Niños/as transexuales: dudas necesarias

Niños/as transexuales: dudas necesarias

 

El reconocimiento de la transexualidad de los niños es un fenómeno bastante reciente en España y ha sido bien visto por los movimientos más progresistas. Sin embargo, a mí esto me parece algo más preocupante que positivo. Las primeras objeciones que se me ocurren son de sentido común: ¿es posible que se considere a los niños capaces de ser plenamente conscientes y tomar decisiones sobre un asunto tan delicado y que tendrá consecuencias muy serias en su futuro? Además, los niños llegan pronto, lamentablemente, a ser conscientes de los mandatos de género, pero “no tienen sexo”. Como las diferencias físicas en la infancia son insignificantes, su conciencia de lo que es ser mujer o varón es necesariamente incompleta. Finalmente, la identidad de los niños es algo que está en construcción y puede cambiar con el tiempo.

En El País se dan algunas pistas para identificar la transexualidad en los niños:

  • En el caso de que el signo [sic] asignado sea el de un niño, adopta roles femeninos, a través de disfraces de niña (princesa, hada, ropa femenina en general).
  • Si el sexo asignado es el de una niña, y rechaza faldas, vestidos, diademas.
  • Hay niño/as que se identifican con nombre del sexo opuesto al asignado.

Cuando leí esto me entraron ganas de reír. Empecemos por el segundo punto: si pensamos en cuántas veces, a partir de Jo March en Mujercitas, se ha descrito el deseo de las niñas y adolescentes de ser varones, tenemos claro de qué se trata. El problema no era que todas ellas fueran trans, sino que ser hombres habría sido su única oportunidad de tener una vida digna de unos seres humanos. Se puede “rechazar faldas, vestidos, diademas” para estar libres de moverse, trepar en los árboles, practicar deporte o lo que sea. Decir que una niña que se comporta así puede ser trans equivale a la definición de “protesta viril” que hacían los primeros psicoanalistas de cualquier comportamiento femenino que saliera de las normas. Se ha hablado mucho menos de los niños con gustos o comportamientos “femeninos”, pero ¿no puede ser que sencillamente la ropa “femenina” les guste más, dado que los varones están condenados desde la infancia al blanco y negro? La identificación con un nombre del sexo opuesto tampoco se puede considerar un elemento decisivo, si no olvidamos que los niños “no tienen sexo”.

Las dudas aumentan si miramos el contexto en el cual se “reconoce” este “derecho”. Vivimos en una sociedad en la cual siguen muy vivas unas pésimas costumbres: la educación de los niños según estereotipos de género, la violación de los derechos fundamentales de la infancia, y la medicalización de los comportamientos considerados fuera de la norma. Si los niños son educados según los estereotipos que todos conocemos, no hay nada más comprensible que el hecho de que un niño al que le gustan las cosas “de niñas” llegue a la conclusión de ser en realidad una niña, o viceversa. Hoy se aceptan unas desviaciones de los estereotipos, pero dentro de ciertos límites, y cuando se superan, está lista la etiqueta de “trans”. Un artículo publicado recientemente en Feminist Current  confirma mis sospechas, afirmando que la mayoría de los niños que creen ser trans y empiezan el proceso de cambio de sexo, lo interrumpen y vuelven a su identidad de antes.

El ejemplo de Inglaterra también es instructivo: la colección de ensayos Transgender children and young people. Born in your own body, editado por Heather Brunskell-Evans y Michèle Moore, llega a la conclusión de que reconocer a los niños como “trans” es políticamente reaccionario y física y psicologicamente violento. Brunskell-Evans también fue atacada y suspendida de su cargo de portavoz del WEP (Women’s Equality Party) por haber dicho en una entrevista que a ella no le importa si un niño quiere llevar un vestido, pero sí le preocupa que se pueda decidir que un niño sea una niña por dentro.

Esto contribuye a probar que lo que está en juego no es la libertad de los niños, sino la posibilidad de liberarse, de una vez por todas, de los estereotipos de género. Porque decir que si a un niño le gustan las cosas que se consideran “femeninas”, ha elegido ser una niña, significa reforzar los estereotipos de género, no derrocarlos.

Sería interesante investigar si existe una relación entre rigidez de los estereotipos e incidencia de la “transexualidad infantil” en determinados entornos.

¿Y acaso no es sospechosa la atención hacia esta “exigencia” de los niños cuando no se escuchan sus denuncias de violencias sufridas, se absuelven a los pedófilos con motivaciones absurdas, o se dejan a los niños en manos de padres violentos, a riesgo de sus propias vidas?

Hay otro factor fundamental a tener en cuenta: los padres. Los menores necesitan su consentimiento si deciden someterse a tratamientos hormonales para cambiar de sexo. Ahora está de moda describir a los padres de los menores transexuales como cariñosos y comprensivos, pero no veo nada bueno en unos padres que permiten que el crecimiento natural de sus hijos sea bloqueado,  e igual su salud dañada. ¿No será que muchos están sencillamente desorientados, o que muchos otros se avergüenzan de sus hijos y ven en estos tratamientos una alternativa al encierro en los internados o en los manicomios, como se habría hecho antes?

El movimiento LGBT también se contradice, cuando pide que nadie decida por los niños intersexuales, pero quiere dejar una enorme responsabilidad en los hombros de niños poco mayores, o cuando pide que no sean necesarias intervenciones médicas para cambiar de sexo en los adultos, pero las reclama como un derecho para los niños. Es ilógico y cruel.

tienen derecho a crecer en libertad, sin que nadie les pegue etiquetas como si fueran insectos.

Reconocer la autodeterminación de los niños en esto también podría abrir la puerta a derivas muy peligrosas, como la aceptación, o incluso la despenalización, de la pedofilia y de la prostitución de menores. Se podría argumentar que, si los niños pueden decidir sobre su identidad de género, también pueden decidir libremente sobre su sexualidad. Una idea así ya ha echado raíces, como se ha visto en las votaciones de Podemos y del PSOE en contra de la propuesta del PP sobre la fijación de una edad mínima para casarse.

Junto a la subida de la edad mínima para el consentimiento sexual, ¡habría sido una de las pocas cosas buenas hechas por el PP! Pero no, los partidos supuestamente progresistas la rechazaron, entre otras motivaciones, porque “infantilizaría” a los menores. Una motivación tremendamente estúpida. Las personas menores necesitan ser protegidas de las violencias de los adultos, y peor todavía si estas violencias están amparadas por la ley. ¡Ojalá no fuera necesario proteger a los niños y adolescentes! Pero lamentablemente lo es, y no porque sean estúpidos. El desarrollo de los sentimientos, de la sexualidad y de la identidad es mucho más delicado que el desarrollo intelectual, y debe ser protegido.

Volviendo al tema de este artículo, los niños tienen derecho a crecer en libertad, sin que nadie les pegue etiquetas como si fueran insectos. Parece que el afán de ser, o parecer, progresistas, ha llevado a olvidar la verdad elemental de que entre los niños y los adultos hay muchas diferencias, y que si muchos adultos se quejan, con razón, de que a menudo su libertad solo es aparente, eso es todavía más cierto para los niños.

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