“Susana y los Viejos” En la Historia del Arte: Voyerismo y Exhibicionismo

“Susana y los Viejos” En la Historia del Arte: Voyerismo y Exhibicionismo

Instituciones museísticas como agente socializador.

Históricamente está normalizado el acoso verbal y físico en las calles: miradas, silbidos, palabras obscenas y manoseos en centros públicos. Es lo que tenemos que soportar las mujeres diariamente y, por si fuera poco, para justificar estos depravados actos machistas se nos acusa de exhibicionistas. Una vez más la culpabilidad en la mujer.

La cultura voyerista es la de la cosificación del cuerpo de la mujer, la de la puesta en el escaparate para el deleite del macho mastubador que ha normalizado su estatus de superioridad ya que la cultura y la sociedad se lo han permitido utilizando nuestras imágenes estereotipadas como baratija de mercado.

Los medios de comunicación actuales no han inventado nada, se han retroalimentado de imágenes que forman parte de la cultura desde antes de los comienzos de la era cristiana. Qué una mujer hipersexualizada, fatal, semidesnuda y con mirada de pantera se utilice para vender un perfume es tan normal como que una de 1,60 y anchas caderas venda lejía. Dos productos utilizados por ambas pero asociados a un diferente estereotipo de mujer.

La iconografía de la mujer creada para la mirada voyerista nace con la leyenda bíblica de “Susana y los Viejos”, que se relata en el libro de Daniel 13, 8-22. Susana era una bella mujer judía que, mientras se bañaba, fue sorprendida por dos jueces ancianos que, cegados por la pasión le hicieron la proposición de tener relaciones sexuales que ella rechazó. Ella, que estaba casada con Joaquín, un rico judío en ese momento exiliado, tras recibir varias amenazas por los dos viejos, la difamaron y acusaron de adulterio, solicitando para ella ante la ley, la muerte. En el momento del juicio y ante la Asamblea apareció el joven Daniel que les pudo convencer del falso testimonio de estos abusadores de modo que quedó absuelta. La historia de Susana encierra una violación aunque no consumada físicamente, ejecutada ante una Asamblea, castigada, acosada y calumniada por no satisfacer los deseos de unos pervertidos.

La historia de Susana es una de las escenas bíblicas mas representadas en las producciones pictóricas, especialmente en el renacimiento y el barroco, creando una iconografía que se ha repetido en la pintura contemporánea y que pervive en los anuncios de los medios de comunicación actuales. La escena permitía no solo narrar una leyenda con un mensaje moralizante sino desmoralizarlo representándola a ella, desnuda, provocadora, exhibicionista y culpabilizándola, por su belleza, de los actos de los dos viejos. Una escena que la moral cristiana siempre ha aceptado, lo que ha permitido a los artistas experimentar y mostrar el cuerpo femenino.

Tintoretto y Goltzius interpretaron el relato situando a una lozana Susana no solo objeto de deseo de los dos maléficos viejos, sino también para el deleite voyerista que la observa en el Museo del Prado o en el Holandés Museo “Frans Hals”. En ambos casos no se juzga la inmoralidad de los jueces sino que se expone el cuerpo desnudo de la mujer convirtiéndola a ella en la protagonista culpable que exhibe su cuerpo.

La más estudiada representación desde el feminismo de la leyenda es la ejecutada por Artemisia Gentileschi, por ser mujer, por ser víctima de violación y por ser artista en la androcéntrica cultura del siglo XVII. La pintora caravaggista afrontó el relato con una nueva visión, más humana, realista y próxima a la leyenda y en la que, pese al cuerpo desnudo de la joven, hay un mensaje virtuoso, un tratamiento no convencional dónde se apunta la intimidad violada de la mujer, el acoso e intimidación de los viejos. Dónde ellos aparecen amenazantes y ella intimidada.

Otra excepción al tratamiento voyerista es la de El pintor español José de Ribera, cuya obra ejecutada en 1615 se expone en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Sin embargo, estas son excepciones ya que la hostigación y el asedio que sufrió Susana, los artistas lo han obviado para sustituirlo por el deseo hacia un cuerpo joven y desnudo que, de nuevo y sin pretenderlo, es el protagonista de las obras.

Rubens, Rembrandt, Sebastiano Ricci, Franz von Stuck eclipsaron la dramática historia de Susana y sustituyeron la imagen de una víctima de agresiones sexuales por una Venus cuya belleza atraía las miradas masculinas, incitando a la perversión del voyerismo.

En 1890 y con Lovis Corinth el relato bíblico pasa a ser la escena cotidiana de la mujer que sale del baño, descontextualizándolo de su historia y ocultando la sombra de los viejos tras una cortina con la que se confunden. A medida que avanza el tiempo se olvida la historia y surge la búsqueda de la provocación.

Paul Sésurier la convierte en una alegre tahitiana y Emile Nolde en una promiscua insaciable de irrefrenable pasión. Picasso, en 1955, con una paleta llena de color y contrastes cromáticos, en una visión personalísima, se sitúa en las antípodas de la historia. Susana, sin pudor ni vergüenza descansa plácidamente en un diván, con los pezones erectos y, quizá, disfrutando de las miradas de los viejos. Todo un disfrute para quien visite la la Fundación Almine y Bernard Ruiz- Picasso para el Arte en Bruselas.

Comprobamos pues como en un relato histórico escalofriante y terrorífico se ha invertido el mensaje dependiendo de los gustos, modas o preferencias de sus creadores.

Hablamos de micromachismos, de acoso callejero, de violencia, de agresiones físicas y verbales, pero parece que estos aberrantes actos son exclusividad de una minoría masculina sin formación, de bares y peones, de pandilleros y viejos verdes, de barras y obras. Sin embargo ese miserable cretinismo machista está patente en todas las instituciones, aunque con más diplomacia y bajo la excusa de la culturalización.

Que las mujeres hemos sido fuente de inspiración es un hecho, que hemos sido las pasivas creadas, también, que el arte es sublime creación, por supuesto, y que tenemos que revisarlo con perspectiva de género, también.

Las instituciones museísticas son actualmente templos pasivos del saber que bien podrían convertirse en agentes activos en la socialización y formación. En ningún modo pueden hacerlo exponiendo únicamente obras realizadas por artistas masculinos, ni tampoco exhibiendo obras que lejos del espíritu crítico y la formación en igualdad contribuyen a potenciar el voyerismo mostrándonos a las mujeres exclusivamente como Venus, desnudas, exhibicionistas o provocadoras y omitiendo los mensajes inherentes en las obras.

Las obras de arte son la reproducción plástica de la realidad de las mujeres, de la visión del artista, de su momento cultural, de su ideología y sentir y en ningún modo podremos comprenderlas descontextualizándolas pues hacerlo solo aviva la obscenidad y la agresión sexual.
Es momento de revisión, de búsqueda de nuevos planteamientos y hay que hacerlo desde el punto de partida de la consecución de la igualdad efectiva entre hombres y mujeres.

La historia de Susana, es la historia de las mujeres que, víctimas de agresiones sexuales y abusos, pasan de ser víctimas a ser culpables en la sociedad patriarcal. Jamás nuestra intimidad, forma de vestir o actuar puede justificar o atenuar el delito del agresor ni mucho menos invertir en ella la carga de la prueba.

Un tanga, una amable sonrisa, un pantalón ajustado o una falda corta son pruebas aportadas por la misoginia institucional para alentar a callados violadores a actuar impunemente.

La mirada feminista hacia las obras de arte es absolutamente necesaria para comprender como en base a mitos y leyendas se ha construido la sociedad que vivimos. Un imaginario colectivo que sitúa a las féminas entre el exhibicionismo y la maldad cuando la realidad es que el voyerismo y la agresión se han normalizado.

Las colecciones pictóricas y museos necesariamente deben utilizar sus fondos para la prevención y sensibilización contra las violencias machistas. Las exposiciones con talante feminista no pueden conformarse con visibilizar las aportaciones culturales de las mujeres, rescatar sus nombres o desempolvar sus obras. Deben y pueden utilizar las creaciones masculinas para desenmascarar el universo machista, la concepción de la mujer, el constructo creado y, desde el espíritu crítico deconstruir nuevos horizontes para mujeres y hombres.

La gran obra o el gran maestro no a de serlo únicamente por su técnica, valor económico o singularidad histórica, también por su contribución a la mejora de la sociedad. Evolucionar desde ser templos pasivos del saber a ser agentes activos en la socialización depende únicamente de la voluntariedad y buen talante de las instituciones museísticas.

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