Ni galantes, ni floreros

Ni galantes, ni floreros


Leo estos días artículos varios en los que sus autores, hombres y de derechas para más señas, muestran su contrariedad por algunas iniciativas que defienden el acceso de las mujeres a las mesas de expertos y tertulias de opinión. Hace unos días, un grupo de cincuenta señores, académicos y profesionales, suscribieron y se erigieron como impulsores del manifiesto «Académicos españoles por la presencia femenina en las Ciencias Sociales», que luego ha recabado más adhesiones y ha superado ya las 600 firmas. El compromiso es el de no participar en mesas redondas y eventos académicos de más de dos ponentes donde no figure al menos una mujer en calidad de experta.

Como complemento a este gesto de sus compañeros, acaba de nacer «Sí Con Mujeres», una plataforma formada por mujeres académicas de las ciencias sociales. Ellas se ofrecen como expertas para eventos académicos, para participar en plano de igualdad con los hombres. No es baladí este ofrecimiento, porque una de las excusas más recurrentes que esgrimen tanto medios de comunicación como las organizaciones de todo tipo de evento es la de falta de mujeres expertas. Pero, como bien dicen desde «On són les Dones», otro grupo impulsor de un manifiesto y de acciones por la paridad en el expertizaje, no hay excusa que valga para justificar la sobrerepresentación de los hombres en todo tipo de espacios y tribunas.

Antes surgieron otras voces, en representación de las mujeres de diversos sectores. En el de la cultura, por ejemplo, y entre otros, Clásicas y Modernas, que lleva años reclamando igualdad en el mundo de la cultura, o CIMA Mujeres Cineastas, en el del cine y el audiovisual.

Ante tanta demostración de hartazgo y reivindicación de derechos, no faltan las reacciones de los machistas que rebuscan en el saco de los argumentos trasnochados con barniz de modernidad. Uno de ellos es el de la «excelencia». Esto es, «la que vale, vale, y está. Y la que no, no está»Según esta máxima, las mujeres no estamos en los ámbitos de poder ni tenemos altavoces como los hombres porque no lo merecemos. Es decir, ¿porque somos inferiores? ¿me están diciendo que somos tontas? Éste es el mismo argumento que esgrimen los detractores -y detractoras, que las hay- de las cuotas. Lamentablemente, el techo de cristal existe. Ese techo invisible pero duro y muy difícil de romper porque está construido con siglos de machismo y cultura patriarcal como cemento armado. Un techo que se alimenta de ese poder ostentado mayoritariamente por hombres que eligen a hombres y casi nunca a mujeres como partenaires, como interlocutores o como expertos.

Otros se preguntan por qué no establecer cuotas de homosexuales o de inmigrantes, o de negros, dicen. Sencillo: las mujeres, las blancas y las negras, las homosexuales y las heterosexuales, las autóctonas y las inmigrantes somos la mitad de la sociedad. Y debemos estar correctamente representadas como lo que somos, sin ataduras ni tapones ni techos machistas que nos lo impidan. Y eso, que forma parte de la igualdad tan reivindicada y tan poco practicada aun en la actualidad, no lo vamos a conseguir las mujeres sin la solidaridad y la complicidad de los hombres que verdaderamente creen en ella.

Está claro que ese no es el caso de los columnistas que estos días están poniendo el grito en el cielo por la acción de los hombres expertos feministas. Parece que lo consideran una traición a su mundo de «machitos», a ese patriarcado que cada vez más está en cuestión. Confunde el culo con las témporas – con perdón- quien acusa de ser mujer florero a la que accede a un puesto o a una mesa de debate tras denostar las fotografías absolutamente maasculinizadas de sus antecesores. O el que confunde la justicia de la paridad con la galantería. Una vez más, utilizan el menosprecio a las mujeres que reivindicamos nuestro papel y representación en la sociedad para no bajarse de la poltrona y seguir impidiendo que la ocupemos otras.

La discrepancia, bien argumentada, forma parte del sano y democrático debate social e incluso político, aunque este último no esté dando buen ejemplo en los últimos tiempos. La descalificación, en cambio, ha sido y sigue siendo síntoma de la impotencia del machismo frente al auge reivindicativo del feminismo. Así que, por favor, señores posmachistas y caballeros de machismo rancio, esfuércense al menos en argumentar de manera creativa contra lo que ya es irremediable.

 

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