El útero de los huevos de oro. Una distopía

El útero de los huevos de oro. Una distopía

¿Qué habría ocurrido si la «gestación subrogada» hubiese surgido de la iniciativa de un grupo de mujeres? ¿Lo pensaste alguna vez?

Imagina un grupo de mujeres dispuestas a alquilar sus úteros y vender a sus criaturas aprovechando ese enorme nicho de mercado que supone la infertilidad en los países desarrollados. Un grupo de mujeres emprendedoras y decididas a hacerse ricas a base de solucionar la papeleta a tanta gente dispuesta a pagar lo que sea por hacer realidad su deseo sin necesidad de meterse en aquellos líos de robo de bebés. Porque, claro está, la codicia por el bebé recién nacido ha existido desde siempre, y desde siempre estuvo en el origen de múltiples abusos y delitos, así que tampoco sería de extrañar que las primeras en percatarse de que ahí había un negociazo fueran las propias mujeres.

¡Menudo filón! –exclamaron frotándose las manos. Y perfilaron enseguida las líneas maestras del negocio. «Hagamos como los países de la OPEP con el petróleo: creemos una organización internacional de mujeres y fijemos la producción, la distribución y el precio de nuestras criaturas. ¡Van a pagar lo que nosotras digamos!»

Pues dicho y hecho, se organizaron.

Como necesitaban que el negocio fuera legal, presentaron propuestas legislativas ante las instituciones democráticas –y no tan democráticas– de sus respectivos países con el fin de regular la compraventa de sus propias criaturas. A medida que lo iban consiguiendo aquí y allá y pusieron en marcha la industria, les iba entrando un chorro de dinero y se colocaron en pocos años a la altura de otras industrias potentísimas, como la armamentística, la farmacéutica y, si me apuran, el narcotráfico. ¡Se estaban haciendo de oro! Y lo que es más, podían comprar voluntades.

En algunos países no fue tan fácil, ya que se dieron de bruces con colectivos abiertamente opuestos a la legalización. Pero estas mujeres emprendedoras y aguerridas –convertidas ya en un lobby económico muy poderoso– supieron simultanear hábilmente la acción política y la propagandística. No ahorraron en medios para untar a las directivas de las principales cadenas de televisión y compraron espacios de máxima audiencia para ir limando las reticencias de esa parte de la sociedad que todavía se dejaba influenciar por principios recalcitrantes, siempre negados al progreso y anclados en un pasado en el que se defendían paparruchas del tipo «derechos humanos» y antiguallas de esas. Y también invirtieron sumas enormes de dinero en propaganda: anuncios en internet, pasquines, carteles, paneles publicitarios…, y cubrieron fachadas enteras de edificios en las calles más transitadas de las grandes ciudades. Eran muy bonitos, los había hasta luminosos y con lemas del tipo «Nosotras parimos, nosotras decidimos vender lo que parimos» o «De mi útero a tu casa sin necesidad de intermediarios».

Colorín, colorado, esta distopía se ha acabado. Todo el mundo sabe que no fue así.

En realidad, si a las mujeres se les hubiera ocurrido la idea de vender a sus criaturas recién nacidas, no recibirían otra cosa que una inmensa y generalizada repulsa social y hasta puede que fueran lapidadas en algunos países, porque, en palabras de Silvia Federici, «la mujer que pide dinero por la reproducción es la más mala, es la sirvienta del demonio».

Este fue desde su inicio un negocio de hombres. De emprendedores, vaya. Ellos sí tuvieron las manos libres para crear un emporio muy lucrativo con la compraventa de bebés recién nacidos. Sólo que…, bueno, necesitaban mujeres que los trajeran al mundo, porque, claro, los hombres no pueden, y como las mujeres desarrollan un natural apego por esas criaturas que crecen en sus vientres, convencieron a quien quisiera oírles que esas mujeres no eran madres, que eran solamente «gestantes» de bebés ajenos. Gestante rasa y punto. ¿Por qué? Porque los compradores ponen dos células, dos, propias o también compradas, y eso ya es suficiente para decir que la mujer que involucra todo su cuerpo y su psique en la gestación durante nueve meses no es la madre. Ah, bueno.

Y así, reducen a la gestante –aun siendo imprescindible– a ser el peón peor pagado de la cadena o incluso le exigen que sea altruista, cosa que cuadra muy bien para hacer propaganda del negocio por diversos motivos: primero, porque la mujer, según los preceptos patriarcales que todo el mundo conoce, debe ser abnegada y entregada (y las madres todavía más); segundo, porque el altruismo de las gestantes viene de perlas para abaratar el producto, cosa que fomenta el consumo; y tercero, porque el dichoso altruismo tranquiliza la conciencia, sobre todo de quien compra un ser humano.

Pero no sólo eso. Diseñaron para las mujeres que decidiesen ser gestantes todo tipo de filtros, exámenes, análisis y evaluaciones que dieran satisfacción a rigurosos criterios impuestos por los compradores. Lo que viene siendo: «las que no cumpláis nuestros criterios o no os adaptéis al precio que queramos pagaros, podéis meteros eso de “mi cuerpo, mi decisión” por donde os quepa». La inmensa mayoría de ellas serán descartadas y sólo una de cada diez será aceptada. A partir de ahí, deberá firmar un contrato renunciando a derechos fundamentales tales como el control sobre su propio cuerpo y la filiación y custodia de las criaturas que traerá al mundo. Nada, bagatelas.

Pero por mucho que esos señores emprendedores nos usurpen los lemas de la lucha por nuestra emancipación y por nuestros derechos y pretendan que nos traguemos que hay montones de mujeres dispuestas a gestar, parir y entregar a sus bebés –no sólo a su hermana o a su mejor amiga, sino a cualquiera que pase por ahí y necesite su «ayuda»–, lo cierto es que la inmensa mayoría de las mujeres que se prestan a ello lo hacen por necesidad económica más o menos declarada, más o menos encubierta, más o menos acuciante, y ninguna de ellas renuncia al pago de dinero en la modalidad comercial ni a las migajas de la compensación por gastos en la modalidad altruista.

Y lo más curioso de todo es que quienes se lucran de esta distopía y quienes mercantilizan nuestra capacidad reproductiva y compran bebés exigen respeto. Un respeto que jamás se nos habría otorgado a las mujeres de haber sido nosotras las que pergeñáramos ese infame negocio y obtuviéramos beneficios millonarios de la venta de nuestras propias criaturas, seres humanos recién nacidos, vulnerables e indefensos.

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