes oníricos, ensoñadores, cautivadores por sus lecturas ambiguas. Los rostros, superpuestos, también fueron una innovación en la fotografía. En su obra buscaba romper con los convencionalismos asociando libremente imágenes, buscando formas ocultas y creando diferentes realidades sugerentes para el espectador. En cierta medida eran obras tenebrosas, místicas, enigmáticas que delataban su carácter inteligente, melancólico y complejo.

Del dadaísta Man Ray aprendió la técnica del desenfoque y experimentó con el fotomontaje, el fotocollage y la sobreimpresión; de Giorgio de Chirico se nutrió para idealizar sus imágenes y arquitecturas en la metafísica irracional de los sueños, envolviendo su obra en un halo enigmático, “Silence”, “Cavaliers” y “Rue d´Astorg” son muestra de ello.

A la par que artista, Dora Meer fue una mujer activista, reivindicativa y extraordinariamente sensibilizada por los acontecimientos políticos y sociales que estaban sucediendo a mediados de los años 30. Así y tras entrar en contacto en 1934 con el escritor y antropólogo francés George Bataille, decidió viajar a España que estaba en vísperas de guerra y, en Barcelona, inició una serie de fotografías dónde captó la realidad de la miseria, la pobreza, la desesperación y la marginalidad a través de mendigos, niños y mujeres que deambulan por los barrios trabajadores de la ciudad condal. Posteriormente, en París y Londres pasó a ser una tenaz activista de izquierdas que denunció su indignación con sus fotografías.

En 1936 conoció a Picasso convirtiéndose en el testigo más valioso de la evolución del “Guernica”, fotografiando cada paso del proceso creativo, al pintor en diferentes momentos, la obra iniciada y terminada. También ese mismo año realizó una de sus obras más conocidas “El retrato de Ubú”, protagonista de la obra de teatro de Alfred Jarry titulada “Ubú rey” y cuya imagen se convirtió en icono fotográfico del surrealismo.

A la relación de Dora con Picasso, su padre y su madre se opusieron desde el principio tanto por la diferencia de edad como por la fama mujeriega y desequilibrada del malagueño, sin embargo, ella, enamorada ignoró sus pareceres y se volcó y aisló con el pintor. Picasso menospreciaba su arte, para él no tenía valor la fotografía como tampoco el sentido que ella le daba, la humillaba y se burlaba mientras intentaba adiestrarla con los pinceles. A la par, y como al resto de mujeres, Picasso convirtió a Dora en su modelo y musa, a la que siempre pintó triste y llorando.

Testigos y amigos afirmaron que tanto psicológicamente como físicamente el pintor maltrató a la fotógrafa, el genio a la genialidad. Ante las vejaciones Dora se desequilibró y debido a su comportamiento irracional Jacques Lacan la psicoanalizó y recomendó su ingreso en el hospital de Sainte- Anne dónde le aplicaron electroshock. Paul Éluard, amigo de Dora y poeta dadaísta, acusó a Picasso de hacerla sufrir demasiado. Para entonces el malagueño con 61 años, ya había conocido a François Gillot, de 21 y con la que mantenía una relación.

Enferma y sin saber decantarse por una vía artística que aliviase su dolor, desde 1945 y hasta su muerte en 1997 la carrera artística de Dora Maar, que había sido tan prolífica como notable, cayó en un declive absoluto, marcando su vida desde entonces el recogimiento y el refugio en la religión encerrada en su estudio de París. En su testamento dejó sus bienes (entre los que se encontraban 130 Picassos y la mayoría de sus fotografías) a un monje.

El nombre de Dora Maar se eclipsó a la sombra del pintor y ocultó a la mejor fotógrafa del movimiento surrealista a la par que una de las pioneras del fotoperiodismo documental.

Los malos tratos psicológicos conducen al miedo, la ansiedad, la depresión, la ira, el estrés, el aislamiento, la dependencia y genera heridas devastadoras que persiguen a las víctimas durante muchos años, incluso durante la vida entera robando proyectos vitales e impidiendo gozar de una existencia plena. Dora Maar fue víctima de ello, pero no ha de serlo también del olvido de su genialidad, puesto que pese a vivir a la sombra de Picasso, lo superó en talento.

 

CATEGORÍAS
Comparte