Derechos individuales, ¿a dónde nos van a llevar?

Derechos individuales, ¿a dónde nos van a llevar?

Todas entendemos que hay que proteger a las trabajadoras y a los trabajadores frente a las empresas. Ellas tienen el poder de crear empleo, y la clase obrera la necesidad de conseguir uno para sobrevivir. Esta situación es consecuencia de la sociedad de consumo y libre mercado a la que pertenecemos.

Durante las dos revoluciones industriales, el proletariado luchó colectivamente por conseguir una calidad de vida digna, humana. Aprendieron a unirse y tomaron conciencia de clase, fundamental para entender dónde estaban y a dónde querían ir. Nacieron los sindicatos y se politizaron para convertir en ley los derechos que les correspondían por justicia social.

Se consiguieron derechos tan importantes como la reducción de la jornada laboral a 8 horas que nos permite disfrutar de cierto tiempo libre, el descanso entre jornadas, el descanso semanal, vacaciones remuneradas, permisos médicos… Todos estos derechos fueron luchados como clase social y conseguidos para todas las personas.Todo el mundo entiende estas medidas de protección y nadie pone en duda la necesidad de proteger a una clase social de otra.

Actualmente, nos encontramos ante una nueva era: la globalización. El expolio continuo del sur global para beneficio de unos pocos y la continua pérdida de derechos laborales que sufrimos los países del norte son consecuencia de este nuevo cambio de sistema; de la sociedad de consumo se pasó a la sociedad de libre mercado, donde las empresas hacen y deshacen atendiendo a sus necesidades sin que el Estado intervenga. Del capitalismo nació el liberalismo y este nos llevó a un sistema donde parece que las personas son responsables de todas sus decisiones, eximiendo de cualquier responsabilidad al sistema y a las condiciones que genera de pobreza, exclusión social, vulnerabilidad social y/o económica o necesidad extrema. No hace falta que me extienda, todas conocemos estos cambios en la legislación laboral y los sufrimos.

No obstante, no entenderíamos que si una trabajadora deseara libremente trabajar todos los días en jornadas de 12 horas sin descansos para comer, ni entre jornadas, ni semanal etc., y por un sueldo menor al SMI, ese deseo voluntario fuera negociado por el comité de empresa, firmado e incluido en el Estatuto de los Trabajadores solo por deseo de esa trabajadora. Pondríamos el grito en el cielo. ¿Por qué? Porque si se legalizara esta condición sabemos que, en caso de necesidad, aceptaríamos aun sabiendo que hemos perdido toda opción de recurrir esa situación de abuso laboral. Hacerla legal, permitir que las empresas usen y abusen de sus plantillas con el Estatuto de los Trabajadores en la mano no cambia el concepto de explotación de la clase obrera, pero estaríamos dando el poder legal a las empresas de explotar constante y conscientemente a trabajadoras y trabajadores.

Basándonos en deseos individuales, podríamos derogar también la Declaración Universal de los Derechos Humanos porque, oiga, siempre puede existir alguna persona que desee ser esclavizada, tutelada o cualquier otra cosa que, por sus circunstancias personales, se viera condicionada a hacer.

¿Qué relación hay con los vientres de alquiler?

La explotación reproductiva y trata de bebés es una aberración en sí mísma. Negociar con una mujer en desigualdad de condiciones bajo el amparo de un contrato asimétrico es un abuso de poder por parte de quienes optan a redactar las condiciones de ese contrato. Utilizar a una mujer para que geste y traiga al mundo una criatura a cambio de dinero o de cualquier otra cosa no puede nunca definirse como un acto de libertad individual protegido por la ley.

Legalizarlo no lo va a hacer menos aberrante, sino que, probablemente, abrirá la veda a que cualquier mujer vea como salida más rápida a una situación difícil poner su útero a disposición de quien pueda alquilarlo o que incluso se vea presionada por su propia familia o su entorno más próximo a gestar y parir para otros sin tener en cuenta su opinión.
Los pro vientres de alquiler, en muchas ocasiones, aseguran que legalizar esta práctica evitaría las mafias y el tráfico de seres humanos; sin embargo, no he leído a ninguno demandar el cierre de las agencias mediadoras que se lucran a manos llenas de este negocio. Lo único que se conseguiría sería que las mafias y la trata de criaturas estuvieran amparadas por la ley, una situación inaceptable en una sociedad democrática e igualitaria

Podemos concluir que se pretende legalizar una práctica inmoral per se y convertirla en una buena práctica. El deseo individual puede llegar a convertirse en explotación y abuso de quien no puede elegir. Somos capaces de entender que la negociación individual de los derechos laborales nos perjudican a todas y, no obstante, hay quien defiende el derecho fundamental de la libertad de decisión de las mujeres, pero solo para ponerse al servicio de los demás, ignorando que nuestro mundo lleva miles de años sometiendo a las mujeres. Ignorando que se está relacionando nuestra libertad con ser objetos sexuales y reproductivos, como si ello fuera un acto de rebeldía.

Hago mías las palabras de Towanda Rebels: “Somos libres para enseñar las tetas, no para ser presidentas del gobierno”.

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