El feminismo en la obra de Fernando Botero

El feminismo en la obra de Fernando Botero

 

El pasado 9 de octubre, el artista colombiano Fernando Botero, presentaba “Las mujeres de Botero”, una obra en la que se recaban las imágenes femeninas por él creadas a lo largo de su trayectoria artística. Un total de 45 dibujos a través de los que quiere rendir un homenaje al feminismo voluptuoso, declarándose “El pintor del volumen, no de las mujeres gordas”.

Nacido en Medellín en 1932, el artista colombiano ha residido en México, Italia, Francia y Estados Unidos y su base y fundamento artístico han sido los grandes maestros de la pintura occidental. Su estilo personalísimo ha llevado a hablar de “Boterismo” puesto que ha creado una iconografía inconfundible reconocida por el gran público. Sin embargo, la crítica especializada y quienes amamos el arte no debemos juzgar su obra solo por sus específicas figuras sino también por el vuelco que ha dado a temas tradicionales y legendarios del sistema patriarcal dónde la mujer estaba siembre estereotipada , discriminada, enmarcada en un papel de inferioridad , sexualizado y sensiblero. A éstas mismas mujeres Botero les ha otorgado protagonismo, fuerza, expresividad y exuberancia, no solo con imágenes volumétricas, sino profundizando en temas variopintos como el amor, las costumbres, el sexo, la vida cotidiana o la violencia. Con temas inspirados en leyendas de la mitología griega y romana o en pretéritas visiones, Botero ha posicionado a la mujer en una situación de igualdad.

Ejemplo de ello es la interpretación que el artista hizo del “Rapto de Europa”, cuya leyenda está basada en el Libro II de “Las Metamorfosis” de Ovidio. Cuenta el poeta:
“Y poco a poco, el miedo quitado, ora sus pechos le presta para que con su virgínea mano lo palpe, ora los cuernos, para que guirnaldas
los impidan nuevas. Se atrevió también la regia virgen, ignorante de a quién montaba, en la espalda sentarse del toro: cuando el dios, de la tierra y del seco litoral, insensiblemente, las falsas plantas de sus pies a lo primero pone en las ondas; de allí se va más lejos, y por las superficies de mitad del ponto e lleva su botín. Se asusta ella y, arrancada a su litoral abandonado, vuelve a él sus ojos, y con la diestra un cuerno tiene, la otra al dorso impuesta está; trémulas ondulan con la brisa sus ropas.”

Según narra la leyenda, Europa era una joven hermosa hija del rey de Tiro. Cuando Zeus la divisó desde el Olimpo quedó prendado de ella. Al no saber cómo acercarse a la muchacha se mezcló entre las reses que tenía su padre transformándose en un toro blanco que fue a rendirse a los pies de la doncella y al que Europa acarició hasta terminar subiendo a su manso lomo. Zeus, que esperaba ésta acción, inmediatamente se levantó y partió hacia el mar. Víctima del engaño Europa gritaba y se aferraba a los curvados cuernos para no caer, mientras la bestia se adentraba en las olas y se alejaba de la tierra hasta llegar a Creta dónde la retuvo el resto de su vida. Mientras los hermanos y la madre de Europa desesperados la buscaron sin hallarla. En Creta Zeus le reveló su identidad y la poseyó. De las incesantes violaciones Europa tuvo tres hijos: Minos, Ramadantis y Sarpedón.

Se trata de una abominable historia enmascarada en la seducción y el engaño previo a la violación y que ha sido fuente de inspiración de artistas que interpretaron el mito. Cousin, Tiziano, Veronés, Rubens, Rembrandt, Tiépolo, incluso Goya y Moreau entre otros, realizaron obras en las que Europa era una joven desvalida, semidesnuda y aterrorizada cabalgando a lomos del toro. Aunque cada uno en un estilo diferente, todos los artistas coinciden en representarla cosificando su cuerpo, deleitando al espectador en la crueldad del momento, en sus pechos, su dolor, su incapacidad de impedir el trágico final. Fernando Botero, a diferencia del resto de artistas, desmitifica el mito y nos presenta a una Europa rotunda, magnífica, triunfante sobre el lomo de la bestia. En la visión de Botero, Europa ha ganado y el licántropo se ha sometido, permaneciendo inmovilizado en las aguas mientras ella posa entronizada ante el espectador.

En ésta misma línea de poder y de interpretación de el valor femenino. Botero realizó la serie “El Circo” en la que plasmó con su retina unas imágenes de mujeres colosales, en pleno movimiento, con mucho color, adiestrando feroces animales y situándose en el poder, sin perder el equilibrio, sobre un hombre. Una visión muy diferente a la que otros pintores habían dado anteriormente del espectáculo circense o de la mujer en el escenario. Recordemos las producciones de Seurat, Renoir, Picasso y otros impresionistas que representaron a frágiles bailarinas o abandonadas cabareteras. La colección se expuso en Medellín, Alemania, España, Inglaterra, Italia, Suiza y Estados Unidos y el artista la realizó inspirándose en un circo popular de México dónde vivió en la década de los 50.Resulta evidente no solo el uso magistral y vivaz del pincel, la tridimensionalidad y estilo personal sino también la interpretación del mito que augura una violación y al que la mujer vence. Con ésta misma temática el artista realizó tres esculturas en bronce, una de las cuales se encuentra en el aeropuerto Madrid-Barajas en España y las otras dos en Medellín y Chicago.

(2008-2010)
También diferente es la visión que Fernando Botero ofrece de las mujeres en el espacio público. A la mujer, la historia, las costumbres y el patriarcado la han sometido al espacio doméstico, a las tareas de cuidado, de hijos, de dependientes. Siempre asociada a escenas costumbristas, bucólicas, a imágenes santificadas o embrujadas. En el espacio público, históricamente no ha tenido cabida y si lo ha hecho ha sido como consorte, plañidera, madre o dama de compañía. Siempre pasiva, inculta, ignorante, cabizbaja o mística. De forma sorprendente el artista colombiano en sus pinturas y con la misma voluptuosidad visiona a mujeres que se divierten, disfrutan, charlan, fuman o beben sin quedar proscritas al lupanar.

Casa Mariduque,1970 Cuatro mujeres, 1987
El tema del espejo ha sido otro recurso artístico que muchos artistas han utilizado para mostrar el cuerpo de las mujeres, para exponer su desnudez. Desde Velázquez, y pasando por todas las Venus hasta la actualidad, la mujer ante el espejo ha simbolizado la vanidad y la lujuria, la exhibición ante el cristal que devuelve la imagen al espectador. Cuerpos rosados, aterciopelados y jóvenes, que invitaban a acariciar, se exponen por todas las salas de arte. Son imágenes concupiscentes que se oponen a la simplicidad y sencillez con que aborda Botero el tema, mujeres que sin intencionalidad restan cualquier erotismo al mágico objeto y a sus cuerpos.

 

 

 

 

 

Las escenas íntimas de las mujeres también han sido objeto, a través de la historia del arte, de crear obras que deleitasen la visión voyerista. Escenas en las que los cuerpos desnudos y bajo pretextos históricos o cotidianos eran sorprendidos por el universo andrógino. Quehaceres diarios como lavarse, peinarse, vestirse o calzarse se han convertido en escenas que algunos han denominado arte erótico, sexual y, finalmente pornográfico. Ese erotismo reside en la conversión de objeto el cuerpo de la mujer y el mismo ha levantado polvaredas que enfrentan la transgresión y el puritanismo. A través del cuerpo desnudo la cultura patriarcal ha construido un ideal y un canon de belleza, que ha sido otro instrumento para someter a la mujer. Como señaló John Berger en su documental” Ways of Seeing”, en buena parte del arte europeo, la desnudez de la mujer ha sido representada para el placer de un espectador masculino.

Sin perversión y sin asalto, sorprende como Fernando Botero reproduce escenas íntimas de mujeres. Sus cuerpos no son disciplinados ni sus identidades están clasificadas. Ante ellas no hay necesidad de silenciamiento, ni sentimientos obscenos ni de pudor, no están estereotipadas, ni son bellas ni dejan de serlo, son sencillamente mujeres que no provocan reacciones masculinas ni tampoco femeninas, únicamente complacencia y respeto hacia la dignidad del aseo diario y la grandiosidad de la obra.

Los baños colectivos de mujeres también han sido motivo de inspiración para artistas a lo largo de toda la historia. Bacanales, harenes, escenas de ninfas, diosas y rameras adentrándose en el agua han sigo la justificación para que, en la espesura del bosque, se asomase o escondiese algún personaje masculino provocando en ellas asustarse o taparse al sentirse espiadas en su privacidad. Siendo representaciones mundanas se tornan en dramáticas pues en el fondo contienen asaltos sexuales. Botero aborda el tema con una serenidad aplastante. Dos mujeres sosegadas y calmadas en la playa salen del baño, saben de una presencia masculina que ha dejado su ropa a la vera de ellas y, sin asustarse, ni taparse, ni esconderse, disfrutan del momento mientras el hombre, al fondo, disfruta nadando. No hay perversión ni miedo, solo respeto entre los dos sexos.

El tema de la mujer en la ventana también ha sido tratado por muchos artistas que representan a mujeres que, escondidas en su habitación y sin sentirse observadas, miran a través de los cristales la vida que se les va o lanzan sonrisas y provocaciones a quienes pasan. Vermeer, Murillo, Friedrich y Dalí son algunos ejemplos. El marco de la ventana supone la separación del mundo exterior y el interior, el encierro de la mujer frustrada en el espacio que leyendo, cosiendo o mirando acepta su trágico destino. Contrariando a ésta iconografía Botero representa a la mujer que sin ningún estupor pretende seguir observando por la misma pese a la mirada de quien la sorprende haciéndolo. Otra mujer inquebrantable ante la sorpresa, relajada, desafiante y hasta divertida por su pasividad.

La imagen de una mujer reclinada sobre un diván o sobre un tálamo también ha sido un recurso utilizado por muchos artistas a lo largo de la historia del arte. Aunque a nuestra mente acuden inmediatamente las majas de Goya, el tema fue tratado desde el paleolítico, impulsado por la cultura clásica y recuperado en el renacimiento y barroco. La Venus de Tiziano, o las majas de Romero de Torres, Muñoz Degrain, Raimundo Madrazo, Joaquin Agrasot, Anglada Camarasa y tantos otros pintores, utilizaron este pretexto para mostrar la frágil visión de la feminidad así como a tratar su cuerpo desnudo y ornado con insinuantes abalorios como objeto sexual.
Fernando Botero, como sus predecesores, utiliza esta iconografía pero con un sentido diferente. Sus majas carecen de connotaciones eróticas, no guiñan el ojo al espectador, no les invitan al juego sexual ni pretenden formar parte de sus deseos. Son mujeres recreadas en sí mismas, que disfrutan de sí mismas, del placer de la lectura, del descanso, de la naturaleza, de su soledad, del placer de su desnudez y del espacio que ellas solas llenan sin precisar ni esperar a nadie.

La rivalidad entre mujeres es otro aspecto que las artes plásticas han visibilizado y que es resultado del patriarcado. Mujeres bellas, idealizadas, creadas según los gustos y preferencias del artista y del momento cultural e histórico han sido protagonistas de retratos individuales o escenas de grupo en las que competían por alcanzar el irreal canon de belleza. Botero en su obra nos ofrece espacios sóricos, de mujeres iguales, que trabajan, cooperan, disfrutan en un espacio abierto o cerrado en el que posan alegres y unidas siendo mujeres equivalentes, próximas y consonantes. Sin competir ni rivalizar, sin complacer las miradas, sin pretender ser santas o bellas o heroicas posan en absoluta naturalidad mostrando su feminidad intemporal.

 

 

 

 

 

La diferenciación por razón de sexos es una constante tanto en las obras de arte como en los medios de comunicación que, hipersexualizando a las niñas y otorgando al varón una posición de superioridad y poder, generan estereotipos y roles que propician el machismo. En la abundante producción de Fernando Botero comprobamos como desde la infancia niños y niñas son tratadas por igual, incluso sus características físicas prevalecen en el espacio y el tiempo adoptando similares rasgos infantes y adultos. Pinturas intergeneracionales e intrageneracionales que denotan la equidad de quienes componen una comunidad. En el ámbito familiar sorprenden los retratos de grupo en los que se invierten los roles familiares. En su “familia colombiana” de 1973, es el padre quien permanece sentado con un gato en su regazo mientras las pequeñas alborotan, la madre de pie y hierática corona el vértice superior del cuadro. Asoman a la izquierda unos brazos portando una bandeja con café, brazos sin sexo, sin rol. Una composición muy distante a las producidas durante la toda la historia del arte y en las cuales el pater familias era quien ostentada la postura en pie simbolizando su superioridad. En “Jugadores de cartas II”, obra de 1991 fascina como el artista hace partícipe en un juego tan masculinizado como son los naipes, a las mujeres. Mientras ellos esconden sus bazas y trampean para ganar, ellas participan del juego pasando a un segundo plano su desnudo.

 

La cultura patriarcal ha construido un sistema binario y heteronormativo en el que coexisten dos identidades enfrentadas, la masculina y la femenina. La primera identidad es la fuerte, valerosa, productora, independiente; la segunda, la débil, vulnerable, reproductora, dependiente y ambas generadoras de falta de autonomía y libertades.
En 1981 la psicóloga norteamericana Sandra Bem en “Teoría del esquema de género” propuso la independencia de ambos constructos en contra a la tradicional idea de considerarlos extremos opuestos, además introdujo el concepto de androginia para definir a los individuos liberados de los mandatos de género y que combinaban ambas identidades. Sin renunciar a la identidad Fernando Botero en su obra sitúa al hombre y la mujer en un plano de igualdad que aborda tanto reinterpretando leyendas como el mito de Adán y Eva como una escena de paseo, un baile, un saludo o un espectáculo circense. Los hombres y mujeres de Botero ocupan el mismo espacio, tienen el mismo protagonismo, la misma volumetría y corporalidad. En reposo o en movimiento ostentan la misma relación con el espacio y los objetos, los mismos sentimientos y emociones. Comparten un mundo interno, un estado anímico que exteriorizan en cada actividad que disfrutan enérgicamente y en igualdad. Huelga hablar de empoderamiento, puesto que en las obras hombres y mujeres son poderosos.

 

 

 

Hasta la fecha la obra de Fernando Botero se ha considerado maestra, inconfundible por su estilo único y el volumen de sus figuras que, peyorativamente, algunos y algunas han etiquetado de “gordas” por ser redondas e hinchadas como globos. Bajo mi punto de vista la grandeza de su obra reside en su juego de proporciones, en su revisión de la historia, su paleta alegre y colorida que motiva al espectador, en su perspectiva aplastada, su dibujo impecable, en el tamaño de su producción y. especialmente, en la grandeza que da a la mujer a quien otorga un tratamiento inusual dentro de la historia del arte y de forma esencial en el feminismo y la igualdad. Mujeres brillantes, magnificas y colosales son las mujeres de Botero.

 

 

 

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COMENTARIOS

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    Semíramis González Fernández 5 meses

    Como historiadora del arte, especialista de arte contemporáneo y feminista, me parece este un artículo falto de rigor por todos lados. Por favor, revisemos bien quién era Fernando Botero, sus posiciones sobre las mujeres y, sobre todo, sobre la idea de “genio”, volvamos a textos ya (por otro lado) clásico como Linda Nochlin, que tiene ya sus cuarenta años desde su publicación y donde todos estos argumentos se vienen abajo.
    Antes de abordar cuestiones de arte, pido que se estudie un poco la evolución del feminismo en el arte.

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