Ninguna eyaculación vale más que la vida de una mujer

Ninguna eyaculación vale más que la vida de una mujer

¿Quien fue Francisca Marquinez? La evidencia indica que ella murió asfixiada en octubre del 2015. Aparte de eso, se sabe poco.
Investigando encontré en el internet un libro de condolencias que su familia había publicado. Este libro habla de una mujer cariñosa y bondadosa. Francisca era “divertida, extrovertida y una persona auténtica con mucha energía positiva”. Tenía “una risa contagiosa y un espíritu hermoso”. Trabajó muchos años en el área de Recursos Humanos y le gustaba bailar merengue y salsa. Su sobrina Carla dice que su tía era “una mujer que irradiaba felicidad”. Pero ningún medio de comunicación se ha dignado en informarnos sobre la personalidad o la vida de la señora de 60 años. Los medios se han mostrado mucho más interesados en contarnos sobre el pene de su feminicida.

A Francisca la mató su novio, un hombre de 65 años llamado Richard Henry Patterson, en Margate, Florida. Patterson fue acusado de asesinato en segundo grado en octubre del 2015, pero fue declarado no culpable en mayo del 2017. La sentencia fue hace más de un año, y aun ahora, es más fácil encontrar muchísima más información sobre los genitales de Patterson que sobre la mujer cuya vida cercenó.

El abogado del acusado argumentó que Francisca se había asfixiado “accidentalmente” con el pene de Patterson durante una felación consentida. Pero lo más probable es que este asesinato fue mucho más espantoso y menos salaz que como ha sido presentado. El caso ha sido mencionado en los medios de comunicación como “el caso del pene como defensa”. En vez de llamarle “un caso de asfixiamiento” o “un caso de atrabancamiento”, el periódico Sun Sentinel lo llamo “la defensa del sexo oral”, lo cual le otorgaba legitimidad a un argumento absurdo.

El médico forense Iouri Boiki, quien realizó la autopsia de Francisca, explicó durante el juicio de fondo que aunque no fue posible determinar la causa de muerte, dada la descomposición del cuerpo al momento que lo encontró la policía, es imposible que se tratara de una muerte accidental mediante felación. Para que esto fuese posible, Francisca hubiese tenido que mantenerse absolutamente inmóvil mientras le obstruían sus vías respiratorias durante más de 30 segundos, luego de los cuales perdería el conocimiento. En realidad, ella hubiese pateado, mordido o hecho cualquier cosa para prevenir esa obstrucción, explicó Boiko en la corte: “esa es la reacción normal”. Pero incluso luego de aquellos fatídicos 30 segundos, Patterson hubiese tenido que mantener su pene erecto obstruyendo la garganta de una mujer inconsciente durante más de dos o tres minutos. Y solo en ese momento, luego de esta obstrucción constante durante más de dos o tres minutos y medio, Francisca hubiese muerto.

Patterson espero varios días antes de informarle a nadie sobre la muerte de Francisca, y esto permitió que el cuerpo de ella se descompusiese más allá del punto en que una autopsia pudiera revelar la causa de muerte. Eventualmente, llamó a su exnovia (no a la policía ni a una ambulancia). Durante el juicio de fondo, el jurado escuchó una grabación telefónica en la que su exnovia le pregunta “¿Estuvieron peleando?”, ante lo que Patterson responde “Holly, no importa cómo pasó. No te voy a decir lo que pasó porque no necesitas saber. Punto”. También le mandó mensajes de texto a su hija, diciéndole “Tu papá hizo algo muy malo anoche”, y que se sentía arrepentido. Le mandó mensajes de texto tanto a su exnovia como a su hija donde expresaba “Yo asfixié a Francisca” (contrario a “ella se asfixio”). Como Patterson no llamó a la policía, fue su exnovia la que decidió llamar un abogado para que lo defendiera en el juicio que inevitablemente iba a transcurrir. Toda la evidencia razonable que incriminaba a Patterson fue considerada menos relevante que la estrella del juicio: su pene.

Dado que la defensa de Patterson alegaba que el tamaño de su pene fue un factor determinante en la muerte de Francisca, Patterson le pidió a la corte presentarlo como evidencia. Es decir que, en este escenario, su pene pasó de ser un simple miembro a ser el arma homicida. Uno de los abogados le preguntó a la corte: “¿Lo mostramos en la parte de atrás del juzgado? ¿Lo hacemos delante de todo el mundo en la corte? ¿Cómo conseguiremos que el acusado esté erecto al momento que el jurado lo vea? Porque un pene flácido, sea en una fotografía o en persona para que el jurado lo pueda ver, es completamente irrelevante. Tiene que estar erecto”. La defensa de Patterson dijo estar dispuesta a presentar una fotografía del pene de su cliente al lado de una cinta métrica y una fotografía frontal del cuerpo desnudo de Patterson.

El pene de Patterson, no el hecho de que asesinó a una mujer, fue la gran noticia. Los medios de comunicación presentaron la información de una manera que la lectoría lo considerase chistoso y entretenido: “Hombre con pene masivo, que alega que su novia se asfixió durante sexo oral, es dramáticamente encontrado NO CULPABLE de asesinato”, decía un titular. Otro rezaba, “Imputado por asesinato utiliza su pene grande como defensa… ¡y podría funcionar!”. Esta narrativa, que una mujer consintió a su propia muerte, fue promulgada por los medios de comunicación porque confirma un mensaje que se nos inculca constantemente: que las mujeres disfrutan y buscan la violencia que se perpetra contra nosotras, que para nosotras el sexo y la violencia son intercambiables, y que ningún feminicidio es lo suficientemente cruel u horroroso para no ser desestimado como “sexo consensuado”.

En el porno, a las mujeres les pagan para pretender que a ellas les encanta lo que sea que le hagan, incluso cuando les duele… o quizás, precisamente, porque les duele.

Me parece desgarrador pensar que Francisca Marquinez probablemente peleó por su vida lo más que pudo mientras que un hombre, alguien a quien ella una vez amó, utilizo su pene como un arma para matarla. Esos 30 segundos en los que ella estuvo consciente de que iba a morir debieron ser aterradores. ¿Cómo puede un jurado descargar a un hombre de un feminicidio tan horripilante? La respuesta a esta pregunta la encontramos en la cultura de la pornografía.
En la cultura de la pornografía, no existe ninguna forma de violencia contra la mujer que no pueda ser justificada como “una fantasía”. En la pornografía, hacerles daño a las mujeres no sólo es presentado como algo excitante, sino como algo deseado por ellas mismas. Una industria de 25 billones no es marginal: representa una corriente que permea la psiquis sexual de nuestra sociedad. Incluso, si nosotras mismas no consumimos pornografía, los hombres con quienes nos acostamos muchas veces sí lo hacen. Esto implica que el sexo que tenemos sigue siendo moldeado por el porno, igual que las expectativas sociales sobre los roles de género en el sexo, de manera general.

La coordinadora de un programa de prevención a la violencia llamado ‘Realidad y Riesgo: pornografía, juventud y sexualidad’, Maree Crabbe, escribe para el periódico inglés The Guardian: “Incluso si no consumimos pornografía, la pornografía demanda nuestra atención por su prevalencia, la naturaleza de su contenido, y el impacto que tiene en la cultura, lo que implica que es una influencia cultural que no podemos darnos el lujo de ignorar”.

En el porno, a las mujeres les pagan para pretender que a ellas les encanta lo que sea que le hagan, incluso cuando les duele… o quizás, precisamente, porque les duele. El actor porno Anthony Hardwood le explicó a Crabbe como surgió el giro dentro de la industria para que se presente cada vez más agresión contra las mujeres y el incentivo financiero para sostener esta tendencia:
“Los directores quieren más energía, tienes que ser más agresivo. Es como si quisiéramos matar a la muchacha en el set. O sea, a la audiencia le encanta. Compran las películas. Quieren ver escenas como estas. Tienes que ser bastante agresivo con la muchacha”.

Aquí hay que hacer un pequeño paréntesis y aclarar dos cosas. Número 1, es un mito alegar que el supuesto “porno feminista” o “porno para mujeres” es menos agresivo (insultos misóginos, bofetadas, golpes…) con las mujeres. Los estudios comparativos lo que han demostrado es que, tanto el porno “mainstream” como el porno “feminista” reflejan igual nivel de agresividad, y que lo único que cambia es quién comete la agresión (en el porno “feminista”, hay más mujeres en el rol de agresoras), pero las receptoras de esta agresividad siguen siendo… ¿quiénes más? ¡las mujeres! Número 2, ya sabemos que tanto el porno como la prostitu…, perdón, “el trabajo sexual”, son las vacas sagradas del machiprogresismo, y no podemos decir nada negativo sobre ninguno de los dos, porque nos acusan de puritanas y yo no sé de cuántas vainas más. Les encanta defender a capa y espada todo lo que implique “el empoderamiento” de las mujeres… dentro de posiciones subordinadas. ¡Nadie se explica el por qué! Pues a mis amiguitos machiprogre (nos amamos) yo les contraargumento: si sus vacas sagradas son industrias que dependen de la explotación más antigua de la humanidad, usted debería reconsiderar el progreso de quien usted alega defender.

Es muy fuerte criticar la violencia contra la mujer en la pornografía. Pero más fuerte es fomentar una industria billonaria donde se erotiza la misma violencia que mata mujeres y niñas todos los días.
En un patriarcado, el derecho sexual de los hombres está consagrado invisiblemente en la psiquis colectiva como el derecho humano más fundamental. No estoy inventando, es teoría. La compañera investigadora Caroline Paterman acuñó el término “male sex right” (derecho sexual de los hombres), para darle nombre a un derecho “que no es recíproco, porque las mujeres no tienen ese derecho y porque ha sido consagrado desde la dominación masculina. El acceso al cuerpo de las mujeres para fines sexuales, reproductivos o para explotación laboral, es un privilegio que los hombres han adquirido tradicionalmente a través o del matrimonio y a través de la prostitución, ambas siendo prácticas en la que las mujeres son intercambiadas entre los hombres para ser utilizadas por los hombres”.

Es por esto que usted ve Supremas Cortes de Justicia declarando que “el sexo” es un derecho humano o analistas políticos diciendo con caras muy serias que “el sexo” es un bien que debe ser redistribuido equitativamente entre las masas. En ambos casos, la palabra “sexo” es un eufemismo que significa “acceso al cuerpo de las mujeres”. A mí me llama muchísimo la atención que, como clase social, las mujeres estamos batallando, entre muchísimas otras cosas, para que se reconozca cómo la infrarepresentación del cuerpo de las mujeres en los ensayos clínicos y la discriminación de la mujer en la medicina, está matando innecesariamente a miles de hermanas, pero para los hombres, como clase social, la preocupación parece ser cómo legitimar la cosificación y deshumanización de la mujer en las leyes. Si las dinámicas de poder de ese binomio no le reflejan a usted por qué existe una urgencia de un feminismo que vaya directo a la raíz de la opresión de las mujeres y niñas, yo no sé qué otra cosa lo haría. Cierro paréntesis.

no podemos celebrar la violencia contra la mujer como “un fetiche sexy” en una mano, y después horrorizarnos cuando vemos la sociedad tomándoselo en serio.

Un estudio académico sobre la violencia en la pornografía, publicado en el 2010, encontró que:
“De las 304 escenas analizadas, el 88.2 por ciento contenían agresión física, mientras que el 48.7 de las escenas contenían agresión verbal. Los perpetradores eran usualmente hombres, mientras que las receptoras de la agresión eran mayoritariamente mujeres. Las receptoras de la agresión mostraban o placer o neutralidad hacia la agresión”.
Cuando el porno vende violencia y agresión como algo “sexy”, y la idea de que a las mujeres les gusta esta tortura, ¿qué impacto tiene esto en la sociedad? ¿Si los directores y actores del porno están degradando y abusando mujeres en el set, qué nos hace pensar que la audiencia no emulará este comportamiento?

Contrario a las ideas promocionadas por el feminismo liberal (por ejemplo, que “el consentimiento” lo justifica todo y que todo lo que tenga la palabra “sexo” es empoderador), no podemos celebrar la violencia contra la mujer como “un fetiche sexy” en una mano, y después horrorizarnos cuando vemos la sociedad tomándoselo en serio. Como escribe la periodista canadiense Meghan Murphy: “Ninguna persona progresista argumentaría que, por ejemplo, si una persona negra ‘consintiese’ a su esclavitud, la esclavitud podría ser empoderadora o liberadora”. Pero cuando se trata de las mujeres, no existe violencia lo suficientemente repugnante, degradante ni nauseabunda, que no pueda justificarse, siempre y cuando se alegue que hubo “consentimiento”.
“Lo último que hicieron estos dos adultos fue una felación. El asumió que así fue como ella falleció”, explico el abogado de Patterson durante el juicio. “La humillación de tener que explicarle esta situación a la gente fue sobrecogedora para él”. En otras palabras, un hombre que, durante un juicio por feminicidio, se empecinó en mostrarle su pene a un jurado y utilizó su supuesto “pene grande” como coartada contra una imputación por asesinato, le alegó a este mismo jurado que a él le daba demasiada vergüenza llamar una ambulancia o a la policía, mientras Francisca Marquinez agonizaba en su habitación. Y el jurado le creyó.

 

Lamentablemente, esta no es la primera vez que un jurado encuentra perfectamente lógico que una mujer “consienta” a ser asesinada durante el sexo.
En el 2015, un hombre de 49 años dijo que su vecina de 91 años se asfixió durante “un juego sexual” en Porto, Portugal. Su semen fue encontrado en el cuerpo de ella y la autopsia había revelado que la mujer murió de asfixia. El cadáver de la mujer también tenía “heridas genitales extensas”, pero el periódico local lo tipifico como “un trágico accidente”.
En un patriarcado, un hombre puede apuñalar a una mujer en el canal vaginal, esperar que ella muera desangrada, y el sistema de justicia misógino fácilmente puede creerse la mentira imposible que en realidad ser apuñalada en la vagina fue algo consentido por ella misma.

Eso no es una metáfora.
En el año 2011, Cindy Gladue, una mujer indígena en Canadá, madre de tres hijas, fue asesinada por un prostituidor quien la había apuñalado en el canal vaginal, dejando una perforación de 11 centímetros de largo. No murió inmediatamente. Luego de apuñalarla, a Cindy la colocaron en una bañera donde se desangró tras horas de agonía inimaginable. Su feminicida, Bradley Barton, fue encontrado no culpable de asesinato en primer grado, en un juicio tan deshumanizante que la pelvis (desencajada del cadáver de Cindy), fue llevada y mostrada al jurado. El jurado prefirió creer la historia de que el hecho de que Cindy era una mujer prostituida, justificó su muerte, y que ser apuñalada en el canal vaginal, pudo ser “un accidente”, luego de un “juego sexual consentido”.

Aquí hay que señalar las disparidades que produce el género como construcción social. En estos precisos momentos, una muchacha de 19 años llamada Noura Hussein se encuentra en Sudan esperando la pena de muerte, luego de cometer el crimen atroz de defender su propia vida. La joven fue obligada por su familia a contraer matrimonio forzado a los 15 años. Ella se resistió durante tres años, huyendo a refugiarse en casa de una tía. Pero en abril del 2017, su papá la obligó a casarse en contra de su voluntad. Noura rehusó tener sexo con su esposo durante la noche de su luna de miel, así que su nuevo esposo buscó ayuda de su hermano y dos primos “para que razonaran con ella” pero al ver que Noura se mostró renuente, entre los tres la agarraron mientras su marido la violó. Uno le agarró el pecho y la cabeza mientras otros la agarraron por las piernas. La noche siguiente, su esposo intentó violarla otra vez, y Noura lo apuñaló propiciándole la muerte. Cuando ella fue a donde sus padres buscando apoyo, estos la entregaron a la policía. Y hasta la fecha, esa muchacha se encuentra condenada a ser ejecutada.

El daño que causamos cuando trivializamos la sexualización de la violencia contra las mujeres es gravísimo.

Este es el más reciente, pero las feministas sabemos muy bien que muchas de esas historias que los medios de comunicación sensacionalizan, en los que una mujer termina cercenándole el pene a un hombre, son casos donde la mujer actúa en defensa propia. El caso más famoso es el de Lorena Bobbitt, una ecuatoriana a quien su esposo John violaba frecuentemente. En junio del 1993 John llegó borracho, como solía hacer, y violó a Lorena. Ella esperó que él se durmiera y le cercenó el pene. Luego se llevó el miembro y lo arrojó por la ventana mientras se daba a la huida. Pero recapacitó y se entregó ella misma a la policía. En el juicio, ambas partes estuvieron de acuerdo con que John sí abusaba constantemente de ella y que la violencia (física, emocional y sexual) contribuyó al incidente de junio. Posteriormente, John llego a ser una celebridad y hasta a salir en películas porno con su pene restaurado mientras que Lorena tiene el deshonor de ser distinguida con una mención en una canción de Arjona. Fíjese cómo usted supo inmediatamente quién es Lorena Bobbit, pero hasta leer este artículo, usted no tenía ni la más mínima idea de quiénes fueron Francisca Marquinez ni Cindy Gladue.

Durante el juicio por el feminicidio de Cindy, se reveló que Barton tenía un historial de búsqueda en internet que sexualizaba la violencia contra la mujer. El juez describió encontrar pornografía sobre “penetración extrema, tortura y vaginas extendidas”, pero esta evidencia no fue admitida en el juicio, porque fue obtenida ilegalmente por la policía. El abogado de Barton argumentó que, a pesar de que Cindy “había pasado una horripilantes últimas horas de vida”, el jurado no debería permitir que este factor tan grotesco “los envenenase” contra Barton. Y el jurado estuvo de acuerdo.

El daño que causamos cuando trivializamos la sexualización de la violencia contra las mujeres es gravísimo. Si alguna vez existió alguna línea que separara la violencia contra la mujer cometida dentro de los estudios de pornografía y la violencia contra la mujer fuera de ellos, los hombres misóginos la están borrando.
Hace poco, la actriz porno Nikki Benz interpuso una querella alegando que fue abusada dentro del set de grabación. A pesar de que ella había consentido a trabajar con Ramón Nomar, como co-estrella, en una grabación, el director Tony T. insistía en adentrarse en las escenas, como si fuese un actor, y participaba en los abusos contra Nikki. Ella alega haber pedido que pararan la escena en múltiples ocasiones, pero la ignoraran, mientras Tony T. le gritaba “abre los ojos, perra. Abre tus malditos ojos”. Tuvieron que echar agua en las paredes para limpiarlas luego de que se habían manchado con la sangre de ella. La querella explica: “Tony T. grababa con una mano y con la otra ahorcaba a Benz. Nomar pisoteó a Benz en la cabeza. Entre Tony T. y Nomar, a Benz la golpearon, la abofetearon y la tiraron contra el piso y contra la pared”.
Pero Nikki Benz no está sola en esta experiencia. En abril, la también la actriz porno Leigh Raven detalló todo el abuso que sufrió en la industria. Y mientras abogamos para que este abuso se detenga, tenemos que hablar también sobre el impacto que tienen estas imágenes. Escribe Murphy:
“Cuando una industria está creando deliberadamente porno que busca mostrar mujeres siendo castigadas, mujeres sufriendo en diversas posiciones, mujeres con penes atrabancados en la garganta y que no pueden respirar, mujeres llorando y vomitando durante sexo oral, y mujeres siendo vilipendiadas verbalmente, en términos explícitamente misóginos, lo que importa no es solamente lo que está ocurriendo dentro del set. Igual de importante es que hay una inmensa cantidad de hombres alrededor del mundo que se están masturbando con esas escenas, esas ideas, esas palabras y esas imágenes”.

Vivimos en un mundo en que los deseos sexuales de los hombres son considerados más importantes que la vida de las mujeres. Nos tomara décadas desenredar el daño que esto le ha causado a innumerables niñas y mujeres cuyo dolor ha sido mercantilizado como un placer y “fetiche” inofensivo. Pero, si somos nosotras las humilladas, heridas y torturadas, entonces, ¿de quién es el fetiche? ¿De quién es el placer que está siendo justificado?
Antes de asesinar a la periodista sueca Kim Wall en agosto del año 2017, su feminicida Peter Madsen se jactó viendo el porno más feroz: snuff. Wall era una intrépida investigadora que fue a cubrir la noticia de un inventor excéntrico que había construido su propio submarino.

Debió ser un trabajo periodístico de pocas horas… pero Madsen convirtió el submarino en una cámara de tortura sádica. Escribe la también periodista Julie Bindel: “Madsen asesino a Kim Wall por placer sexual. Analicemos esto. Un hombre violó, torturó, desmembró y asesinó a una mujer por placer sexual. El mismo día que Wall se encontró con Madsen, él había buscado en internet ‘muchacha degollada agonizando’ y videos de mujeres a las que les cercenaban la garganta”.
Bindel habla sobre cómo cuando las feministas radicales de los 80 advertían sobre el sadismo en el porno y los problemas que conlleva sexualizar la violencia contra la mujer para mercantilizarla, las descalificaban (como siempre) y las acusaban de crear “un pánico moral” (también como siempre). Entonces buscaron expertos en efectos especiales, para que comprobaran si los videos de mujeres asesinadas en el porno snuff eran reales o si eran de mentira. Los expertos terminaron verificando que no había ningún tipo de truco de cámara. Lo que pasa es que para esos videos buscaban mujeres sin techo o prostituidas, lo cual las hacía pasar por desapercibidas incluso para los defensores y las defensoras del porno en la izquierda. Pero las asesinadas eran mujeres muy de verdad, torturadas para satisfacer un placer sádico bastante real.

Explica la investigadora:
“Yo he visto el tipo de porno que a Madsen le gusta. En los 1980’s, me reuní con activistas anti-pornografía, periodistas y expertos en efectos especiales para ver una película de porno snuff. Uno de las activistas había ido a una tienda de porno en Inglaterra y había pedido que le buscaran “algo bien extremo”. El dueño de la tienda le dio una grabación de una mujer suramericana siendo violada, torturada y asesinada. Vimos como le cortaban la mano con un serrucho estando ella viva. Incluso los reporteros de crímenes más duros tuvieron que salir de la sala para ir a vomitar. Las feministas se quedaron”.
Las feministas radicales siempre tienen que quedarse a limpiar el desastre que causa lo que para mucha gente son debates filosóficos abstractos.
No podemos nunca olvidar a Lynette Daley en Australia. Una mujer aborigen de 33 años, Lynette tenía siete hijos e hijas. Su familia tuvo que batallar durante más de 5 años para que sus feminicidas, uno de ellos su novio, Adrian Attwater, y el otro el amigo de su novio llamado Paul Maris, fuesen encontrados culpables. Ellos alegaban, como usted ya puede deducir, que Lynette murió accidentalmente durante el acto sexual. Fue, según el novio de Lynette describió a los paramédicos, “una noche salvaje”.

La última vez que la vieron con vida fue el 27 de enero del 2011. Durante el juicio, cuatro personas testificaron que los tres estaban ebrios cuando se montaron en una camioneta en ruta a una playa distante. El factor del alcohol es importante, porque los abogados pudieron alegar que, dado el altísimo nivel de alcohol que tenía en su sistema después de muerta, Lynette no puso estar lo suficientemente lúcida para tener ningún tipo de relación sexual. Este es un buen momento para recordarle a la gente que juzgaría a Lynette por haber estado bebiendo, que los hombres (en promedio) injieren muchísimo más alcohol que las mujeres y ustedes no nos ven a nosotras utilizando esa vulnerabilidad para estar desmembrándolos ni castrándolos.
Yo no voy a describir lo que esos dos hombres le hicieron a Lynette. Sólo diré que espero que algún día su familia encuentre consuelo en saber que su hija ya no está sufriendo.

Si las mujeres son seres humanos, y los seres humanos tienen la capacidad de sentir dolor, entonces resultaría imposible que una mujer permanezca indiferente, y mucho menos que “consienta”, mientras le realizaban daños que el médico forense describió como “más severos que los que causan los partos naturales prematuros”.

Los hombres habían explicado que ellos habían tenido un trió con Lynette, que en ningún momento ella había ni llorado ni gritado y que ella “colapsó” cuando fue a limpiarse la sangre de las piernas y a bañarse en la playa donde habían pasado la noche. Lo que se determinó eventualmente fue que ella murió desangrada mientras sus verdugos quemaban el colchón donde se cometió el crimen y que ellos esperaron horas antes de llamar una ambulancia o a la policía.
El caso fue abierto y cerrado casi inmediatamente en el 2011. Luego lo abrieron otra vez y lo volvieron a cerrar en el 2014. Tanto la policía como el médico forense pedían imputar a Attwater y a Maris pero los fiscales se rehusaban. Fue un reportaje de periodismo investigativo sobre el caso en mayo del 2016 que consiguió crear suficiente presión social y obligar a que se abriera una tercera investigación sobre por qué se había cerrado el caso en el 2014. Fue esa presión social que propició que, por fin, se sentenciaran a los dos hombres.
Estos son sólo algunos ejemplos. Cabe resaltar que algunos de estos casos terminan con el feminicida declarado no culpable. Otros, todavía están en proceso de apelación en las altas cortes. Uno que otro caso lo cierran declarando al perpetrador como inocente, sólo para abrirlo luego de que la presión social llegara al punto de ebullición. Muchos no llegan ni a los tribunales. Imagínense la turbulencia emocional que significa para cada familia esa indecisión por parte de la supuesta “justicia”.

Para la gente que piensa que la violencia contra la mujer puede ser una fantasía legitima, un feminicidio “accidental”, se convierte simplemente en un fetiche que salió mal. Pero para la familia de cada una de estas mujeres, eso es un trauma que nunca les va a abandonar.

Entre los detalles salaces, lo que me perturba es el dolor interminable que se asienta entre las familias de cada mujer. Mientras jueces y jurados descargan hombre tras hombre por asesinar mujeres mediante “actos sexuales consensuados”, las familias de las víctimas tienen que vivir con una realidad desgarradora.
Escribe la periodista Sharon Cohen para el Chicago Tribune:
“Durante los últimos cuatro meses, Ronggao Zhang caminaba al apartamento de su hija casi todos los días. Al principio él se paraba fuera, con la esperanza de que ella apareciera una tarde. Pero incluso luego de que a él le habían informado que ella había sido secuestrada y se presumía que estaba muerta, él continuaba su rutina. ‘Me trae paz y tranquilidad a mi corazón’”, explico Zhang en mandarín, a través de un traductor.
La hija de Zhang es Yingying Zhang, una académica china que se encontraba de intercambio en la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign. Ella fue secuestrada y se presume que asesinada por otro estudiante llamado Brendt Christensen. A él lo imputaron por secuestro y en el juicio, al ser sentenciado, se estableció que Christensen asesinó a Zhang “en una manera especialmente atroz, cruel y depravada, ya que involucró tortura o abuso físico severo de la víctima”. El historial de internet de Christensen mostró que recientemente había buscado términos como “fantasía de secuestro perfecto” y “como secuestrar”, en sitios de fetiches.

Para la gente que piensa que la violencia contra la mujer puede ser una fantasía legitima, un feminicidio “accidental”, se convierte simplemente en un fetiche que salió mal. Pero para la familia de cada una de estas mujeres, eso es un trauma que nunca les va a abandonar. La mamá de Yingying, Lifeng Ye, expresó sobre el secuestro de su hija:
“No sabemos dónde está, y yo no sé cómo pasarme el resto de mi vida sin mi hija. No duermo bien de noche… A menudo sueño con mi hija, que ella está aquí conmigo. Yo quiero pedirle a la madre del imputado, que por favor hable con su hijo y le pregunte qué fue lo que le hizo a mi hija. ¿Dónde está? Yo quiero respuestas”.
¿Cuántas mujeres más van a ser asesinadas? ¿Cuántas familias más serán destruidas? ¿Cuántas mujeres más tendrán que aguantar dolor y sufrimiento innecesario, para satisfacer el placer y el entretenimiento de los hombres? Una sola es demasiado.

La versión original de este artículo fue publicada en el portal feminista canadiense Feminist Current: https://www.feministcurrent.com/2018/04/22/dying-not-side-effect-sex/

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