La lucha de las mujeres contra el orden divino

La lucha de las mujeres contra el orden divino

 

Una de las muchas cosas que me ha enseñado el feminismo en estos largos años de aprendizaje es que no es posible ponerse las gafas violetas sin tener conciencia no solo de las injusticias de género sino también de la larga historia de lucha de las mujeres. Justamente por ello caeríamos en un error si pensáramos que la ilusionante ebullición que estamos viviendo en la actualidad ha sido una especie de combustión espontánea y desconociéramos cuántos años, siglos, de lucha vindicativa y de construcción teórica han alimentado el salto cuantitativo y cualitativo que hoy celebramos.  Entiendo que deberíamos justamente aprovechar este momento gozoso para no solo trazar estrategias políticas que sean capaces de convertir el grito de las calles en unas nuevas reglas del juego, sino también para hacer una urgente pedagogía que permita superar prejuicios y que, además, haga justicia con la historia de un movimiento que todavía hoy sigue sin tener reconocimiento y autoridad en la memoria colectiva.

Siempre que le explico a mi alumnado alguna de las conquistas que nos han llevado a las actuales democracias intento que sean conscientes de los procesos de lucha que estuvieron detrás de ellas. De esta manera, cuando hablamos del derecho de sufragio intento que tomen buena nota de todo lo que deben, muy especialmente ellas, a las mujeres que incluso arriesgaron sus vidas y su integridad con tal de que la mitad de la Humanidad saliera de la minoría de edad a la que el orden patriarcal las tenía condenadas. Entiendo que es de justicia, y no solo científica, recuperar los nombres de las olvidadas, los rostros de las que continúan sin aparecer en los manuales, las voces de quienes se atrevieron a desafiar el orden establecido. Sin esa genealogía me temo que es imposible poner unas bases sólidas para que surja y se consolide una honda conciencia de género, ese primer paso necesario para asumir con todas sus consecuencias transformadoras el impulso del feminismo.

Por todo ello es tan recomendable una película como El orden divino, recién estrenada en nuestro país,  como hace un par de años lo fue Sufragistas. Y no tanto porque se traten de obras cinematográficas redondas, sino por lo que suponen de reconstrucción de los imaginarios, de documento pedagógico y también, por qué no decirlo, de emocionante ajuste de cuentas con una historia en la que ellas nunca fueron las heroínas. El orden divino nos cuenta la progresiva toma de conciencia de unas mujeres en un pueblecito suizo y su lucha militante por el reconocimiento del derecho de sufragio en un país que, aunque nos pueda parecer mentira, no reconoció a las mujeres como ciudadanas hasta 1971. Rodada con una estética que bien nos puede recordar a nuestro Cuéntame, y poniendo el foco en cómo lo personal es político siempre, la película nos muestra las reacciones defensivas de los hombres y cómo, todo un clásico en el patriarcado, el sistema se rebela contra los intentos por parte de las mujeres de revisar las bases del pacto de convivencia. Aunque el relato nos presente unos personajes muy esquemáticos y a veces maniqueos, y en general sus pretensiones didácticas vayan en contra de la seducción propia del lenguaje cinematográfico, El orden divino debe verse como una gozosa celebración de la sororidad, como la recuperación de esa parte de la historia de la Humanidad que siempre ha sido devaluada por conjugarse en femenino, como una necesaria vindicación de lo que muchas mujeres tuvieron que pelear contra un orden, ese que en nombre de los dioses hemos administrado siempre los hombres. Es imposible no empatizar con la protagonista, una mujer a la que poco a poco vemos conquistar su habitación propia, como con las que junto a ella no solo toman conciencia del lugar que les corresponde como ciudadanas sino también de todo lo que el patriarcado les había negado, incluido el reconocimiento y el goce de su propio cuerpo. Hay además un guiño tierno a una masculinidad que, tras las resistencias iniciales, acaba siendo cómplice y aliada. El marido de la protagonista bien podría ser ese eslabón perdido que muchos hombres ahora andamos buscando en nuestra tarea de revisarnos por dentro y transitar hacia unas identidades no tóxicas.

En estos días de mundial de fútbol omnipotente y omnipresente, de manadas que continúan provocando dolores y angustias, pero también de tantos motivos para el optimismo, El orden divino es una recomendable opción para quienes deseen ser conscientes del hilo que, a través de las generaciones, hace del feminismo un tapiz de alianzas indestructibles. Una lucha tejida de manera horizontal frente a la verticalidad de los pactos masculinos. Una admirable llamada al desorden que hoy por hoy continúa siendo el aliento más fértil que podamos imaginar para la dura tarea de completar la imperfectas democracias que habitamos.

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