Una habitación propia: memoria y futuro del feminismo

Una habitación propia: memoria y futuro del feminismo

Una de las muchas lecciones que he aprendido de tantos años de lecturas es que el pensamiento y la lucha feminista llevan siglos articulándose a través de las reflexiones y acciones de cientos, miles, millones de mujeres. Sería un error pensar que todo lo que estamos viviendo en los últimos años, y que ya podríamos considerar como una cuarta ola, ha sido una especie de milagro, o de ebullición espontánea o, en el peor de los casos, una moda que podría durar lo que una tendencia en los escaparates. Para curarnos de este error, y para dotar de sólidos andamiajes a la revolución personal y política que representa el feminismo, es necesario mirar atrás. Tirar del hilo de las que nos precedieron, hallar las raíces de los conceptos que hoy empiezan a cobrar vida, hacer visibles los rostros y las voces de quienes todavía no aparecen en los libros de texto. Una tarea que además nos ayudará a contrarrestar el espejismo de igualdad con el que algunos intentan confundirnos.

Ese ejercicio de memoria – el feminismo es también un ejercicio de memoria – es lo que consigue hace sobre el escenario Clara Sanchís en su recreación de “Una habitación propia”.  Ella y María Ruiz se han aliado felizmente y han dotado de cuerpo escénico a un texto hermoso pero complejo. Ambas han hecho posible que la autora de Orlando nos interpele con la misma riqueza de matices que encontramos en su literatura. La Virginia de Clara es también irónica, divertida, inestable, inquieta, apesadumbrada y juguetona. La voz de Sanchís hace posible el milagro de que las jugosas imágenes de la escritora nos acaricien a veces y otras nos despierten como si fueran pellizcos. Este salto mortal es posible porque la actriz no opta por la caricatura ni por el icono. Lejos de la discutible interpretación de Nicole Kidman en Las horas, Clara Sanchís deja que la persona – y a veces también el personaje – se meta en su cuerpo y lo sacuda como si fueran las olas. Así, no es solo su voz cálida y precisa, sino también sus piernas, sus brazos, sus manos, todo su cuerpo es el que nos interroga. Unas manos que, por cierto, tocan un piano que nos habla de las emociones que no tienen nombre y que sirve en la obra a modo de paréntesis que nos permiten buscar cuánto de machismo dejó el patriarca en nuestros bolsillos.

Escuchar y sentir a Clara es, pues, sentir que Virginia sigue viva, que las sufragistas continúan incendiando buzones, que las madres del mundo todavía esperan el fin de las guerras donde mueren sus hijos. De esta manera, Una habitación propia, amasada desde la sororidad militante, es un grito en las habitaciones que todavía no son propias, pero también es una llamada a la esperanza. A la acción que en este siglo XXI de patriarcado neoliberal es más urgente que nunca. Se lo debemos a la hermana de Shakespeare, a las miles de Judiths que siguen naciendo en cualquier lugar del planeta, a las Virginias que todavía piensan en un río y en un bolsillo lleno de piedras. Este grito de rabia pero también la ventana abierta al futuro es lo que nos ofrece Clara Sanchís en una representación que debería ser de disfrute obligatorio en colegios, institutos y facultades. Entre otras cosas, para que quedara al descubierto cómo siguen siendo los catedráticos quienes administran las perdices y los vinos. Y cómo, a estas alturas, tiemblan de miedo ante la perspectiva de perder el espejo que les hacía verse el doble de grandes de lo que realmente son.

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