Aprendizajes desde una posición vivida masculina

Aprendizajes desde una posición vivida masculina

Estas notas se refieren al capítulo 5 de Big Little Lies, concretamente a la escena de la “cena familiar”. Es una serie de 2017, abiertamente feminista, con Nicole Kidman como una de las protagonistas, que narra el encuentro de un grupo de mujeres y la sororidad que subyace entre ellas. El objeto del análisis son dos minutos en la vida de una mujer, un hombre y dos niños en pleno desarrollo cognitivo. Es una escena aparentemente sin violencia, sin grandes muestras de machismo explícito y a la vez muy significativa de lo que nos constituye como que hombres en esta sociedad patriarcal.

Sólo analizando la socialización masculina podemos dar cuenta de cuáles son los aprendizajes que derivan de ella. La socialización como el lugar donde aprendemos a relacionarnos con nuestro grupo de pares y con el otro dialéctico, a relacionarnos con el mundo desde una experiencia marcada por una posición, en nuestro caso, masculina. Es allí donde vivenciamos y disfrutamos primeramente los privilegios masculinos y donde comenzamos a sentirlos como derechos. Donde a través de identificaciones y desidentificaciones vamos conformándonos como sujetos sexuados. Cómo se vive el mundo desde esa posición, qué normalizamos (qué damos por hecho), cómo nos diferenciamos de las mujeres y qué incorporamos como dispositivos para ejercer el control y el dominio sobre ellas consiguiendo así mantener nuestra posición intacta. Al fin y al cabo es examinar cómo se fragua una subjetividad dominante frente a las mujeres.

Empieza la escena, los niños están jugando en la mesa con sus coches, lo que promueve que aprendan que conducir (en todos sus sentidos) es cosa de hombres. A continuación, la madre les manda que dejen de jugar y se pongan a comer, a lo que los niños hacen caso omiso del deseo de la madre, es sólo cuando el padre les dice que coman que éstos asumen la orden, dejan de jugar y empiezan a comer. Es un buen ejemplo de cómo los niños aprendemos que la autoridad la tenemos los hombres y que las mujeres no tienen poder sobre nuestras decisiones, aprendemos que podemos hacer lo que queramos sin importar sus deseos, los límites de “lo posible” los ponemos nosotros. Es el privilegio que define lo viable, lo permitido.

De seguido, los niños preguntan por la adolescencia, a lo que Nicole Kidman contesta pero queda tapada por la respuesta del padre, quien eructa y hace alusión a que los adolescentes le temen cuando pone su “voz especial”. Los aprendizajes en los que deriva son, por un lado, que los hombres podemos poner la norma (no jugar en la mesa) y acto seguido transgredirla. Y por otro, que esa transgresión pasa por lo que en cada momento nos apetece o decidimos, y que si trata de algo que molesta a las mujeres es doblemente divertido y satisfactorio. Es decir, los hombres podemos romper las normas siempre que se nos antoje aun siendo contradictorios. Ni la sociedad (normas sociales), ni las mujeres tienen autoridad sobre nosotros, la referencia de lo que está bien o está mal es precisamente lo que hacemos y lo que no hacemos, somos los únicos jueces de nuestros actos. Una ética del yo orientada a cumplir nuestros deseos y apetencias, un ejercicio de poder mediante el que establecemos los márgenes de lo justo con nuestros hacer, una bara de medir la realidad que tiene como referencia al “mí mismo” y que por tanto no se acerca a la realidad sino que se mantiene en una fantasía egocentrada, puramente ideativa.

Lo que muestra el padre con esa “voz especial” es que los hombres tenemos dos caras y una de ellas puede dar miedo. Miedo que puede sernos de gran utilidad para conseguir lo que queremos si no lo hemos conseguido por otros medios. Aprendemos así que tenemos la legitimidad de mostrar una parte monstruosa sin que dejemos de ser nosotros mismos. Nos damos el permiso a ejercer la violencia de manera eventual, en parte porque sabemos que no se nos va calificar como violentos. Por supuesto hay muchas formas de violencia y alzar el tono de voz (salida de la boca de un hombre) tiene unas implicaciones simbólicas ligadas al miedo, que se traducen en unos beneficios prácticos, obtener la razón o conseguir que se haga nuestra voluntad.

El colmo es el final de la escena, donde después de perseguir y disparar a la madre por todo el salón, el padre le dice que va a salvarla y la abraza, para en realidad sujetarla y que puedan dispararle a gusto.

Aprendemos que la violencia es divertida y no hay mal en hacer daño, que violentar a las mujeres, ejercer violencia sobre ellas no sólo es lícito sino que puede ser objeto de diversión, disfrute y placer. Otra cosa que aprendemos, cuando los niños salen de su cuarto con las metralletas disparando al padre y éste les hace un gesto a escondidas señalando a Nicole Kidman, es que el poder masculino se sustenta sobre la complicidad, al margen de otras condiciones o intersecciones como pueda ser en este caso la intergeneracionalidad. Aprendemos también a tener nuestro espacio de comunicación secreto al margen de las mujeres, a esconder cosas que sólo con hombres podemos compartir.

El colmo es el final de la escena, donde después de perseguir y disparar a la madre por todo el salón, el padre le dice que va a salvarla y la abraza, para en realidad sujetarla y que puedan dispararle a gusto. Aprendemos en situaciones como esa que mentir y engañar a las mujeres está bien, especialmente si es para conseguir lo que nosotros queremos y/o reforzar la fraternidad (construida por oposición y con base en la opresión del otro, diferente y desigual, las mujeres).

Es urgente que los hombres nos pongamos manos a la obra, que nos analicemos con perspectiva de género, que incorporemos la autocrítica como hombres y que llevemos a cabo un proceso de transformación de nuestro deseo, de la manera en que leemos a las mujeres y nos relacionamos con ellas. Es prioritario pensar sobre los anclajes de la masculinidad, las dificultades y las resistencias internas emergentes ante cambio que nos toca.

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