El síndrome de las “Niñas-flor”

El síndrome de las “Niñas-flor”

 

“Estaba sola y, de repente, me encontré en un tumulto. Pero llegaste tú… con ese aroma de Patricks…”.

Este era un anuncio de mi infancia. El mensaje estaba claro: si no viene un tipo con ese aroma, no te vas a salvar de lo que sea que te pueda ocurrir en un tumulto, a ti ,flor frágil del desierto, del jardín, o de la huer-ta.

El mensaje de confirmación de nuestra vulnerabilidad era evidente. Es por eso que, para salvaguardar esa debilidad, ya nos envolvieron, desde la infancia, en lazos y señales que avisaban de nuestro estado: “frágil”, a la vez de que nos autoconvencieron de que solo cuando nos entregáramos a unos unos brazos masculinos podríamos salvarnos.

Eso sí, seríamos un producto frágil, perecedero, y con fecha de caducidad. Tendríamos que añadirnos colo-rantes y conservantes para no decepcionar. Y toda la vida deberíamos cuidar nuestro cuerpo de flor, supues-tamente necesitado e incompleto, para lograr que nos quisieran. Para eso, tendríamos que pintarnos, hacer dieta, depilarnos, y toda una serie de cuidados externos sin límites.

Pero, ¡ay de ti, niña flor! Llegaría un día en el que ni con todos los colorantes y conservantes añadidos, volveríamos a resplandecer como flores del desierto, del jardín o de la huerta, entre el tumulto. Y de eso, no nos salvaríamos ninguna de nosotras. Entonces, no habría piedad, porque, como personas, no existiría-mos. Aparecería la menopausia, nos haríamos viejas, afortunadamente, como manda la sabia naturaleza. Y no habría nadie que nos salvara del desconcierto, si es que habíamos permanecido en las filas de las muje-res que se creyeron el cuento de Juan pimiento, el que vino entre el tumulto a salvarnos, y se lo llevó el viento.

Es entonces, “niña bella”, cuando te darás cuenta de que sufriste una nueva enfermedad añadida a las que ya se inventaron para ti: El síndrome de la “niña-flor”.
¿Cómo sentirse bien si te hicieron creer que serías una florecilla durante toda la vida?¿Cómo sentirte plena si quisieron hacer de ti un par de brazos y piernas moldeadas al antojo del un ser anónimo, en los gimna-sios de una sociedad estéticamente dictatorial? ¿Cómo sentirse bien siendo un producto para comerciar con él?

La infantilización de la mujer, la reducción de su persona a “niña-flor” es otra forma de alienación y mal-trato. Adoctrinar a una persona para que sea toda la vida una niña débil, frágil, pero bella, es un crimen psicológico. Después nos lamentamos de todo lo que esto conlleva. Siempre hay jardineros desenfundando tijeras fálicas, y dispuestos a cortar lo que se les ponga por delante. ¿Acaso no eran ellas un producto floral para ellos? ¿No les enseñaron desde la cuna que esas bellas flores no eran personas como ellos, sino seres ornamentales para ser poseídos o protegidos y cuidados, según su preferencia o antojo? ¿Por qué no piso-tear, mancillar, arrancar, cortar… por qué no?

Ante la condena social de las violaciones, abusos y asesinatos a mujeres, algunos se quedan perplejos. “¿Ah, pero no se podía?”. Incluso las instituciones patriarcales de cuyo nombre no quiero acordarme se quedan atónitas: “¿Pero es para tanto?”.

¡No, hombre, no, calla, calla … no es para tanto!, total, solo eran mujeres….esas que se pierden en los tu-multos, las que son protegidas o raptadas, y con las que se comercializa sin fin. Esas que aparecen en lo productos porno. Puedes rescatarlas o pisotearlas, morderlas o despedazarlas, comprarlas, o lo que quiera que tengas en tu imaginario ponzoñoso.

El tiempo pasa… y cuando vas a las residencias de personas mayores, se pueden ver muchos rostros feme-ninos perplejos, asombrados, y sin dar crédito a lo que les ha pasado. Preguntándose dónde está su belleza de plástico, dónde su vida, o dónde están los hijos e hijas.

El Patrick del cuento, o el Juan Pimiento, también sirve a las “niñas-flor” para jugar a las mamás. Niñas, mamás de otras niñas y niños. Un desastre completo… Pero, ¡hala, todos a jugar a las casitas! La “niña- flor” estará decepcionada porque no es como la mamá de las revistas de moda. El Patrick estará decepciona-do porque la “niña-flor” huele a leche agria, y no se parece a la estrella porno de sus sueños, aquella que rescató en el tumulto. Y el pobre bebé, agitado en la cuna, llorará inconsciente de su desgracia, sin saber en las manos en las que ha caído… Pronto tendrá, él también, un nuevo diagnóstico, cuando comience el co-legio y llegue al aula, ya bien destartalado de los nervios… porque ningún ser maduro supo sostener sus necesidades emocionales infantiles.

El síndrome de “La niña flor” no es de nuestra época. Ha existido siempre. Antes les cortaban los pétalos de forma prematura. Aún se sigue casando a las “niñas-flor” en algunas culturas. Ahora, en nuestro mundo occidental, son hipersexualizadas en la vida cotidiana, y esclavizadas, cuando es posbile, abierta y descara-damente, en los peores casos, en los sótanos de la criminalidad. A otras, les conservan los pétalos con fan-tasías, cosméticos y gimnasio, hasta que se marchitan, buscando desesperadas una solución en la cirugía estética, o en los caros tratamientos de belleza.

El tiempo pasa… y cuando vas a las residencias de personas mayores, se pueden ver muchos rostros feme-ninos perplejos, asombrados, y sin dar crédito a lo que les ha pasado. Preguntándose dónde está su belleza de plástico, dónde su vida, o dónde están los hijos e hijas. Y es que nadie les dijo a ellas que no eran suyos: ni la belleza corporal, ni los hijos. Que las mujeres no poseemos nada, ni siquiera a los seres que parimos. Porque son solo hijos e hijas de la vida. Que nosotras, las mujeres, solo poseemos nuestra fuerza y coraje, si es que no nos los dejamos arrebatar. Y allí languidecen ellas, preguntándose qué ha pasado. ¿Dónde están sus casas repletas de muebles caros o baratos? ¿Dónde la vida? Porque no se han enterado de nada. ¡Ellas fueron flores, sí, algunas con los pétalos cortados, pero flores!!!, y ahora, sin saber cómo ni por qué… dicen que ya no son nada. Ellas languidecen entre los recuerdos. A su parecer, cualquier tiempo pasado fue me-jor. Ninguna leyó al poeta cuando dijo eso de … ¡cómo pasa la vida, como se viene la muerte, tan callan-do…! Así es que … ¡Despertemos… estamos a tiempo! Y si nos obligan, mejor ser cardos, digan lo que di-gan.

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COMENTARIOS

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    Irene 3 meses

    Ademas hay una enorme contradicción en esto: por un lado, parece que somos tan frágiles, por el otro, nos imponen las fatigas del parto (antes, de muchos mas de los que el cuerpo pudiera aguantar), del trabajo doméstico, del sexo violento, etc…La fragilidad no ha sido nunca ni siquiera un lujo para pocas.

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