La Venus del espejo nos sigue interpelando

La Venus del espejo nos sigue interpelando

La Venus del espejo me conmueve profundamente. Otras muchas obras de arte también lo hacen, aunque no todas por igual, claro. Diré que casi todos los cuadros de Velázquez lo consiguen de modo especial. Soy una rendida admiradora. Tanto me impresiona su obra que, cuando voy al Prado, la dejo para el final porque, si miro sus cuadros al principio, corro el riesgo de que todo lo demás me parezca “arte menor”.

Y este, La Venus del espejo (que nos fue robado y por eso no está en el Prado si no en la National Gallery de Londres) me impacta sobremanera. Tanto, que no puedo mirarlo como si mirara algo hermoso sin más, como miro otras muchas hermosuras.

Es uno de los cuadros que más me impactan. Me arrebata, me saca de mis casillas.

Lo elegí como portada para Mujer, amor y sexo en el cine español de los 90 (publicado en 1996). Pero, como puede parecer extraño elegir para cubierta de un libro de cine un cuadro pintado casi tres siglos antes del invento del cinematógrafo, escribí un a modo de prólogo explicando la relación (y el abismo) que existe entre esta Venus de Velázquez y la representación que de las mujeres se hacía en el corpus de películas que analicé.

Traigo aquí aquel texto casi tal cual porque sigo pensando lo mismo y porque, desgraciadamente, la mostración de las mujeres sigue teniendo las mismas características, incluso más descarnadas (aunque, para nuestra desgracia, sin la genialidad y la belleza del cuadro de Velázquez). Decía:

La Venus del espejo no admite una contemplación frívola e insustancial. La hermosura del cuerpo y la belleza de la representación inducen un malestar fascinado (al menos a aquellas personas que tenemos sensibilidad feminista). El cuadro hurga en una angustia esencial que hay en nosotras, las mujeres: ¿qué mirada nos define y con qué objetivo? ¿qué somos para esa mirada? (qué somos y no quiénes somos, that’s the question…).

No es la única vez en la que Velázquez destruye la sustancia aparente de lo representado mediante una feroz, deslumbrante -y, si es preciso, impía- representación. Es, por el contrario, una característica esencial de su pintura. Pensemos en su Esopo. O pensemos en Marte: ¿cuáles son las magnificencias de ese “Dios de la Guerra”? Contemplando el cuadro nos preguntamos: ¿quién es en verdad? En teoría, según el título, un dios. Pero ¿lo es? No. Es un soldado alcoholizado, de ojillos torpes, mente obtusa y cuerpo atlético ya en el umbral de su decadencia. ¿En qué queda la prepotencia y la vanagloria guerrera frente a la mirada de Don Sebastián de Morra, el bufón deforme? En ambos cuadros, el pintor, al dinamitar las apariencias, nos deja frente a la verdad escueta, a la par que tremendamente compleja, de lo humano. Y frente a la España de su época (eso, además).

En La Venus del espejo nos sobrecoge la evidencia de que la mujer no tiene entidad como sujeto. Nos desazona profundamente el contraste brutal entre la representación exaltada del hermosísimo cuerpo y el bosquejo informe de la cara. Esa representación define y limita a la «Diosa del Amor» en función del placer contemplativo del otro.

Es aterrador comprobar cómo una forma tan bella -instantáneamente identificada como humana- no tiene rostro. Peor: que lo que parece el reflejo de su rostro es una burda y algodonosa masa sin interés. Una contradicción tan repulsiva nos obliga -como condición sine qua non para el disfrute estético- a «borrar» de nuestra retina lo que el espejo muestra. ¿Es posible conseguirlo? Sí, para el que pueda evacuar la angustia y constriña lo femenino a lo puramente formal. Sí, si el hombre, sujeto de la contemplación, satisface su deseo erótico disociando su objeto de todo lo que implica ser persona. Pero, a nosotras, el cuadro nos manda un mensaje violento pues nos coloca en “nuestro sitio”: ser para otros.

Varios siglos más tarde ¿conforma aún esa mezcla de fetichismo y sadismo el horizonte erótico de los sueños viriles?

Viendo cómo representan la mayoría de las películas actuales a las mujeres, yo diría que no ha variado mucho el escenario mental de la representación.

Sólo que ¡hay! sin Velázquez. Muy, muy lejos de Velázquez, en la mediocridad.

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