Comunicación sin empatía en la cultura de la violencia

Comunicación sin empatía en la cultura de la violencia

Qué importancia tienen las formas en el entendimiento humano y qué poco reflexionamos sobre ellas. El otro día un amigo preguntaba: ¿qué hace que alguien conteste airadamente a una pregunta que se hace desde el respeto? Para verlo más claro, démosle la vuelta a la pregunta: ¿se puede producir una reacción defensiva sin estímulo previo?

Parece ilógico que una persona pueda reaccionar de esa forma si no se ha sentido atacada, pero tampoco es necesario que la provocación sea consciente para que haya violencia en la respuesta. Entonces, ¿qué conlleva el estímulo que genera violencia? Puede ser simplemente un contexto, una asunción o una actitud que hagan que la otra persona se sienta cuestionada en su ego: una pregunta tan neutra, como ¿Recogiste tu cuarto? Puede provocar una airada respuesta: ¿Otra vez me preguntas eso? El contexto o el historial previo influyen pero, lo que no tiene vuelta de hoja es que si nos comunicamos con violencia, generamos violencia, expresa o contenida pero difícilmente estaremos fomentando el entendimiento y la apertura.

En el caso de los artículos de Beatriz Gimeno sobre la necesidad de empatía en las relaciones sexuales y la respuesta a este de Loola Pérez, que tanto debate han provocado, veo un ejemplo de manual de cómo influyen los modos en la calidad de la comunicación. Sin querer entrar en el fondo, lo que me preocupa es el tremendo debate que han generado y que considero en gran medida estéril, puesto que lo único que se ha conseguido es la polarización de las posiciones. Mi intención es solo utilizar este ejemplo para poner de manifiesto las fórmulas comunicativas que utilizamos, casi siempre, de forma inconsciente.

El titular de Gimeno es afirmativo: «Sexo y empatía. Las bases éticas del follar». Es el título de un estudio o de un manual de instrucciones, que desarrolla una teoría basada en conceptos amplios y complicados sobre los que no hay un consenso cognitivo en nuestras cultura, y que facilitaron la generación de un debate paralelo sobre ellos. Leyendo el articulo, el tono cambia con respecto al título: encontramos preguntas, invitaciones a la reflexión y dudas. Pero el tono del texto se puede resumir en la última frase: «Así que creo que toca, sí, comenzar a exigir a los hombres comportamientos éticos también en el terreno de la sexualidad, lo que en definitiva no es más que asumir y contemplar la plena humanidad de aquella(s) con quien(es) se folla.» La autora, tras una reflexión, habla en primera persona de la conclusión a la que ha llegado. En el tono se nota su necesidad de encontrar una solución a una situación que le indigna.

El titular del artículo respuesta es: «Follar con empatía, otra lección puritana que se disfraza de feminismo». Salta a la vista una actitud de defensiva en la que la autora manifiesta su molestia con la tesis y la posición de influencia de Gimeno y -también- el desacuerdo general con cierta línea feminista. El artículo de Pérez está lleno de argumentos y, también, de una carga de agresividad importante, porque el mensaje implícito: que a Pérez le molesta el tono asertivo de Gimeno y que no está de acuerdo con su tesis, lo comunica convirtiendo a la segunda en objeto de sus juicios y desvalorizaciones: Gimeno da lecciones (otra vez), es puritana y su feminismo es una máscara. El resto del artículo sigue utilizando las formas propias del lenguaje violento: calificativos, juicios, ironías, exageraciones, vaticinios, interpretaciones, victimismo…

Estos son solo algunos ejemplos que recorren el texto de principio a final: «lejos de abdicar, las vacas sagradas del -ismo de moda»; «me pregunto sobre qué será lo siguiente»; «¿No suena esto sumamente ridículo?»; «contemplo cómo la estupidez convive, sin pudor, con el puritanismo en este renovado discurso»; «lo rancio ahora es progre»; «la élite feminista adquiere cotas de nuevo catecismo»; «En el otro lado, habitamos las malas, las malas feministas: las que…»

El artículo de Pérez está lleno de argumentos y, también, de una carga de agresividad importante, porque el mensaje implícito: que a Pérez le molesta el tono asertivo de Gimeno y que no está de acuerdo con su tesis, lo comunica convirtiendo a la segunda en objeto de sus juicios y desvalorizaciones

La respuesta de Pérez argumenta libre y legítimamente su tesis pero esto no es suficiente para ella. De forma probablemente inconsciente necesita descalificar y ridiculizar a las personas que opinan de otra forma. Tras leer en Twiter cómo manifestaba su decepción por no obtener réplica de Gimeno, supongo que proponerle una comunicación empática como hacía Marshall Rosemberg, el psicólogo experto en comunicación no violenta y resolución de conflictos, no tendría mucho éxito.

Esta cultura en la que nos hemos construido como personas invisibiliza la violencia que ejercemos diariamente en todos los ámbitos de nuestras relaciones. Nos parece normal, por ejemplo, comunicarnos desde estos niveles porque así hemos sido tratados desde niños por los adultos. No nos han enseñado a atender ni entender nuestros sentimientos y necesidades personales y, por eso, cuando nos sentimos mal respondemos con agresividad. Aprendimos a responsabilizar a otras personas de nuestro dolor y, también, de nuestra alegría. La lógica de que la solución no pasa por reconocer nuestra necesidad y hacernos responsables de satisfacerla, sino en inferir daño a quien achacamos la responsabilidad de esa insatisfacción.

En el último párrafo de su artículo Loola Pérez escribe: «Evidentemente hay más, mucho más: detrás de la crítica y la disidencia feminista prolifera una actitud constructiva y comprometida.» Por eso mi artículo invita a quien tenga preocupación por estos temas, a reflexionar sobre cómo afectan nuestros aprendizajes culturales: la violencia y la competitividad, al éxito del entendimiento y la consecución de consensos que, a fin de cuentas, es lo que nos permite avanzar.

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