La universidad del siglo XXI, ¿libre de desigualdades?

La universidad del siglo XXI, ¿libre de desigualdades?

 

Un largo camino han tenido que recorrer nuestras antepasadas para que las mujeres podamos recibir la educación que recibimos hoy día. Poco a poco fueron consiguiendo más derechos y más libertades para poder acceder a la formación que ellas decidieran, sin necesidad de ninguna autorización ni de ninguna lucha contra las leyes que se lo prohibieran.

El acceso a la universidad tuvo una especial importancia para que fuese posible un nuevo entendimiento de la mujer alejado del futuro inherente al matrimonio y la maternidad, y un nuevo orden social que se alejara de la supremacía masculina y de la dependencia femenina. En palabras de Consuelo Flecha (2002):

La transformación más significativa en la educación que recibían las mujeres, por los cambios que iba a desencadenar en el modo de percibir la condición femenina a partir de las primeras décadas del siglo XX, se produjo como consecuencia de su acceso a los estudios universitarios. El mundo de aspiraciones personales y de presencias públicas al que hacían posible asomarse, las relaciones de intercambio que permitían establecer, el sentimiento de autoestima que despertaban no sólo en las que los realizaban sino también en aquellas otras que observaban esos nuevos comportamientos, la imagen de mujeres con decisión y con capacidad que creaban de ellas, las posibilidades que ofrecían de un ejercicio profesional cualificado, así como la autonomía personal y económica a que tales circunstancias tenían que llevarlas, les permitió autorizarse a sí mismas para distanciarse de un modo de concebir la identidad femenina que las definía esencialmente desde las características biológicas y, en consecuencia, dependientes de las funciones que se entendían inherentes al matrimonio y a la maternidad.

Atendiendo a estas palabras, el acceso de las mujeres a la universidad les abriría un mundo lleno de posibilidades, y así fue. Es indiscutible cómo las mujeres han conseguido empoderarse y emanciparse pero, también es discutible que la universidad sea un espacio libre de toda la tradición androcéntrica y patriarcal.

Una de las grandes ventajas a las que hace referencia Consuelo Flecha es a las «posibilidades que ofrecían de un ejercicio profesional cualificado», pero ya conocemos los infinitos problemas a los que se tienen que enfrentar las mujeres en el mundo laboral: brecha salarial, precariedad, subempleo o sobrecualificación entre otros. Es decir, las mujeres por fin han salido del ámbito privado para poder independizarse económicamente del marido o de la familia trabajando fuera pero, una vez formadas y cualificadas, no son valoradas ni tratadas como se le haría a un hombre con su misma formación. Así que, las mujeres sí han accedido a trabajos profesionalmente más cualificados pero, en muchos casos, no el que se merecen.

Y esto también ocurre en las universidades. El ámbito universitario se ha feminizado gracias al alumnado, pero no en la promoción académica profesional. Ejemplo de ello está en la diferencia porcentual de mujeres que hacen doctorado, una buena carrera académica y llegan finalmente a ser catedráticas, en comparación con los hombres.

La edad en la que se realizan los doctorados, publicaciones, etc. suele coincidir con la edad en la que las mujeres deciden ser madres o, simplemente, coincide con la emancipación de las mujeres y sobre las que sigue recayendo una mayor parte del trabajo doméstico, lo que le resta tiempo a su trabajo fuera de casa. De nuevo se abre aquí el debate, por un lado, sobre la domesticidad impuesta  y la falta de cooperación y, por otro lado,  sobre el aprovechamiento por parte del patriarcado de la maternidad como freno en las carreras profesionales de las mujeres, contribuyendo a las otras infinitas barreras externas a las que ya tienen que enfrentarse, pues, además, son más las mujeres tituladas pero el porcentaje de ellas que llegan a puestos de poder en la universidad es muy bajo. Como reflejo de todo lo expuesto anteriormente presentaremos a continuación las cifras que presentó la Cadena Ser en marzo de 2018.

Las mujeres representaron en el curso 2016-17 un 55% del alumnado frente al 45% de hombres. Además, las mujeres son las que más créditos aprueban y quienes tienen una mejor nota de expediente. A pesar de ello, los hombres tienen una mejor inserción laboral y menos paro: un 20,5% de ellas frente al 17,2% de ellos. Igualmente, las mujeres se enfrentan a una precariedad laboral evidente. Cobran entorno a un 10% menos que los hombres y el tipo de contrato para el 47,7% de ellos es indefinido, siendo para ellas un 40,1%. Es más común que las mujeres tengan contratos temporales, becas, etc. (las mujeres representan el 38% frente al 27% de hombres) y contratos a tiempo parcial (un 30% para ellas y 16% para ellos).

Esta situación extrapolada al ámbito universitario se expone en un 60% de hombres en puestos de PDI frente a un 40% de mujeres. No podemos olvidar que el alumnado es mayoritariamente femenino y que, como mencionaremos a continuación, hay carreras que en su inmensa mayoría son estudiadas por ellas. Incluso en estas carreras, las profesoras son minoría: en el curso 2016-17 hubo un 48,4% de profesoras en artes y humanidades, un 47% en ciencias de la salud, un 45,7% en ciencias sociales y jurídicas, un 37,5% en ciencias y, sorprendentemente, un 22,9% en ingeniería y arquitectura.

Las mujeres se van encontrando con el techo de cristal a medida en que quieren avanzar en sus carreras. Es abrumador cómo de cada 100 catedráticos solo haya 20 mujeres; de cada 76 rectores, haya 11 rectoras.

Estas cifras son muy significativas ya que, en la docencia no universitaria nos encontramos con que un 71% son profesoras, un 61% de mujeres dirigen centros de primaria y un 93% centros de infantil. Cifras que bajan en la dirección de los centros de educación secundaria hasta un 36,4%. ¿Qué nos pueden decir estos porcentajes? Desde mi perspectiva no es más que el reflejo de la concepción todavía vigente de la dualidad mujer-cuidadora y hombre-razón. No hay más que echar un vistazo a las cifras en centros de infantil y la universidad: de los pequeños se ocupan las mujeres, más pacientes, más cercanas, más acostumbradas a cuidar de los pequeños y enseñarles sus primeros pasos en la vida; sin embargo, del saber de las universidades, más serio, estricto o académico, se reserva para los hombres.

Esta dualidad también queda reflejada en las concepciones estereotipadas de las diferentes carreras y profesiones. Ellas son profesoras, enfermeras, dedicada a las artes, mientras que ellos estudian ingenierías, arquitectura, etc. Es lo que tradicionalmente se ha conocido como «ciencias» y «letras», lo «difícil» que, obviamente, estudian los hombres, más preparados para ello, y lo «fácil», a lo que se dedican las mujeres por su sensibilidad. Esto no es más que la tradición de los estereotipos de género, de lo que se espera del hombre y la mujer.

Si seguimos analizando desigualdades en la universidad, no podemos dejar de resaltar que hasta en el temario actual hay una gran falta de presencia femenina. Es cierto que cada vez se visibiliza más el pasado de las mujeres y sus aportaciones, pero dependerá del profesor o profesora que imparta la asignatura.

Como conclusión de este breve análisis, podemos afirmar que la universidad no se libra de las desigualdades por razones de género, solo que dichas desigualdades ya no se presentan de una forma directa, sino de una forma más sutil. Las discriminaciones basadas en los estereotipos y presentes en las estructuras de las redes de poder se contraponen a la visión de la universidad como un espacio innovador, progresista, igualitario y con igualdad de oportunidades, siendo un espacio en el que el patriarcado todavía sigue estando presente.

 


Bibliografía

Flecha García, C. (2002). La mujer en el sistema educativo español. Las mujeres en la construcción del mundo contemporáneo. Pp. 209-226.

Molina, A. (2018). Mujeres en la universidad: un 60% de tituladas y solo el 14% de las rectoras. Cadena Ser. Recuperado de. http://cadenaser.com/ser/2018/03/02/sociedad/1520005123_473823.html [último acceso: 20 de noviembre de 2018]

Pastor González, I. (2012). Las mujeres en la universidad: ¿de la igualdad de oportunidades a la igualdad efectiva? Mientras tanto. Recuperado de: http://www.mientrastanto.org/boletin-105/ensayo/las-mujeres-en-la-universidad-de-la-igualdad-de-oportunidades-a-la-igualdad-efect [último acceso: 19 de noviembre de 2018]

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