El corporativismo masculino en entredicho

El corporativismo masculino en entredicho

 

Después de haber visto varias veces la campaña publicitaria de la que todo el mundo habla durante esta última semana (algunos en vez de hablar, han decidido directamente ladrar), me viene a la memoria la frase de Audre Lorde que dice aquello de “Las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo”.
Reconozco que pretender que una multinacional capitalista que genera miles de millones de euros (o de dólares) de facturación al año y cuyo cliente potencial es eminentemente masculino en casi su práctica totalidad, sea el estandarte de uno de los grandes desafíos a los que se enfrenta esta sociedad del siglo XXI (la deconstrucción de la masculinidad hegemónica y con ella el patriarcado que la sustenta y la ‘empodera’) puede resultar cuanto menos, un tanto inocente, corto de miras y contradictorio al mismo tiempo.

Pero, como con frecuencia criticamos (y con razón) el alto contenido sexista, desigualitario y discriminatorio del mundo publicitario (sobre todo con respecto a la imagen que proyecta de la mujer), pues por una vez en la vida, (y esperamos que esta vez sí, sirva de precedente para que otras compañías se sumen al carro) vamos a ver que podemos sacar de provecho de todo esto, y sobre todo, qué nuevos elementos podemos incorporar al debate social y al cuestionamiento tan necesario que lleva proponiendo el feminismo desde hace más de tres siglos.

Recordemos también, por aquello de ponernos en antecedentes y actualizar cifras, que este minuto y cuarenta y ocho segundos de cuestionamiento de la masculinidad tóxica ha provocado en menos de 1 semana, casi 22 millones de visualizaciones y un millón de votos “negativos” de hombres encolerizados, más otros casi 400.000 comentarios, la gran mayoría en la misma línea, en el canal de YouTube de la propia marca, números desde luego, poco habituales para campañas publicitarias, sobre todo en el aspecto negativo aparentemente, de la primera y más virulenta reacción en las redes sociales.
Por cierto, antes de seguir, un pequeño matiz pedagógico, porque parece que sigue siendo necesario aclararlo permanentemente. Cuando hablamos de la masculinidad hegemónica no nos estamos refiriendo a “todos los hombres”.

No hace falta rasgarse las vestiduras por una afirmación que el movimiento feminista jamás ha puesto en su boca.
La masculinidad hegemónica no es la única que existe, ni por supuesto se refiere a la totalidad o ni siquiera a la inmensa mayoría de los hombres de este planeta.
Es simplemente, la masculinidad más visible, más dominante y determinante, del sistema en el que estamos inmersos/as (lo llaman patriarcado).
La que ejerce la influencia, el poder y se hace seguir por el resto de masculinidades, que si no se suman al hipotético carro de la dominación masculina, sí permiten al menos, que siga existiendo (a este corporativismo masculino, precisamente, volveremos más tarde), gracias entre otras cosas, al endémico silencio e indiferencia de la que hemos hecho gala los hombres históricamente. Así que, querido hombre, si como hombre te ofende este anuncio, es que efectivamente tienes un (serio) problema.

Esa es la mala noticia. La buena noticia es que tiene arreglo. Si quieres, claro. Si tu no te sientes miembro de esa retahíla de hombres que practican sin pudor una masculinidad violenta, acosadora y denigradora con cualquier otro tipo de colectivos que se diferencian de la masculinidad “tradicional” entonces, no tienes ninguna razón para ofenderte tanto.

Quizás, al contrario, te convendría saber, si quieres, si te apetece y si te atreves, de dónde proviene tu visceral y repentino cabreo.
Y aquí recojo un término que con frecuencia utilizaba Josep-Vicent Marques, allá por los años 80, que explica muchos de los orígenes de esa masculinidad esquizofrénica tan presente a poco que escudriñemos el horizonte a nuestro alrededor.

La inaprehensibilidad masculina.

Inaprehensible o inaprensible es aquello que no se puede coger.
Aquello también que es imposible de comprender, en su segunda acepción. Destino de rey y oficio de esclavo, como él mismo lo denominaba.
La marabunta de hombres ofendidos en su gran mayoría por este anuncio, no son los que ostentan el poder de la masculinidad hegemónica.
En lo alto de la pirámide patriarcal no cabemos todos (los hombres).
Es más que evidente.

Para que la maquinaria patriarcal siga funcionando a las mil maravillas, algunos tenemos que ocupar niveles inferiores de la jerarquía masculina, aunque siempre estaremos por encima de las mujeres y de otros colectivos oprimidos.
Recordemos la famosa frase de Flora Tristán, de “hay alguien todavía más oprimido que el obrero, y es la mujer del obrero” para tratar de entenderlo, un poquito más (y mejor).

La resistencia es tal, que es más fácil, negar, reaccionar y enfadarse (todo muy masculino) antes que reconocer que estamos más cerca de lo que creemos de ese mundo masculino deplorable que nos muestra este anuncio.

Esos hombres que no ostentan el poder de esa masculinidad hegemónica, pero que siguen remando, cual aborregados miembros de unas hipotéticas galeras, y que no hacen nada por cuestionar esa masculinidad superior, a la cual, en su máxima expresión, nunca van a poder acceder, pero que siguen adorando como si fuera el becerro de oro prometido para sus obedientes vidas disciplinarias (o mandatos de género).
Uno de los grandes privilegios que disfrutamos la mitad de la población (masculina), parte de la cual se enfada con esta campaña, es la nula capacidad al autoanálisis o a la reflexión con un mínimo de mirada autocrítica.

La resistencia es tal, que es más fácil, negar, reaccionar y enfadarse (todo muy masculino) antes que reconocer que estamos más cerca de lo que creemos de ese mundo masculino deplorable que nos muestra este anuncio.
Y es verdad, los hombres tenemos no solo un problema (tenemos muchos), sino que del problema que estamos hablando es uno bien grande y grave.
Porque hemos permanecido ajenos a una lucha, la de la igualdad, que hemos creído que no iba con nosotros, que era una lucha que les competía única y exclusivamente a las mujeres, que es la forma más descarada y vergonzosa de reconocer los privilegios (masculinos) que como género seguimos teniendo desde el mismo momento en que hemos nacido.

La mentira (y desfachatez) de la masculinidad, al descubierto.

Cuando los derechos no son de todos/as, no son derechos, son privilegios.
Esta campaña lo que busca atacar también es el hasta ahora intocable orgullo corporativo masculino.
Ese orgullo corporativo masculino que entiende por ejemplo que a una mujer se la pueda piropear/acosar/violentar en la calle, siempre y cuando no vaya de la mano acompañada de otro hombre, porque entonces, automáticamente, esa mujer es respetada porque entendemos que pertenece a otro hombre, ese hombre que pertenece a nuestro mismo club de privilegiados, al que no se le puede ofender ni quitar su bien o posesión más preciada.
Ese orgullo corporativo masculino que sigue normalizando que se puedan compartir (por poner otro ejemplo lo suficientemente habitual) imágenes, videos, chistes y/o memes vejatorios, machistas y sexistas, en grupos, en los que incluso puede que haya mujeres, porque en el fondo entendemos, que “ellas” no tienen entidad por sí solas, para cuestionar nuestro poder sobre el ámbito y los espacios públicos.
Esa obsesión incuestionable de los hombres por ser los más hombres.
Lo que nos impone la masculinidad no es ser fuerte, es ser el más fuerte, que también nos decía Vicent Marques. Ser varón es importante, pero obliga a ser importante. Y añadía, “si solo ser varón es importante, solo se puede adquirir importancia tratando con otros varones”.
Y ahí es donde cobra especial importancia el “colectivo masculino”, que cuestiona, señala y denuncia esta campaña publicitaria (para mí, el mejor mensaje o acierto de la misma).

La fratía o hermandad masculina.

El corporativismo masculino entendido como el espacio donde los hombres no solo se curten como hombres, sino el espacio seguro o zona de confort donde obtienen ese apoyo unánime y decidido de sus compañeros de género frente a posibles cuestionamientos (externos).
Esa perversa homosocialidad, entendida como la pertenencia a un club privilegiado en donde por la posesión de un carnet que, en propiedad, nos asegura una posición privilegiada dentro de la ubicación especial que este mapa social de este sistema nos tiene reservada.
Esa imagen de hombres en fila en la barbacoa de turno, repitiendo al unísono y cual borregos el mantra (masculino) de turno. Hace pocos siglos pensábamos no solo que la tierra era plana, sino que todos los astros y planetas giraban alrededor ‘nuestra’. El universo entero a nuestros pies. Mujeres incluidas.

Hoy, por fin, esa teoría planetoide-androcentrista ya no se mantiene.
Se nos está acabando el chiringuito y todavía tenemos la poca vergüenza de seguir resistiéndonos como gato panza arriba, cuestionando lo que ya no se mantiene ni se explica por ningún lado, por muy demencial que sean nuestras ridículas explicaciones justificatorias.
¿Hasta cuándo seremos capaces de seguir negando lo innegable y de resistir(nos) frente a lo incuestionable?

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