Pataleando en el suelo pegajoso: el autorretrato de María Cosway

Pataleando en el suelo pegajoso: el autorretrato de María Cosway

 

Las mujeres somos mayoría en la Universidad, además de ser mayor el número de matriculadas, nuestros expedientes son mejores. Según datos recopilados por la Fundación CYD: «la tasa de idoneidad (porcentaje de titulados en los cuatro cursos que dura un grado) fue en 2017,  del 41,2% para las mujeres frente al 23,7% de los hombres y la tasa de graduación (porcentaje de los que se titulan en cinco cursos, como máximo) era del 55,3% para ellas frente al 37,1% de los hombres».

Pese a los mejores resultados académicos, en el ámbito laboral las mujeres padecemos mayor índice de paro, precariedad, contratos temporales, trabajo a tiempo parcial, ridículas becas, mientras que ellos sufren menos índices de paro, ganan un 10% más, tienen contratos indefinidos y trabajan a jornada completa. Hay más mujeres entre el alumnado que entre docentes, de cada 100 catedráticos solo 20 son mujeres; de 76 rectorías solo ocupan el cargo 11 mujeres. Los mismos porcentajes se aplican al resto de los ámbitos dónde hay una abrumadora presencia masculina pese a la peor formación y preparación.

En el ámbito de los estudios de género se denomina “suelo pegajoso” a las dificultades que tenemos para abandonar, pese a nuestra formación superior, la esfera doméstica y acceder a la pública, y por ende al espacio laboral. La persistencia de estereotipos de género continúa asignando a las mujeres las responsabilidades del cuidado y la limpieza del hogar impidiendo dedicación al ámbito profesional, a la asistencia a reuniones o eventos de empresa necesarias para progresar en la carrera.

Las mujeres nos incorporamos al mercado productivo sin abandonar  las responsabilidades del hogar y, cuando lo hacemos, somos tachadas de disfuncionales, porque la cultura patriarcal nos ha asignado el rol reproductor ni reconocido ni remunerado.

Las mujeres caminamos por un suelo que nos atrae e impide avanzar, que nos mantiene pegadas a tareas que sobrecargan y que nosotras mismas nos hemos de quitar. Es momento de coger la rasqueta y el disolvente y, como otras mujeres hicieron, impedir el sometimiento que nos impide crecer. Hora de muecas y de enfados ante esta discriminación por razón de género. María Cosway lo hizo, a través de su autorretrato realizado en 1878. Con él  no solo se rebeló,  sino que se retrató  a sí misma transmitiendo su estado de ánimo fastidiada, molesta y crispada aguantando el latazo y la cantinela de su marido que al poco de casarse la obligó a dejar de pintar. María en ese momento sintió que un cielo sombrío se cernía sobre su vida, que su libertad había terminado y que esta era su última obra, pero gracias a su tozudez, perseverancia y tenacidad logró cambiar el destino que le habían previsto.

Maria Luisa Caterina Cecilia Hadfield nació en Florencia, Italia, en 1760. Su padre, de origen inglés, y su madre, italiana, montaron una posada en Livorno y el éxito de la misma les llevó a abrir dos más en la zona de la Toscana y enriquecerse rápidamente. Sus negocios eran frecuentados por aristócratas y acaudalados por lo que desde pequeña María frecuentó estos círculos.

Los Hadfields tuvieron ocho hijos, de los cuales cuatro fueron asesinados brutalmente por la niñera que los cuidaba y que fue capturada y condenada a cadena perpetua. Al dramático hecho sobrevivieron María, Richard, George y Charlotte. Aquella circunstancia extrema marcó para siempre la vida de María convirtiéndola en una superviviente luchadora.

Desde pequeña María demostró grandes dotes musicales y artísticas. Estudió dibujo, música e idiomas  bajo la tutela de Violante Cerrotti y Johann Zoffany, se dedicó a copiar a los grandes maestros de la Galería de los Uffizzi y por su esfuerzo y calidad del trabajo, fue elegida para ampliar su formación en la Academia de Bellas Artes de Florencia en 1778.

Siendo adolescente falleció su padre, María sucumbida en la tristeza, manifestó un fuerte deseo de tomar los hábitos pero poco tiempo después desestimó la idea. En 1779, teniendo ella 19 años, y transcurridos tres de la muerte de su padre, su madre decidió que se trasladaban a vivir a Inglaterra, estableciéndose en Londres. Allí  conoció a Angélica Kauffmann, también artista y con cierto reconocimiento entre la sociedad inglesa. Angélica  se convirtió en su mentora y la presentó e introdujo en el círculo intelectual londinense del s. XVIII, consiguiendo que en 1781 expusiera mostrando tres obras. “Rinaldo”, “Creusa apareciendo a Eneas” y “Como la paciencia en un momento sonriendo al dolor”, obras inspiradas en temas mitológicos que en aquellos tiempos únicamente trataban los artistas masculinos, quedando las mujeres relegadas a pintar bodegones, floreros, retratos y todo tipo de artes consideradas “menores”. Por ello, María despertó el desconcierto y la admiración, triunfando con  un género que estaba vedado para las mujeres. Con tan solo 21 años, María una joven italiana había triunfado entre la  exquisita élite cultural londinense.

Poco antes de la exposición Angélica Kauffmann presentó a María al pintor Richard Cosway. En  la Inglaterra del XVIII las posibilidades de la mujer eran tres: prostituta asociada al placer, virtuosa casada o solterona dedicada a la caridad. María optó por la segunda desconociendo que el casamiento la llevaba a convertirse en una única persona representada por el hombre.

Richard Cosway era  miembro de la Royal Academy y famoso por sus retratos en miniatura de la aristocracia de Londres, incluida la familia real. Cosway también era coleccionista y conocedor de pinturas, dibujos, esculturas y arte decorativo de Bartolozzi, y sus deberes como pintor principal del Príncipe de Gales incluían la supervisión de la colección real. Richard era poco agraciado físicamente, tenía 42 años y magníficas relaciones sociales; María con tan solo 21 años, preciosa, chispeante y llena de vida era su polo opuesto pero ambas familias acordaron un matrimonio de conveniencia que, le rejuveneciera y diera un hijo a él e introdujera a ella en la clase acomodada. Ese mismo año se casaron.

Los, a partir de entonces  Cosway, vivían en Schomberg House, en Pall Mall, una magnífica mansión que además de ser un hogar servía de galería para Richard exhibir su colección y organizar tertulias y veladas musicales . Los modales italianos de María irritaban al británico de modo que la mantuvo aislada para que los modificara, le obligó a estudiar inglés hasta dominarlo y le prohibió pintar, pues consideraba esa “afición”o “profesión”impropia de una mujer virtuosa, en tanto en cuando,  él era artista. La intentó moldear para convertirla en anfitriona y exquisito ornato en sus fiestas y Salones de dibujos dónde invitaba a toda la aristocracia londinenses de la época. María se convirtió en la “Diosa del Pall-Mall”, entreteniendo a sus invitados con conciertos y recitales, en una mujer objeto y consorte anulada por su marido, un florero en medio de un frívolo salón que le ahogaba.

Libertino, infiel y aficionado al postureo, Richard Coswall pasaba la mayor parte del día, incluso semanas fuera de casa, ella saltándose las prohibiciones de su marido continuaba con sus bocetos, pinturas y composiciones musicales, , que su marido le negaba a exponer o vender.

Pese a los intentos de él por ser parte activa de la élite británica su carácter afeminado, libertino,  la fama que tenía de “comportarse como un mono”, unido a  su ideología próxima a los ideales de la Revolución Francesa, le condujeron a abandonar la Isla Británica para instalarse en 1786 en París junto a María.

En la capital francesa María se empoderó con los aires revolucionarios. La frescura parisina le llenó los pulmones. Visitó Versalles, el Louvre, Marly, el retiro de Luis XIV, el Palacio Real, San Germain, la Columna en el Dèsrt de Retz y conoció a Thomas Jefferson que fue posteriormente, entre 1801 y 1809, presidente de Estados Unidos y que había quedado viudo cuatro años atrás.

Jefferson quedó prendado de María y, a su salida de París en octubre de 1786 le escribió una carta de amor, fechada el 12 de dicho mes, que forma parte de la vasta colección de su correspondencia, titulada “El diálogo entre mi cabeza y mi corazón” de más de cuatro mil palabras.  Aunque la relación entre ambos no fue romántica ni amorosa lo cierto es que devolvió a María la autoestima,  se volvió a sentir una auténtica mujer y abandonó la idea de servil esposa.

En 1787 pintó un autorretrato en el que revelo su pataleo en el suelo pegajoso al que la habían sometido, su enfado con las prohibiciones de ejercer su profesión y su protesta contra la castración de la mujer por razón de sexo.

María se autorretrató con un espectacular vestido en satén dorado, con corsé y panier que sobresale por los brazos del sillón de terciopelo encarnado  dónde está sentada, Encajes de chantilly rematan cuello y mangas, a la par que volantes y lazos. Sobre los hombros luce un pañuelo rematado con puntilla y festón, y del cuello pende, a modo de collar, una cinta estrecha  de terciopelo negro que parece contener un camafeo o medalla. El abullonamiento de la indumentaria  se complementa con la del cabello, levantado sobre la frente formando un alto tupé y cayendo por debajo, hacia detrás en largos bucles. La pesada peluca está rematada por un gran turbante muy de moda en aquellas fechas. Más que una elegante indumentaria de la época parece un disfraz. Como si la peluca y el turbante hubieran caído del cielo, ella se expresa exasperada. Realmente la obra tiene una doble lectura, una de ellas cómica por la pose de indignación de la artista teniendo que soportar tanto abalorio artificioso. La ridiculez y extravagancia ajena que siente, nos la transmite.

La fastuosidad de las prendas se contrapone con la actitud de la protagonista que, bajo un cielo negro con una tormenta a punto de estallar, se nos presenta joven, solemne, sin ninguna coquetería y frustrada mirándonos seria, enfadada, con los labios fruncidos en señal de disgusto y los brazos cruzados y desprovistos de pinceles, pentagramas o dotes intelectuales. Se nos muestra disgustada ante el marido que no le permite ser una profesional. Una imagen sin proyectos, sin sueños ni entusiasmo, una imagen derrotada al servicio de un esposo machista, déspota y envidioso. Una imagen decidida a decir Basta ya!

Pese a estar casada, Maria Cosway siguió manteniendo correspondencia y relación con Jefferson hasta 1789 habitualmente,  y más esporádicamente desde entonces y hasta la muerte de éste. María quedó embarazada de su hija Luisa Paulina Angélica, pero ya nada le impidió intentar alcanzar sus sueños.  Visitó  el Louvre y copió obras de los grandes maestros, al l entonces afamado pintor francés, J.L. David, le envió un grabado de su pintura alegórica “Las Horas” quien la catalogó de ingeniosa y poética y la introdujo en los círculos artísticos de la capital francesa, recibiendo grandes reconocimientos y encargos.

Aunque la relación entre Richard y María era distante, además de ser conocidas las relaciones extramatrimoniales de éste, la pareja decidió en 1791 regresar a Inglaterra, instalándose en Strattford Place. Aunque con residencia allí, María siguió viajando por todo el continente, cultivando contactos en el mundo del arte. Su hija Luisa Paulina falleció a los 10 años de edad, y la pareja finalmente se separó y el matrimonio fue anulado, siendo ingresado él en varias instituciones a consecuencia de sus trastornos mentales hasta su muerte en 1821.

María realizó muchos retratos por encargo y también fue intermediaria entre personajes de la vida pública y artistas (encargó al artista Francesco de Cossia el primer retrato de Napoleón visto en Inglaterra y  a Trumbull uno de Jefferson  entre otros), también pintó y decoró interiores de iglesias e instituciones y organizaba visitas turísticas para ciudadanos y ciudadanas británicas en Paris.

En 1803, en Lyon, María fundó un colegio para enseñar y formar a niñas. Funcionó hasta 1809. El duque de Lodi, que lo conoció, la invitó a fundar otro en dicha ciudad que se inauguró en 1817  con el nombre de “Collegio delle Grazie” y en el que ejerció viviendo y enseñando hasta su fallecimiento en 1838. En recompensa a su labor a favor de la educación de las niñas, el emperador de Austria Francisco I, en 1834, la nombró baronesa. El colegio sigue en funcionamiento.

En una época dónde había importantes restricciones a la formación de las mujeres María Cosway creó una institución dónde además de buena moral y vida social, las niñas aprendían lengua italiana, caligrafía, aritmética, historia y geografía con la intención de que fueran una aportación para la sociedad.

Han transcurrido más de 200 años desde la reivindicación pictórica de María Cosway  y las mujeres continuamos  siendo  las que  sostenemos  la vida doméstica y el cuidado familiar dedicando, las que trabajamos fuera de casa,  hasta  casi 6 horas diarias más que los hombres a ello; las que no, las 24 horas; las que renunciamos a trabajos o ascensos profesionales.  Nosotras somos las que cocinamos, lavamos, planificamos, hacemos la compra o acompañamos a familiares al centro de salud. Nuestro tiempo circular  se ha convertido en una espiral imposible de llevar, y en los tiempos que corremos sabemos que la gran mayoría de los hombres no están dispuestos a vivir en corresponsabilidad, ni nosotras a renunciar a puestos de trabajo, remuneraciones o seguir trepando para romper el techo de cristal. Nos hemos hartado.

A falta de políticas que nos apoyen las mujeres hemos tenido que buscar soluciones, hemos reaccionado y la única opción posible y eficaz ha resultado ser renunciar a la maternidad o aplazarla. En 2018 el número de hijos está en 1,31 y la media para tener el primero en los 32,1 años. Se trata de las cifras más extremas de la historia y muy por debajo de las europeas. Ello supone una pérdida importante de población y un envejecimiento de la misma.

El suelo pegajoso nos lo quitamos las mujeres de los zapatos si, o si. Con rascador, disolvente o, si es necesario nos descalzamos. Le pese a quien le pese, el feminismo sigue avanzando y a las mujeres ya no nos van a parar.

CATEGORÍAS
Comparte

COMENTARIOS

Wordpress (0)
Disqus ( )