Una, grande y machista 

Una, grande y machista 

Las mujeres, y también muchos hombres con conciencia igualitaria y feminista, estamos indignadas. Indignadas pero poco sorprendidas. Estamos viendo la materialización de un desastre anunciado. Sé que no consuela, pero por lo menos debería hacernos reflexionar como sociedad. Deberíamos plantearnos la verdadera importancia de ejercer el derecho y a la vez deber democrático del voto con mayor responsabilidad. Y eso va no sólo por los que lo ejercen y luego se arrepienten o reniegan de la opción elegida sino, sobre todo, por quienes se quedan en casa el día de las elecciones.

Un partido de extrema derecha obtuvo doce diputados en un parlamento autonómico, en Andalucía, el pasado 2 de diciembre. Ahí estuvo la sorpresa porque ninguna encuesta, ningún experto o experta fue capaz de vaticinarlo. Lo que está ocurriendo a consecuencia de ese resultado, era de esperar. Ese partido puede, y debe, ser acusado de muchas cosas relacionadas con su falta de cultura e intención democráticas, pero nadie de las casi 400.000 personas que le votaron puede decir que le engañaran. Cosa distinta es que algunas ya estén arrepentidas. Pero lo que es incuestionable es que se presentó a las elecciones con las cartas sobre la mesa. Su programa, incluso en su versión reducida de 100 medidas, habla de derogar las leyes de igualdad y sobre violencia de género, así como de otras muchas propuestas que suponen una clara involución en los pasos hacia adelante – a veces con titubeos, cierto – dados por este país en los últimos cuarenta años, esto es, en Democracia.

Derogar el Estado de las autonomías para regresar al Estado centralizado:  «Una, Grande y Libre», ¿recuerdan? Proteger a la familia, pero no a todas las familias ni a sus diferentes versiones, sino a la tradicional, la que fundamentaba las bases del Régimen, con la mujer en casa y con la pata quebrada, familias numerosas a las que hace sesenta años se otorgaban premios y distinciones, como refleja este NODO, y más permisos de maternidad, que no de paternidad, porque la corresponsabilidad es cosa de rojos y feminazis. Pretenden, además, una tarifa plana impositiva que termine con la progresividad del IRPF y, en consecuencia, con la redistribución de la riqueza. Vamos, que contribuyan de igual manera los que cobren 15.000 euros anuales que los que ingresen 60.000 al año. Privatizar las pensiones, eliminar cualquier enseñanza relacionada con la coeducación, la ética o la educación sexual… Y, por supuesto, arremeter contra el aborto, sacarlo de la sanidad pública. Y frenar, como no, la eutanasia que el PSOE quiere aprobar, que hay que «proteger la vida desde la concepción hasta la muerte natural», aunque sea con sufrimiento insoportable y se trate de una vida indigna de ser llamada así.

No me estoy inventando nada, ni siquiera exagero. Hay muchas más aberraciones en el programa de ese partido que atenta contra los fundamentos de nuestra democracia y contra los derechos humanos, porque los derechos de las mujeres, de la mitad de la población española, están amenazados. No sería así si la derecha española fuera como la francesa, por ejemplo. No habrían saltado todas las alarmas si, como ocurre en otros países europeos, la sombra del fascismo hubiese topado frontalmente con un muro de solidez democrática construido al unísono por derechas e izquierdas. Lamentablemente, PP y Ciudadanos están cediendo a las presiones de ese partido ultraderechista para poder conseguir lo que ansían: el poder. Ni regeneración, ni nada de nada, solo el poder, cueste lo que cueste.

 

Pero me temo que es aún peor que eso. Ese partido, su líder sin ir más lejos, se gestó en el seno de esos otros que ahora pactan con él. Y dirigentes de PP y de C’s comulgan con sus esencias. Hace bien poco, el PP anunció que iba a abordar de nuevo el tema del aborto porque «no lo considera un derecho» . Tampoco hace tanto que Ciudadanos ponía en cuestión la ley sobre violencia de género y que uno de sus diputados, virtual candidato a las autonómicas en Valencia, Toni Cantó, defendía la existencia de denuncias falsas a mansalva. Por todo esto, es entendible que, pese a sus resistencias de cara a galería, les cueste poco renunciar a algo en lo que realmente o no creen o consideran meramente accesorio e insustancial. Por eso no me sorprende lo más mínimo que Moreno Bonilla esté cediendo a las pretensiones de los ultraderechistas en materia de violencia de género.

Todavía hay una oportunidad para rectificar en ese camino con renglones torcidos que han empezado en Andalucía. Aún está a tiempo la derecha española de demostrar que está a la altura de sus compañeros de grupos políticos en la UE quienes, por cierto, ya han lanzado señales de alarma ante esos posibles pactos. No soy nada optimista, por todo lo dicho y citado. Pero, desde luego, ocurra lo que ocurra en Andalucía, habrá que aprender la lección. Y decir la verdad. Y escucharla. Y actuar en consecuencia.

Como dijo George Orwell«en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario». Quizás ir a votar y hacerlo con responsabilidad también lo sea.

 

 

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