Privilegios masculinos vs. Privilegios patriarcales

Privilegios masculinos vs. Privilegios patriarcales

 

Cuando me miro al espejo y trato de preguntarme a qué privilegios estoy intentando renunciar de forma aparentemente consciente, no sé si me invade primero el ridículo ante una propuesta semejante -ante quien me pueda estar mirando (o leyendo) con una decidida mirada feminista incrédula ante los cambios en la(s) masculinidad(es)-, o la propia sinvergonzonería del género masculino ‘concienciado’ ante el propio privilegio de pensar que tengo la ‘opción’ de renunciar a los privilegios que por nacimiento me han sido irremediablemente concedidos (y no son solo ‘uno’ respecto al género, son múltiples, respecto a la etnia, a la identidad sexual, a la diversidad funcional, a la clase económica, al rango de edad, y un larguísimo etcétera interminable de todos y cada uno de los privilegios que me favorecen ‘de serie’…).

Superada esa primera etapa de frágil autorreconomiento y análisis crítico-reflexivo, de una situación cuanto menos (muy) privilegiada, me da tremendísima pereza tener que explicar de primeras qué privilegios tenemos los hombres respecto al resto de colectivos oprimidos por el patriarcado, así que, voy a intentar saltarme esa “etapa” previa y básica de la deconstrucción masculina (hegemónica y no hegemónica -porque nos toca a todos-), y animo al que todavía no sabe muy bien de que hablamos (y que reacciona de muy mala manera al respecto), a que se tome las necesarias “molestias” para indagar un poco al respecto (eso de preguntar a la feminista de ‘al lado’ por nuestras dudas metafísicas sobre lo que propone el feminismo desde hace como mínimo tres siglos, antes que buscar las respuestas por nosotros mismos, ya como que no toca, se nos ve demasiado el plumero).

No obstante, te voy a dar un pequeño adelanto de lo que te corresponde.
Créeme, si has nacido hombre, blanco, cis-heterosexual y en ese mal llamado primer mundo social, cultural y económicamente hegemónico, perteneces al 1% de la población mundial más privilegiada que pueda existir.
Así, para empezar.

Así que, si después de esta breve aclaración te tenemos todavía que explicar que privilegios (masculinos y patriarcales) tienes, es que, efectivamente ya tienes un grandísimo privilegio (y un grave problema que solucionar al respecto).
Tú mismo.
Busca / búscate cuáles son (tus privilegios).

Primera pista.
“Si los derechos no son de todos/as, no son derechos, son privilegios”.
Y créeme, tienes muchos (privilegios) de los que desentenderte.

Segunda pista.
“El patriarcado oprime a los hombres y asfixia a las mujeres” (Pamela Palenciano dixit).
Por aquello de ubicar cada realidad en su respectiva y concreta ubicación.
Así que, como punto de partida, no tienes muchas razones para explicar por qué te sientes tan oprimido/cabreado/ofuscado/perseguido/cuestionado, a pesar de que veas un reciente anuncio de cuchillas de afeitar de una conocida marca multinacional a nivel global y mundial y te sientas el más ofendido de entre los mortales (masculinos).
Y no.

No me hables de índices de suicidios, trabajos en la minería y accidentes laborales y de tráfico, porque ya estoy hasta el mismísimo moño de escuchar siempre los mismos mantras negacionistas machirulos.
Si no lo puedes hacer mejor, es que directamente, no sabes hacerlo mejor.
Así de claro.
Lo que te propongo es dejar el victimismo del que siempre hemos hecho gala el género masculino y más en los últimos tiempos (a pesar de que seamos los más ‘machotes’ del universo), y pasar a la acción, al cuestionamiento, a la reflexión individual, a la ‘verdad verdadera’ y al abandono de excusas que no llevan a ninguna parte.
A la toma de conciencia colectiva.
Aparentemente, si como aliados del feminismo luchamos contra los privilegios masculinos que nos dan ventaja sobre nuestras compañeras, parece que la lucha está clara.
A priori.

Después descubrimos que, en nuestra mente, en nuestra lucha y en nuestras ‘lecturas feministas de cabecera’ está (supuestamente) el patriarcado; y llegado el momento, no podemos obviar otras ‘patas’ que sostienen la misma mesa (no necesariamente con la misma carga o longitud de las mismas, pero con igual de relativa importancia para quienes sufren la opresión -y si no, que se lo pregunten a ellas-).
Y me refiero al racismo, a la homofobia, a la transfobia, al capacitismo, al adultocentrismo y a un sinfín de numerosas opresiones a las que estamos tan bien “adscritos” (aunque sin saberlo o ser plenamente conscientes de ello, pero de las que nos servimos de mil y una maneras).
Y es entonces, cuando me entran las dudas de si estoy haciendo la labor que se espera de mí, o que yo espero de mi particular concienciación/sensibilización, o si solo estoy acometiendo las luchas que por ‘cercanía’ (comodidad = zona de confort) me pillan más cerca.
No hace ninguna falta aclarar que el factor género (las desigualdades y discriminaciones entre mujeres y hombres) aparentemente están por encima (aunque sea por ‘cantidad’) de otras luchas/discriminaciones totalmente válidas, como pueden ser el factor político/económico (“hombre rico, hombre pobre”), él étnico, y un montón de ellas que, desgraciadamente y con demasiada frecuencia, no nos suelen recordar con la suficiente insistencia que sí se repiten en otras reivindicaciones feministas.

Que el 52% de la población mundial sean mujeres, pesa, es inevitable.
Y más, cuando arrastramos los siglos de patriarcado que arrastramos.
Que, por esa regla de tres, despreciemos, menospreciemos o simplemente pongamos en un rol secundario a otras luchas igualmente legítimas, pues como que, como mínimo invita (o debería invitar) a la reflexión.
Pensar sobre los privilegios masculinos desde un ‘cuerpo masculino’ es complicado (por aquello de ser honesta o sinceramente responsables desde el propio autocuestionamiento individual masculino).
Pensar sobre los privilegios patriarcales desde un montón de parámetros que ni siquiera nos hemos parado ni alcanzamos a entender como deberíamos es cuanto menos… Incomprensible.
Los privilegios se tienen, aunque no se utilicen.
Obvio.
Aunque unos privilegios son evidentes y otros dependerán de la circunstancionalidad (menudo palabro que me acabo de inventar) en la que estemos inmersos.
Pero reflexionemos brevemente sobre la caridad o solidaridad (que diría Eduardo Galeano) respecto a los privilegios adscritos.
Si solo lucho contra lo que me interesa y lo que me toca de cerca, menudo privilegio de mierda (elegir mi lucha y la manera en que la afronto) al que me estoy enfrentando y cuestionando.
Si la renuncia a los privilegios es voluntaria, mesurada y controlada, ¿en qué medida esa renuncia es real, efectiva, eficiente y sin vuelta a atrás?
Recuerdo la frase de Audre Lorde, “no puede haber jerarquías de opresión”.
Si queremos pertenecer a un movimiento antipatriarcal, en el que todos los grupos de deconstrucción masculina que conocemos y que transitamos, son solo de hombres cis heterosexuales adultos blancos y no sé cuántas cosas más…
Pues… Eso mismo.
Algo está fallando.
Me temo que somos un poco ‘selectivos’ en eso de desprendernos o renunciar a los privilegios.
Todavía nos creemos con posibilidad de ‘negociar’ ante la renuncia de unos privilegios vergonzantes de los que solo nos convendría desentendernos sin ningún tipo de contraprestación al respecto.
El que exista ya el término (cuestionado, pero existente al fin y al cabo desde hace bastantes décadas) de ‘nuevas masculinidades’, nos otorga ya un privilegio de antemano, aunque buenas sean las iniciativas, a priori, que nos lleve a querer(nos) “destacar” con sello propio, de la marca del feminismo como movimiento liberador antipatriarcal.
Reconocemos que no queremos restar protagonismo al movimiento “madre” (feminista), pero, sin embargo, reclamamos nuestra marca personal (por muy pequeña, ínfima, y personal, que sea con respecto al movimiento primigenio) para que no acabemos difuminados entre tanta lucha multipersonal e identitaria, que nos lleve a perder nuestra (nueva) verdadera motivación destacado-personal.
Y tal y como se quiere contar, no deja de ser (otro más) de un, unos, privilegios, que sentimos, que no queremos (en última instancia) renunciar…
Y eso, no deja de ser (otro) maldito privilegio.
Otro más.
Que seguimos sin querernos quitar de encima.
Ainssss…
Malditos privilegios masculinos.
O patriarcales.
Quién sabe…

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