#NoEnMiNombreHombre

#NoEnMiNombreHombre

 

No en mi nombre de hombre; no en mi tipo de hombre. Raramente los hombres afeamos conductas machistas a otros hombres. Que ocurra, que reprochemos a otros hombres sus abusos y privilegios sobre las mujeres, es casi un fenómeno paranormal. Lo habitual es lo contrario, que aplaudamos y jaleemos esos comportamientos, como si fueran una representación de tribu de la que nos sentimos orgullosa parte, incluso sin pensar que estamos haciendo nada inadecuado. A una buena mayoría de los hombres nos alcanza alguna forma de complicidad por acción u omisión.

La masiva reacción #MeToo de mujeres ante el abuso, agresiones sexuales y violaciones cometidas por hombres en la industria estadounidense del cine ha servido no sólo para aumentar la consciencia sobre el abuso cotidiano e impune que perpetran un número incalculable de hombres sobre mujeres en todo el mundo y en todos los sectores laborales; desafortunadamente del #MeToo también pueden extraerse dos enseñanzas muy poco edificantes: lo normalizado que ha estado y está entre los hombres asistir con habitualidad, con silencio doloso o con desinterés displicente, a conductas de abuso masculino en el ámbito laboral; y que los abusos sexuales y las violaciones no son más que la punta sintomática del iceberg de un abanico de actuaciones que -aunque por debajo del umbral de tipificación penal- constituyen una clase de depredación sexual continuada, constante y sistemática que muchos hombres llevan todo el tiempo del mundo desplegando sobre las mujeres, en cualquier entorno, en cualquier momento.

El ojeo sexual masculino a las mujeres en el ámbito laboral es ubicuo. Del ojeo se puede escalar a comportamientos con intenciones depredadoras (cobrarse una presa), que tendrán o no tipificación legal dependiendo de cada conducta a considerar. No quiere decir que todos los hombres en todos sus ámbitos laborales sean autores activos de estos comportamientos preparatorios del acoso, por supuesto; pero sí que en cualquier sector profesional puede aparecer un hombre que desarrolla activamente conductas que podríamos calificar de acoso con fines de depredación sexual y que está rodeado por otros hombres que muy pasivamente asisten a esa depredación, incluso a veces sin percatarse conscientemente, sin alertarse de que el acoso está ocurriendo porque aquello que están viendo les parece “normal”.

Ante estos párrafos precedentes habrá lectores que pensarán “¡¡qué barbaridad, ya no se va a poder ligar con normalidad!!”… seguro que lo piensan y se sienten cargados de razón. El problema es esa pretendida “normalidad” del “ligar” en el ámbito laboral. Otros increparán “¡ya están otra vez las feministas viendo acosadores por todas partes!”, cuando el quid de la cuestión es que los hombres hemos sido codificados en nuestra sociedad patriarcal para abusar de las mujeres “por derecho” y sin tener consciencia de que estamos abusando; para invadir su espacio; para considerarlas objetos exclusivos de nuestros placeres y deseos, sin pararnos a pensar por un momento que ellas son tan sujetos de derechos y libertades, de dignidad y seguridad, de respeto y de autonomía como nosotros.

Los hombres nos hemos socializado en el patriarcado y, por tanto, nuestra identidad individual incorpora, en todos los casos, rasgos de personalidad machista, que se traducirán en mayor o menor medida en modos pautados y recurrentes de pensar, sentir y actuar con supremacía sobre la mujer.

La posibilidad de que tengamos interiorizado en nuestro ADN patriarcal que un entorno laboral es un lugar como otro cualquiera apto para eso que llamamos “ligar”, un espacio donde podemos calificar a tal o cual mujer por su aspecto físico, donde además de estar dedicados a ejercer nuestra profesión también podemos estar entregados a accionar conductas de clara intencionalidad sexual… esa posibilidad es un claro indicador de que podemos llevar un depredador sexual codificado en nuestro interior, unos en estado durmiente que no se activa nunca y otros en estado de caza que no descansa nunca. No todos lo son, lo somos, depredadores; pero cualquiera puede serlo, pues tenemos un claro conjunto de factores de predisposición: nuestra socialización patriarcal.

Y de nuevo vendrán los detractores del feminismo, cuando no los propagandistas del neomachismo, a recriminarnos que censuremos que puedan establecerse relaciones heterosexuales que tengan su origen en el ámbito laboral. La cuestión es que bien sabemos que no se trata de eso.

un método sencillo para detectar si una conducta interpersonal se está desarrollando o no en un contexto de libertad (incluso de libertad condicional como el laboral) es prestar atención a si se están produciendo indicadores de invasión interpersonal. Es decir, cuando una persona invade el espacio psicológico de otra.

Una relación sentimental, afectiva, sexual o del tipo interpersonal que sea podría hipotéticamente germinar en un entorno profesional, como en cualquier otro espacio social. Y sería legítimo que lo hiciese cuando las condiciones de los participantes fueran de libertad. Sin embargo, en el seno de una estructura laboral aunque la libertad no esté anulada o comprometida sí está marcadamente condicionada por vectores de fuerza como la jerarquía, las dependencias orgánica y funcional, y las inseguridades que comporta un trabajo remunerado en una sociedad capitalista. Además, en el lugar de trabajo de nuestras sociedades heteropatriarcales confluyen dos desequilibrios sistémicos de poder en contra de la mujer: el evidente y transversal del supremacismo masculino, y el discriminatorio a favor del hombre en el plano profesional. A estos dos se añade una tercera descompensación de poder si en la ecuación interpersonal hay establecida una relación de jerarquía o de mando laboral de un hombre sobre una mujer.

Con todo, un método sencillo para detectar si una conducta interpersonal se está desarrollando o no en un contexto de libertad (incluso de libertad condicional como el laboral) es prestar atención a si se están produciendo indicadores de invasión interpersonal. Es decir, cuando una persona invade el espacio psicológico de otra.

Lo habitual es que la persona que se siente invadida muestre incomodidad o molestia, aunque no necesariamente. Algunas claves de que el invasor (un hombre) está entrando, sin ser invitado, a un espacio de la identidad de otra persona (una mujer) pueden ser que está comentando su aspecto físico o psicológico; está acercándose demasiado o tocando sin que medie un script social (como saludarse, por ejemplo); le está profiriendo insinuaciones personales fuera de contexto; o la está mirando de manera persistente acompañándose o no de gestos o sonrisas. Todas esas expresiones son invasivas para la mayoría de las mujeres, aunque se toleren y socialmente parezcan benévolas, porque en un marco laboral la mujer no está para que la miren; no hay ido allí a pasear su cuerpo o su atuendo; no busca que le hagan comentarios no solicitados referidos a sus características personales, sean de halago o de crítica; por supuesto que le molesta que un hombre se le acerque inadecuadamente y todavía más que la toque; desde luego le incomoda, como a cualquier persona en general, la familiaridad excesiva de un desconocido, que por el hecho de ser mujer un hombre se tome confianzas que sólo corresponderían a relaciones afectivas y no profesionales; y no digamos ya nada del hecho de tener que soportar, gestionar y esquivar, mientras se está concentrada en la actividad laboral que sea, que un hombre esté tercamente insistiendo en entablar conversación sobre temas personales, en “tomar algo” después de salir o en exteriorizar unos supuestos encantos masculinos que en la mayoría de ocasiones no pasan de ser un patético repertorio inoculado en una esclerótica socialización patriarcal. Todo esto no es ligar, o por mejor decirlo, es ligar al estilo al que el patriarcado nos ha venido programando.

Que todos estos comportamientos, que a pesar de darse en un entorno de poder descompensado como es el laboral, estén normalizados y sean percibidos como benévolos por la mayoría de las personas convierte al ámbito de trabajo en un territorio fértil y abonado para el despliegue de conductas de ojeo sexual que podrían desembocar en la depredación sexuales machista.

Al contrario de lo que nos dirán y nos diremos, un depredador sexual habita potencialmente en cada uno de nosotros, porque a todos los hombres nos han socializado en la creencia inconsciente de la conquista sexual de la mujeres; de que tenemos una especie de pulsión biológica a la que obedecer y que ejerce de atractor carnal “lícito” entre hombres y mujeres; de que no importa cuál sea el espacio o el lugar, que si emitimos o recibimos determinadas “señales” de atracción estamos legitimados para dar pasos encaminados a intentar una relación personal, si nos place a nosotros los hombres. A veces ese depredador sexual deja de ser latente y se entrega a acosar y molestar a las mujeres allá donde las encuentre; pero en la mayoría de los casos ese depredador está dormido en nosotros y no despierta nunca aunque puede complacerse, silencioso y de modo reflejo, cuando ve a otro macho en acción.

¿Y cómo se hace entonces, cómo ligamos en un entorno profesional para que sea de forma apropiada? Pues puede que parezca extremo decirlo así, pero tenemos que ser radicales si pretendemos avanzar: tal como estamos socializados, no hay manera adecuada de que un hombre “ligue” a una mujer en el entorno de trabajo, sino sólo formas menos lesivas y abusivas. Hasta que la sociedad deje de ser machista.

Lo primero para ser menos supremacistas es, obviamente, tomar consciencia de que somos hombres socializados en el heteropatriarcado, un sistema que por definición ha inoculado en nosotros privilegios abusivos de dominación sobre las mujeres, aunque ni siquiera los veamos y reconozcamos (de hecho, que no los reconozcamos es señal de que los tenemos normalizados). Si hemos logrado esa consciencia aunque sea mínima, lo siguiente es dejar de ser normales, porque lo normal en términos masculinos suele ser lo abusivo en cuestión de libertades de la mujer. De entrada, si eres hombre plantéate que no deberías interactuar con mujeres con intenciones sexuales (las tuyas) cuando estás trabajando, cuando estamos trabajando. Con un poco de esfuerzo más, piensa un poco menos en que el mundo gira alrededor de tus apetitos y en que es posible que las mujeres no existan para que te gusten o para ser gustadas. Tal vez, con mucha más dificultad y desaprendizaje, lleguemos a ser menos invasivos en la libertad de otras personas.

Y si eres hombre tal vez te preguntarás… ¿pero si me siento atraído por una mujer en mi trabajo, qué hago?… lo siento, no tenemos todas las respuestas: cuestiónate, escucha a las mujeres a tu alrededor, lee feminismo y mírate los vídeos de Irantzu Varela o de BuzzFeed Lola.

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