Ejercicio de reducción al absurdo

Ejercicio de reducción al absurdo

 

Reducción al absurdo: necesidad de partir desde un supuesto hipotético contrario al que se pretende demostrar.

Supongamos que realmente estoy equivocada. El abolicionismo es un punto de partida erróneo. Los términos en los que se establece y fundamenta constituyen una creencia absurda adoptada desde una perspectiva de superioridad moral. Desde mis prejuicios entiendo que está mal aceptar que la prostitución es trabajo sexual, es decir, un trabajo como cualquier otro, cuya regulación es necesaria para proporcionar derechos a las mujeres que los demandan. Que incluso las mujeres que lo ejercen libre y voluntariamente, en realidad son víctimas y necesitan ayuda para abandonar la situación de explotación sexual a la que son sometidas. Sin embargo, estoy profundamente equivocada, pues estoy rechazando su autonomía y su capacidad para decidir libremente.

En definitiva, son mis prejuicios morales, mi puritanismo, mis lecturas feministas las que me han conducido al error de asumir una falsa superioridad moral que me hace considerar la prostitución, únicamente, como explotación de las mujeres en un sistema patriarcal.

Asumiré, por lo tanto, una posición regulacionista o “pro-derechos” que deberá conducirme, al mismo tiempo, a defender posiciones contrarias que demostrarán que este supuesto inicial es absurdo, buscando en realidad contradicciones que demuestren que el feminismo solo puede y debe ser abolicionista.

El “feminismo regulacionista” defiende, entre otros, algunos argumentos que si son analizados desde un punto de vista lógico entrañan su propia negación. El primero es que el trabajo sexual es trabajo, el segundo es que las mujeres que deciden dedicarse profesionalmente a la prostitución son realmente libres para hacerlo y, en tercer lugar, se proyecta como la única alternativa que puede garantizar sus derechos a las trabajadoras y trabajadores sexuales.

Primera contradicción. Sobre el trabajo sexual:

El feminismo debe reconocer el trabajo sexual como trabajo.

La regulación del trabajo sexual es imprescindible para apoyar a todas las mujeres, la industria del sexo debe ofrecer condiciones dignas a sus empleados y empleadas. Desde esta posición es un hecho innegable que la prostitución ha existido, existe y existirá. Se trata de una constatación empírica, la historia muestra la prostitución como el oficio más antiguo del mundo. Sin embargo, al mismo tiempo, la idea queda disociada del contexto histórico patriarcal en el que siempre se ha encarnado.

El feminismo no puede considerar el trabajo sexual como trabajo.

El trabajo sexual es trabajo porque es considerado como una posibilidad de realización para la mujer, dejando al margen consideraciones morales sobre su normalización. Así la prostitución forma parte del imaginario entorno al mito de lo “eterno femenino”, como una característica propia de su naturaleza, la mujer como objeto que permite la satisfacción de los deseos masculinos. En palabras de Simone de Beauvoir, la mujer es considerada como “lo Otro”, como el sujeto pasivo de la historia que puede comprarse y venderse. Esta transacción económica de la mujer considerada como objeto de compra-venta, puede realizarse a través del matrimonio o de la prostitución. La consecuencia regulacionista es clara: si la mujer puede ser esposa o prostituta, reconozcamos los derechos de todas, de una forma u otra, “todas cobran”. Esta posición implica que vender el cuerpo, forma parte de la esencia de la mujer y esto es, precisamente lo que entra en contradicción con el feminismo.

Segunda contradicción. Sobre la autonomía, libertad y capacidad de decisión:

El feminismo debe respetar y apoyar las decisiones tomadas por las mujeres.

El feminismo debe defender la libertad de todas las mujeres y, por supuesto, a aquellas que deciden ser putas. Algunas mujeres han encontrado en este trabajo una posibilidad de desarrollarse profesionalmente, son mujeres autónomas que reivindican derechos, con independencia de las circunstancias que les han conducido a esta situación. De acuerdo con este argumento, también debería respetar la decisión de aquellas mujeres que deciden alquilar su vientre, ya sea para mejorar sus circunstancias económicas que pueden ser precarias, ya sea por el sentimiento altruista de satisfacer el deseo de ser padres que puedan tener otras personas. Esta misma razón permite justificar que las mujeres libremente decidan someterse a los deseos de sus maridos, a considerar que las mujeres deben recluirse al ámbito doméstico y que no deban trabajar fuera de casa. Incluso la decisión de practicar la ablación a sí mismas o a sus hijas es una decisión libre que, por lo tanto, debe ser justificada con independencia de las circunstancias. Paradójicamente, podríamos también afirmar que somos libres para rendirnos y convertimos en esclavas.

El feminismo no puede justificar todas las decisiones tomadas por las mujeres.

Sin embargo, sería absurdo interpretarlo como un acto de libertad, más bien al contrario, son las circunstancias las que obligan a aceptar la esclavitud. En un maco regulacionista, la necesidad y la coacción quedan enmascaradas bajo una falsa apariencia de libertad. El feminismo no puede asumir esta postura porque, de hecho, supone la negación de ciertas ideas y creencias que han formado parte de un sistema de pensamiento propio del patriarcado. Ilustradas como Olimpe de Gouges o Mary Wollstonecraft se enfrentaron a ese ideario que no solo sostenían hombres sino también mujeres. La contradicción radica en que el feminismo no puede respetar todas las opiniones ni todas las decisiones que hayan sido tomadas por las mujeres por el mero hecho de que puedan ser figuradamente consideradas como sujetos libres con autonomía. Es necesario indagar en las causas que han conducido a la aceptación de una situación.

Tercera contradicción. Sobre posiciones pro-derechos:

Solo el regulacionismo reconoce los derechos de todas las mujeres.

La regulación del trabajo sexual es la única alternativa que garantiza sus derechos a las trabajadoras del sexo. Si determinados intereses o circunstancias llevan a una mujer a desempeñar este trabajo debemos, más allá de nuestros posibles prejuicios, considerar sus derechos y reconocer la dignidad de su profesión. Este reconocimiento solo es posible desde un marco regulacionista que normaliza la prostitución para dignificar y empoderar a las trabajadoras sexuales. Sin embargo, bastaría con el caso de una sola mujer -y es evidente que son muchas más- obligada a ejercer la prostitución en estas condiciones para comprender que esta normalización no es aceptable. La regulación de la prostitución comporta exigencias y obligaciones laborales que serían muy discutibles.

El regulacionismo no reconoce realmente los derechos de las mujeres.

Cualquier mujer podría sentirse obligada a aceptar un trabajo de prostituta debido a una situación de precariedad. El feminismo se presenta como una filosofía de la sospecha que somete a crítica las estructuras patriarcales y la prostitución forma parte de estas estructuras. Reconocer los derechos de las mujeres es, desde un punto de vista feminista, proporcionar herramientas que permitan la emancipación, la autonomía y la libertad, que no han sido posibles en la sociedad patriarcal que ha dado origen a la prostitución.

Por una parte, quizá pueda sorprender la insistencia de enmarcarse en un feminismo “pro-derechos”. Una mirada atenta sugiere que es imprescindible abordar el problema de la prostitución desde un punto de vista feminista, no es posible otro enfoque. Esta exigencia de conectar el feminismo con la regulación se fundamenta en la necesidad de garantizar derechos a todas las mujeres. Por otra parte, discusiones igualmente complejas como el problema de la trata, del tráfico de mujeres con fines de explotación sexual, son planteados tangencialmente, insistiendo en la diferencia entre una prostitución que debe ser aceptada, fruto de una decisión libre y otra que debe ser combatida, llegando a asumir una posición abolicionista en este último caso. En el mismo sentido, el papel de los proxenetas no queda incorporado al discurso regulacionista más que para insistir en que las trabajadoras del sexo deben tener derechos para protegerse del mediador. También el cliente se encuentra al margen del discurso y se rechazan las sanciones a estos, medidas que han sido adoptadas en países que desarrollan políticas abolicionistas, ya que pueden repercutir en más dificultades para la trabajadora.

En conclusión, el feminismo solo puede ser abolicionista.  Si consideramos el trabajo sexual como un trabajo más, debemos hacerlo más allá de un marco feminista. Esta consideración poco tiene que ver con las críticas que ha recibido el abolicionismo (sobre el puritanismo, sobre no escuchar a las putas…) La prostitución solo puede ser considerada como trabajo sexual en el marco de una sociedad patriarcal que delimita el papel y las profesiones que las mujeres pueden desempeñar. El debate sobre abolición o regulación no puede llevarse a cabo desde un marco feminista. Quizá si el regulacionismo aceptara esta contradicción debiéramos deslizar la discusión hacia un marco de protección de las mujeres que ejercen la prostitución y hacia una educación basada en el respeto hacia los cuerpos de las mujeres que podría ser el fin de la prostitución. Sería un debate diferente y seguiría siendo difícil, pero podría ser algo más fructífero.

 

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