Micromachismo artístico y pintura de género

Micromachismo artístico y pintura de género

 

El debate en torno al género y la igualdad, es un debate insaciable en el que ahondando nos encontramos con miles de micromachismos que tenemos interiorizados y aceptados, uno de ellos la denominación de “Pintura de Género”.
Para Pilar Blanco Prieto, médica y docente, género es un término específico en ciencias sociales que alude al “conjunto de características diferenciadas que cada sociedad asigna a hombres y mujeres”. Según la OMS son “roles socialmente construidos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres”. Resulta pues curioso que en pleno siglo XXI, siga considerándose pintura de género a obras artísticas, especialmente pictóricas de menor valía, paradójicamente por ser sus creadoras iniciales las mujeres. Otro sexismo en el lenguaje y la clasificación misógina.

Hasta el siglo XVIII los artistas fueron considerados artesanos, aunque es cierto que en el Renacimiento, con el humanismo y el cambio de mentalidad, empezaron a despuntar nombres de grandes artistas. El concepto de artista como genio individual, creador y partícipe del mercado del arte, no surge hasta el romanticismo. Así pues, y hasta ese momento, los artistas se veían obligados a formar parte de asociaciones gremiales dónde sus nombres permanecían anónimos bajo en nombre del “Maestro”. Se trataba de talleres familiares en los que, además de colaborar aprendices y ayudantes, también lo hacían hijas y esposas. Dichas asociaciones trabajaban por encargos que dictaban el tema, formato, figuras, técnica o pigmentos, quedando repartidos estos menesteres entre quienes formaban parte de la asociación gremial.

A finales del siglo XVII y principios del XVIII surgieron las primeras academias oficiales de arte, terminando con los talleres de arte y proyectando la profesión como actividad intelectual. En las Academias, además de técnica, aprendían anatomía y dibujo anatómico, así pues y considerando que el desnudo no era un campo apropiado para las mujeres y que el modelo masculino podía sentirse “apurado” ante la mirada de las féminas, las mujeres quedaron excluidas y no pudieron formarse en ellas.

A mediados del siglo XIX se crearon algunas academias privadas dónde las mujeres podían aprender a pintar partes del cuerpo humano, rostros, pies, manos y cuyo coste era superior para ellas que para ellos de modo que únicamente podían acudir mujeres de familias acaudaladas. A finales del siglo XIX, consiguieron ser admitidas habiendo perdido la oportunidad de que nombres de mujeres pudieran estar entre los grandes del renacimiento, barroco, realismo, romanticismo, impresionismo y vanguardias entre otros.

Desde la Edad Media y hasta nuestros días, los grandes encargos, concursos, mecenazgos, premios y becas han sido otorgados por instituciones religiosas o civiles, especialmente monárquicas y aristocráticas, y los temas solicitados relacionados con la historia cristiana, antigua, mitológica o acontecimientos del momento vivido. Obras que, de forma narrativa o alegórica, representaban acontecimientos y que contenían un mensaje moral o intelectual.
La pintura de historia se ha considerado tradicionalmente El grand genre, el género más importante tanto por su gran formato como por su contenido. Dioses, héroes, soldados, plañideras, ganadores, vencidos, grotescos, bellos, ninfas, brujas, mártires, mendigos, personas, imposibles de representar en actitudes hieráticas o en movimiento sin conocer su anatomía, vestida o desnuda, pero en acción, en movimiento. Por ello este ámbito artístico fue exclusivo de los artistas masculinos y son sus nombres los que aparecen como los de Grandes Maestros.

Enmarcados en colosales arquitecturas o paisajes, en las obras, se disponen personajes principales en medio de otros secundarios que se confunden en la multitud. Los accesorios y las vestimentas tienen una importancia secundaria, lo relevante es el personaje en particular y el acontecimiento en general y cuya inspiración puede ser un tema literario, religioso, mitológico, simbólico o alegórico en cuyo epicentro está la representación humana.

Excluida del ámbito público y de la oportunidad de formarse, las mujeres pintoras a lo largo de la historia han tenido que conformarse con pintar obras en las que la figura humana estaba ausente o, si lo estaba, con indumentaria y engalanada que enmascarase su desconocimiento de anatomía. Las mujeres artistas han tenido que representar lo que formaba parte del espacio permitido, del doméstico y cercano y pintado paisajes, flores, bodegones, espacios vacios, escenas de la vida cotidiana y, en el mejor de los casos, retratos. Todo este tipo de obras forman parte de lo que conocemos petit genre o “Pintura de género” y en el que estaba ausente la intelectualidad y presente la cotidianidad.
Pese a su genialidad, técnica y minuciosidad el arte realizado por las mujeres se cataloga como pequeño, de segunda categoría. Las miniaturas de Levina Teetlinc o de Marie Anne Gérard Fragonard; los paisajes de Gertrude Eleanor Spurr, Lucy Bacon o Camile Flers; las escenas cotidianas de Eva Fredrika Bonnier, Laura Alma-Tadema o Berthe Morisot; los retratos de Anna Bilinska, Eva Gonzalès. Procesa Sarmiento, Ann Hall o Maria Cosway; los bodegones de Claude Raguet, Adela Ginés o Anne Vallayer-Coster; las flores de Mary Hiester, Ellen Robbins, Clara Wheatley, Maria Caffi o Mary Ann Duffield; los insectos de Maria Sibylla o las frutas de Deborah Griscom (entre muchas), no son consideradas obras maestras ni tan siquiera grandes obras porque fueron realizadas por mujeres.

Caravaggio, Rubens, Rembrandt, El Bosco, Miguel Ángel, Velázquez, Goya, entre otros, pintaron bodegones, paisajes, retratos y todo tipo de obras que, pese a pertenecer al “género pequeño”, ejecutándolas ellos fueron grandes obras, puesto que solo ellos tuvieron acceso a la pintura de historia, a la historia que pintaron ellos.
Lo frecuente, habitual y real, continua siendo cosa de mujeres y en ámbitos académicos su género un peldaño debajo de la jerarquía.

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