Masculinidades y políticas pùblicas

Masculinidades y políticas pùblicas

Cada día, las toneladas de violencia que recibimos las mujeres resultan insoportables. La violación y asesinato de Laura Luelmo nos ha estremecido y enfurecido. Por las redes sociales circula masivamente el mensaje en estos días de comienzo de año,“ Por un 2019 en el que cada niña y mujer que salga de casa, vuelva SANA Y SALVA”.
Un año más pasó el 25 de noviembre y la agenda se llenó de actos, proclamas, declaración de intenciones y manifestaciones. Los mensajes son muchos y variados pero se perfila con fuerza uno al que es vital poner en primera línea del debate. Se trata de poner en foco en los hombre y, sobre todo, en los mecanismos que construyen las masculinidades violentas y tóxicas, más allá de seguir hablando de las víctimas y de las consecuencias de la violencia en la vida de mujeres y niñas (que también).

Parece que empieza a darse cierto consenso en torno a la idea de que si los hombres no cambian, la igualdad y el fin de la violencia no serán posibles. La batería de recursos, leyes y planes para atender a las mujeres y para protegerlas si bien son absolutamente necesarias, tienen un impacto limitado. La violencia no cesará mientras los que la ejercer dejen de hacerlo, es así de sencillo.
¿Estaríamos entonces de acuerdo que la violencia machista hacia las mujeres dejará de existir en el momento en el que los hombres dejen de ejercerla?. Parece una pregunta sencilla con una respuesta obvia, sin embargo cuando nos vamos al terreno de las políticas públicas no parece que esta idea, tan aparentemente simple y elemental haya guiado el diseño de planes y leyes.

Desde que en los años 80 comienzan en España las Políticas de Igualdad éstas, lógicamente, han tenido un enfoque antidiscriminatorio y se han centrado en apoyar a las mujeres para que promocionásemos socialmente a todos los niveles, para hacer de la igualdad de oportunidades no sólo un principio y un valor, sino una realidad tras años de discriminación legal durante la dictadura franquista. A propósito, lo que ha sucedido es que en estas últimas décadas, las mujeres hemos cambiado mucho mientras que los hombres no tanto y en un sistema relacional como es el de las relaciones de género, si un pieza del sistema mueve ficha, todo el tablero debería verse afectado.
Si aceptamos, por otro lado, que hay también consenso acerca de que la violencia que ejercen los hombres hacia las mujeres está relacionada con la existencia de un sistema, el Patriarcado, que legitima y hace posible esa violencia como estrategia de los hombres (como grupo social) para mantener el poder, parece al menos contradictorio- cuanto menos-, que las políticas de igualdad no se hayan dirigido, hasta la fecha, a tratar de modificar o al menos de influir en el binomio masculinidad y violencia. Es tremendamente sorprendente, por ejemplo, que en el Pacto de Estado contra la violencia de género la palabra “masculinidad” no aparezca una sola vez.
Con contadas excepciones (Gobierno Vasco y Ayuntamiento de Jerez como pioneros) no se han diseñado e implementado medidas que desde las Administraciones Públicas, se dirijan de forma directa y explícita a promover el cambio en los hombres ; aunque es cierto que últimamente empiezan a darse algunas iniciativas como la reciente campaña impulsada por Ayuntamiento de Madrid contra las violencias machistas dirigida a los Hombres o la Iniciativa #Soy 365 (365.cepaim.org) promovida por Fundación Cepaim que cuenta con la cofinanciación del Fondo Social Europeo.

Ahora bien, el debate está servido desde hace tiempo: ¿debemos invertir los escasos recursos que se destinan a las Políticas de Igualdad a desarrollar proyectos para la promoción de masculinidades alternativas y no violentas?. Por un lado, cabe preguntarse ¿por qué no?. Toda política pública debe basarse en diagnósticos y definición de los problemas sociales sobre los que posteriormente se decide intervenir. Si vamos teniendo claro que se hace urgente el cambio en los hombres, pongamos recursos públicos para promover el mismo. Aumentemos las partidas y ampliemos el campo de acción.

Pero pensemos también en lo siguiente: ¿por qué no ubicamos este posible trabajo en torno a la construcción de “nuevas” masculinidades desde el Ministerio de Interior, de Ciencia, de Cultura y Deporte o desde Sanidad?. ¿Es que acaso no construimos modelos de masculinidad y de feminidad desde toda la política pública? , ¿Para cuándo, por ejemplo, una campaña de la DGT que relacione de forma explícita una determinada forma de ejercer la masculinidad con los accidentes de tráfico? (se estima que de los conductores implicados en accidentes mortales en carreteras, los hombres son un 90%).

Y alguien dirá, ¿y qué tiene que ver que los hombres se accidenten más en la carretera con la violación y asesinato de mujeres?. Pues todo. Precisamente se trata de hacer el esfuerzo para que se entienda esta relación y para ello es necesario “problematizar” la masculinidad.
El hecho de que un joven asuma que es más macho y más hombre cuanto más corra en la carretera se ubica en la misma “caja” (the man box) que el acto de no levantarse del sofá para quitar la mesa. Es decir, los riesgos que comporta la masculinidad y los privilegios por ser hombre, van juntos: para tener menor accidentes de tráfico hay que levantarse a quitar la mesa; así de claro. Para que los hombres dejen de estar sobrerepresentados en las estadísticas de accidentes, adicciones y suicidios deben de desprenderse de los privilegios que le otorga el Patriarcado por el hecho de ser hombre. Una cosa va con la otra, una cosa lleva a la otra.
Por tanto, como medida fundamental para la prevención de la violencia hacia las mujeres, deberíamos trabajar en torno a la construcción de otras masculinidades posibles desde cualquier administración o política pública y hacer del “mainstreaming de género” una realidad, es decir, aquello de incorporar una perspectiva de igualdad de género en todos los niveles y fases de todas las políticas.

Hay otro mensaje que circula también por las redes aunque con menos repercusión que el que señalé al principio de este artículo: “Por un 2019 en el que cada niño y hombre que salga de casa, vuelva sin haber agredido a una mujer”. La pregunta que aquí dejo es : ¿qué pueden hacer las políticas públicas para que cada niño y hombre no agreda a una mujer?, en definitiva ¿ qué se puede hacer desde los poderes públicos para apoyar y promover el necesario cambio en los hombres?.

El año 2019 debería ser el año que en el que se coloquen, de una vez, estas cuestiones en la agenda política y además, con carácter urgente o los discursos neomachistas canalizaran la llamada “crisis de la masculinidad” como ya estamos viendo (2/3 de los votantes de “innombrable” partido de ultraderecha son hombres). Comencemos el viaje.

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COMENTARIOS

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    Osvaldo Buscaya 6 meses

    ¿Estaríamos entonces de acuerdo que la violencia machista hacia las mujeres dejará de existir en el momento en el que los hombres dejen de ejercerla? Parece una pregunta sencilla con una respuesta obvia, sin embargo, cuando nos vamos al terreno de las políticas públicas no parece que esta idea, tan aparentemente simple y elemental haya guiado el diseño de planes y leyes, pues el perverso sistema patriarcal solo puede imponerse mediante el sometimiento de las mujeres. Este sometimiento le es avalado de varias maneras: inculcación de los géneros; privación de la enseñanza; prohibir a las mujeres conocer su propia historia; división entre ellas al definir la «respetabilidad» y la «desviación» a partir de sus actividades sexuales; por medio de la represión y la coerción total; por medio de la discriminación en el acceso a los recursos económicos y el poder político; y recompensar con privilegios de clase, a las mujeres que se conforman con lo impuesto por el perverso patriarcado.
    El sentido y la verdad del feminismo (la mujer) es la derrota del varón; perverso irresoluble y ambiguo sexual
    “El feminismo es única y absolutamente la mujer”
    Un travesti no es una mujer
    El discurso de la acción femeninológica, de mi ciencia de lo femenino (Femeninologia), expone al varón frente a aquello que ha silenciado en el pasado; el fundamento agresivo que encubre con su hipócrita moral y ética patriarcal, que se demuestran insostenibles en el presente. El psicoanálisis ha sido en el principio una disciplina en que las mujeres se desarrollaron como investigadoras y teóricas de forma, y manera indiscutible Pero esta expansión al no estar Freud, se frenó por la imposición de un orden patriarcal con conceptos que reproducen ese perverso orden; Es decir, la relación desnaturalizada del psicoanálisis, que pretende el perverso patriarcado con sus normas sociales, aparece así de forma muy clara.
    Por Osvaldo Buscaya (Bya)
    (Psicoanalítico)
    Femeninologia (Ciencia de lo femenino)
    Lo femenino es el camino
    Buenos Aires
    Argentina
    04/01/2019

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