Numerosas manifestaciones de la violencia de género en la historia

Numerosas manifestaciones de la violencia de género en la historia

La violencia de género va más allá de los cauces trágicos de conflictividad en la que pensamos habitualmente a la luz de la casuística más llamativa y escandalosa que nos mantiene alerta constantemente. Sin embargo cuenta y ha contado a lo largo de los tiempos que nos preceden, pensando incluso no más allá del mundo occidental, con otras muchas manifestaciones que han tenido, como la anterior, similares objetivos de control de las mujeres sobre sus propias vidas y limitación, anulación, de la capacidad de decidir de éstas. El mismo término de violencia, no olvidemos, ha sido abordado desde varios puntos de vista, desde la antropología, y desde la filosofía. Para ello cabe retomar los trabajos de Pierre Bourdieu, principalmente. Para afrontar el estudio de la historia, también se suelen adoptar las perspectivas ofrecidas por estas disciplinas académicas en las que la influencia del citado autor ha sido muy relevante.

Así pues, la violencia constituye todo un complejo proceso, concluyente o no, en un determinado acto de criminalidad. Es preferible, por realista, hablar de violencias, en plural, más que de violencia, en singular, si queremos entender el problema histórico en su integridad. Lo trascendente también es que, a lo largo de dicho proceso, se desarrollan otras expresiones y manifestaciones del poder sobre las mujeres, sujeto subordinado a los varones, a la política de las familias, a las reglas morales de la comunidad, en suma al orden patriarcal hegemónico de remotos orígenes, en definitiva, a las estructuras de dominación que legitiman las violencias. En ese sentido hay que tener en cuenta la existencia permanente de una llamada violencia simbólica, invisible, naturalizada, fruto igualmente de las relaciones de poder y que a la postre logra paralelos resultados a otros tipos de violencia, esto es, logra una especie de sacrificio de las mujeres e incapacidad civil. Estamos pensando, trasladándonos a la época moderna, esto es, escojamos por ejemplo el período que abarca entre el siglo XVI y el siglo XVIII, desde la exclusión de las niñas del acceso a la alfabetización y la cultura y a la ordenación de su proyecto de vida una vez alcanzada la mayoría de edad. Los tiempos modernos fueron especialmente interesantes desde el punto de vista de la consolidación del patriarcado. El advenimiento de las monarquías autoritarias, parte de cuya legitimación política y social iba a proyectar la metáfora del padre-rey de la casa y el rey-padre de su reino, penetraría sinuosamente entre las consciencias modelando familias y espacios domésticos a imagen del poder.

En el mismo tiempo, los procesos de confesionalización a lo largo y ancho de la Europa de las reformas subrayaron las relaciones jerárquicas existentes en el seno de las familias desde la doctrina que comúnmente las identificaba como pequeñas iglesias. La construcción político-cultural del patriarcado debe mucho a esta época, testigo de masivas condenas a la hoguera de miles de mujeres que, en todo el viejo continente, vivieron de manera diferente a la propuesta. Y es que las mujeres intentaron eludir tantas prohibiciones y limitaciones en el día a día, en los entresijos de la cotidianeidad. Actualmente, la investigación en historia de las mujeres, que ha llegado a grandes avances, y a partir del análisis de nuevas fuentes, se está centrando en recoger la diversidad de experiencias de las mujeres más allá de lo normativo.

Queda mucho por recorrer en este nuevo camino. Pero sin duda el régimen al que se sometían, mediante un conjunto de estrategias de vida planeadas por la familia, no resultaba fácil de detener. En efecto, para Bourdieu la violencia simbólica naturaliza el sometimiento mediante la práctica de determinadas estrategias. Podemos detenernos a pensar en las estrategias matrimoniales del antiguo régimen o edad moderna. Al respecto nada podía decir ni invocar la joven frente a la familia que las decidía.

Nada, respecto a quienes tenían poder dentro de ésta, o sea los varones -cuando la mortalidad no lo evitaba- que a su vez eran los que controlaban la economía familiar, pues el avance de los derechos de primogenitura y preferencia por la masculinidad así lo determinaba. Las mujeres fueron a menudo objeto de disputa por su matrimonio en el seno de sus familias. Las estrategias y decisiones sobre el matrimonio de las hijas no siempre conseguían el consenso de todos, pues entonces la familia aún constituía un entramado de parientes –heredero de los viejos linajes feudales- muy lejos de la noción nuclear o doméstica que aún tendrá que esperar al siglo XVIII para emerger con fuerza. Y no sólo en lo relativo a la elección del contrayente que más conviniera, dentro de los objetivos de la clase a la que pertenecieran, sino también en lo relativo a la dote a recibir, que desde fines de la edad media había sido revalorizada precisamente como clave del intercambio. La falta de consenso llegaba al extremo de “forzar” al rapto. Raptaban los mismos padres para declinar la propuesta a su favor, raptaban otros varones de la familia en el mismo sentido, raptaban las familias oferentes del o de los contrayentes.

Todo contribuía a evitar que la joven casadera pudiera intervenir en algún aspecto de la estrategia, que pudiera ser escuchada. Estos episodios tuvieron lugar hasta tal punto, -en especial desde los tiempos del renacimiento con la emergencia de las nuevas burguesías que recolocaban el matrimonio y las dotes de las mujeres en el centro de sus aspiraciones de ascenso social-, que en la mayoría de los casos el raptor llevaba a cabo el matrimonio, no sólo por él mismo, sino a favor de su candidato. Como resultado, se desarrolló en toda la Europa moderna un fenómeno conocido como el auge del matrimonio clandestino, una auténtica epidemia, como describían alarmadas las autoridades, una amenaza al control de las familias, sobre sus intereses, sobre sus hijas como reproductoras sociales. Se trata de un fenómeno, el del rapto, que aún debe ser estudiado en profundidad, sobre todo en nuestro ámbito histórico hispánico, pero que nos permite retomar el concepto de violencias de género, el control sobre vidas y cuerpos de las mujeres.

William Hogart, El acuerdo matrimonial, 1743-45 National Gallery, Londres
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