Mucho más que guapas

Mucho más que guapas

¡Qué guapa estás! Seguro que cualquiera de las que me estéis leyendo lo habéis escuchado más de una vez, y más de dos. Con diversos matices, con diversos tonos de voz y hasta con diversas intenciones, la referencia a nuestra apariencia física siempre surge, se trate de lo que se trate y vayas a dónde vayas. Puede ser en un desfile de modelos, en una boda o en un acontecimiento social, pero también en una graduación, en el estreno de una obra de arte, en la entrega de un premio o en la toma de posesión como alto cargo. Siempre hay alguien que nos felicita con esa frase. Y que lo hace, además, con la mejor intención.

Con esto no quiero decir que no haya que cuidar el aspecto, que cada circunstancia tiene sus convenciones y hay que estar adecuada al momento y el lugar. Nadie iría a una boda en bikini –salvo que se tratase de una boda submarina o ibicenca, claro- ni se tumbaría en la playa con traje de chaqueta y tacones de diez centímetros. Pero, dentro de esas convenciones, debería poder ir una como le dé la gana y se sienta a gusto sin tener la certeza de que muchos ojos se van a posar en su vestimenta, y van a criticar tanto si se lleva maquillaje como si no se lleva, si éste es exagerado o demasiado discreto, si se viste falda o pantalón, o si éste o aquella son demasiado cortos o demasiado largos. Jamás he leído ningún artículo dedicado a si el ministro tal se dejó barba o se la recortó, si se depila las cejas o si el tono de sus calcetines era el más acorde con el modelo de pantalón. Entre otras cosas, porque importa poco para su función. Y ahí está precisamente en quid de la cuestión.

Sea para limpiar la casa o sea para dirigir la empresa más importante del IBEX 35 nuestro aspecto ha de ser impecable.

Lo hemos visto no hace mucho. Tomaban posesión muchas ministras en el nuevo ejecutivo, y muchos medios se tiraban en plancha a contarnos cuáles eran sus estilismos, y, por supuesto, cómo deberían de ser. Unos artículos aderezados, cómo no, con comentarios sobre su aspecto físico. Y la verdad, poco debería importarnos si una ministra es gorda o delgada, alta o bajita, rubia o morena. Como nunca ha importado el peso, el color del pelo –o su ausencia- y la estatura de los políticos varones. Importan su trayectoria, su proyecto de gestión, sus conocimientos. Como debe de ser. Seguro que a ellos no les dirían el día de la toma de posesión eso de ¡qué guapo estás!. Porque estar guapo o feo es, en esos momentos, lo de menos.

Las mujeres siempre hemos tenido un plus. Sea para limpiar la casa o sea para dirigir la empresa más importante del IBEX 35 nuestro aspecto ha de ser impecable. No hay más que leer ese manual de la Sección Femenina que circula por Internet para ver el consejo que daban a todas las abnegadas amas de casa: estar bellas para que cuando llegara el maridito las encontrara radiantes. Aunque estuvieran hasta las mismísimas narices de andar todo el día fregando suelos, limpiando mocos y preparando guisos. Y, aunque pueda parecer que las cosas han cambiado mucho, en realidad no tanto. También tenemos que estar radiantes para el acto, la reunión o el evento de que se trate aunque estemos hasta el gorro de andar todo el día dirigiendo un país o jugándonos el tipo manejando miles de millones.

Lo peor de todo es que ni nosotras mismas nos damos cuenta. Escribimos un “guapa” con muchos signos de admiración si alguna amiga cuelga en redes que ha ganado un premio, que se ha graduado cum laude o que su hija ha sacado la mejor nota en la Selectividad. Y sí, está muy bien estar guapa y aún mejor serlo, pero no debería ser el primer piropo que se nos viene a la cabeza. O a los dedos que teclean.

Y luego hay otra cosa que me enciende. La bromita. Con los nuevos tiempos, hay quien pretende hacerse el gracioso y te dice eso de “si te digo guapa no me vas a denunciar por acoso, ¿verdad?” o “te diría que estás muy guapa, pero no lo digo que sé que a las feministas no os gusta”. Y se quedan tan frescos, con su trivialización de un tema tan serio como el acoso o su ignorancia de lo qué es el feminismo. Sin entender que no, no es que no me guste que me llamen guapa, lo que no me gusta es que sea lo primero –o lo único- en que se fijen. Que se lo digan si no a las periodistas deportivas en el Mundial, que han tenido que padecer acoso y groserías en vivo y en directo.

Pero lo más triste, después de todas estas reflexiones, es conocer que el artículo publicado en un periódico de información general sobre el estilismo de las nuevas ministras tuvo un montón de visitas. Que, para leerlo o para criticarlo, acabamos cayendo en error de clickear el enlace, para gozo del medio que lo publicó. Así que me permito un consejito para la próxima –ojala no la hubiera-. Critiquemos, quejémonos y hagamos lo que sea para que estas cosas no se repitan, pero no facilitemos las visitas a esos textos que recuerdan aquella casposa sección de sociedad de las revistas del corazón. No incluyamos el enlace para que no se generen visitas a nuestra costa.

Y mientras tanto, sigamos avanzando para ser cada vez más iguales. Demostrando lo que valemos con tacones o sin ellos. Y usándolos, por supuesto, siempre que nos dé la real gana.

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