Reeditan «A instancia de parte», la novela con la que Mercedes Formica puso en jaque el poder absoluto de los maridos

Reeditan «A instancia de parte», la novela con la que Mercedes Formica puso en jaque el poder absoluto de los maridos

A instancia de parte y dos obras más

La editorial Renacimiento, en su colección “Espuela de Plata”, ha devuelto a las librerías la novela A instancia de parte de Mercedes Formica (1913-2002), la escritora y abogada gaditana que denunció la alarmante situación jurídica en la que se encontraban las mujeres españolas del pasado siglo.

Publicada en 1955 y galardonada con el premio Cid de la Cadena SER, en sus páginas se plasma, concretamente, el problema del adulterio, castigado solo en el caso femenino, y el infierno que soportaban las mujeres acusadas de ello, al sumarse, a las consecuencias que acarreaba el delito, la humillante figura del depósito de la mujer casada, un precepto legal que se activaba cuando un matrimonio se quebraba, y que había existido desde siempre –también se mantuvo en la Ley de divorcio de 2 de marzo de 1932–. En este sentido, la mujer pasaba a residir en un convento de arrepentidas, en el caso de la adúltera, o en un domicilio asignado por el marido, padre, hermano o tutor, alejado del que había sido su hogar (“la casa del marido”), bajo tutela de un depositario y con la consiguiente pérdida de bienes y de los hijos, sin tener en cuenta que, quizá, pudiese ser inocente.

Estamos ante una novela singular que colisionaba con el discurso que la Sección Femenina propagaba para la mujer española

La inocencia de la mujer era una cuestión que no importaba, puesto que, para aquella mentalidad, era un ser mezquino, mentiroso por naturaleza; por eso, el marco legal impedía, entre otras cuestiones, que fuese testigo en testamentos o que ejerciera los cargos de tutora o protutora; es decir, era el resultado de la misoginia encasquillada en una sociedad eminentemente conservadora que relegaba al sexo femenino a la inacción.

Por ejemplo, adúlteras podían ser todas las mujeres casadas de aquella España, ya que, como constata A instancia de parte, si el marido quería deshacerse de su esposa, se diseñaba un escenario, con la ayuda de algún cómplice, en el que hubiera una cama deshecha, vino, dulces, y todo aquello que diese la apariencia de haberse producido un encuentro amoroso, para que se levantase acta y, celebrado el juicio, se condenase a la “adúltera” a prisión menor, sin considerar las pruebas que esta pudiese aportar para justificar su inocencia. Lo escandaloso era que este maquiavélico plan era de sobra conocido entre los hombres; en cambio, las mujeres solo llegaban a tener conciencia de la trampa cuando era demasiado tarde, cuando ya habían sido denunciadas. La novela expone citas tan valientes como: “La ley es una trampa dispuesta para que caigamos en ella las mujeres” o “Los jueces se dejan llevar por las apariencias”, que revelan el espíritu combativo con el que fue confeccionada. Por ello, necesitó dos informes de censura para obtener la aprobación pertinente.

Estamos ante una novela singular que colisionaba con el discurso que la Sección Femenina propagaba para la mujer española, basado en recalcar la supremacía masculina y hacerla palpable en todas las esferas de la vida, pública y/o privada, puesto que dicha organización se mostraba convencida de la escasa o nula valía de la mujer como ser humano, de ahí que fuese relegada a papeles irrelevantes o asistenciales. Y, por tanto, en el matrimonio, en la sagrada parcela de la privacidad, la mujer era una mera servidora empeñada en hacer grata la existencia del marido, y tenía que soportar cualquier muestra de abuso que este, como dueño y señor de su existencia, quisiese realizarle. El testimonio literario de Formica deja ver, precisamente, esta hegemonía de los hombres sobre las mujeres y su reflejo en las leyes, las cuales, no en vano, habían sido elaboradas por y para ellos.

Por otro lado, A instancia de parte contribuyó a que se efectuase la reforma del Código Civil, y de otros cuerpos legales, que la abogada había impulsado, a través de artículos, entrevistas y conferencias, a principios de los años cincuenta, y que tuvo su recompensa cuando el 24 de abril de 1958 se modificaron más de sesenta artículos. Llegó a entrevistarse personalmente con Franco. Por iniciativa del abogado Antonio Garrigues, esta reforma –la primera llevada a cabo para incluir derechos para las mujeres desde la promulgación del Código Civil en 1889– fue denominada “la reformica”, en un simpático juego de palabras con su apellido. Entre otros aspectos, se suprimió el depósito de la mujer y, por consiguiente, la casa del marido pasó a ser el domicilio conyugal, de forma que la mujer, en caso de solicitar la separación, podía quedarse en ella; la mujer pudo ejercer como testigo en testamentos y desempeñar los cargos de tutora o protutora, y, en relación con la novela, el adulterio “de cualquiera de los dos cónyuges” fue considerado causa de separación (aunque seguía siendo delito).

Como estímulo para los lectores, junto a esta obra, también se publican, en el mismo volumen, la novela corta Bodoque, publicada en Escorial entre 1944 y 1945, que despertó los elogios de Ortega y Gasset, al descubrir en ella sus ideas sobre la novela, y el cuento “La mano de la niña”, que se divulgó en la revista Clavileño en 1951. En ambas producciones se vislumbran las consecuencias que padecían los hijos ante la aplicación de una ley injusta que, en casos de separación, les obligaban a vivir alejados de parte de su familia, generándose lagunas insalvables. Se tratan, en conjunto, de producciones que muestran la cercanía de la autora con los más vulnerables, en aquella época, niños y mujeres, y su interés por cambiar su situación.

Por tratarse de una mujer avanzada para su época, el nombre de esta rara avis de la posguerra (jurista, novelista, ensayista, articulista y editora de publicaciones culturales) se encuentra ya inmortalizado en una calle de Madrid, en el distrito de Salamanca, tras haberlo aprobado el Comisionado de la Memoria Histórica del Ayuntamiento de esta ciudad, una decisión que causó sorpresa por darse a conocer al poco de que, en su ciudad natal, el equipo de gobierno municipal (Por Cádiz Sí Se Puede y Ganar Cádiz en Común) retirase el busto que tenía a las puertas del Centro Integral de la Mujer, en la céntrica Plaza del Palillero, por su vinculación falangista (anterior a la Guerra Civil) y, según se argumentó, por ser fiel a la obra de Franco y al modelo de mujer del régimen. Palabras que fueron calificadas por los grupos de la oposición y algunas personalidades de la cultura de sectarias y alejadas de la verdadera personalidad evolucionista de Mercedes Formica, al haberse obviado, además, el ingente trabajo realizado en materia de igualdad en un tiempo tan difícil como el franquismo.

Es tiempo de volver a leer a esta intrépida jurista y quedarnos con lo que nos une a todos, es decir, con la mujer que supo lanzar una voz en el silencio para abrir las puertas al camino de la igualdad, como hacía cada vez que se asomaba el balcón de su casa madrileña, arriba del Gijón, donde tenía su propio bufete especializado en mujeres víctimas de violencia. Josefina Carabias la definió como “la mujer que puso el dedo en la llaga”, a raíz de la publicación, el 7 de noviembre de 1953, en ABC del artículo “El domicilio conyugal”, tras tres meses retenido por la censura, con el que la gaditana iniciaba su campaña para transformar una serie de leyes machistas, y que debería ser un documento referencial en la Historia del feminismo en España. A este respecto,

Josefina Carabias la definió como “la mujer que puso el dedo en la llaga”

Carabias señaló que el revuelo que originó el escrito de Formica solo podía compararse al del célebre “¡Yo acuso…!” de Zola. Pocos saben que fue ella quien realizó, de forma entusiasta, la primera recensión de El segundo sexo de Simone de Beauvoir en nuestro país, en los albores de los cincuenta, para la cual tuvo que batallar, nuevamente, contra la censura. Una circunstancia insólita, ya que, aparte de que se trató de un libro de difícil circulación, al estar prohibido por el Vaticano –se introducía de forma clandestina desde Francia; así le llegó a Formica–, era el testimonio que se contraponía con mayor claridad a las consignas emitidas por la Sección Femenina.

En la recensión, Formica lanzaba esta osada pregunta: “¿Quién se atreve a decir a la española de hoy: limítate a hacer calceta o a guisar tu comida?”. Todavía más insumisas con la situación resultan las siguientes palabras, en las que se demuestra su actitud feminista (aunque no se pudiese ni mencionar dicho término en la época, salvo para denigrarlo): “Es cierto que no podemos presentar con nombres de mujer una nómina de genialidades tan numerosa como la ostentada por los hombres. Pero no es menos evidente que el genio sale de la masa, no de la minoría, y la masa femenina en este instante, gracias a la política obstaculizadora del hombre, permanece, en gran parte, sin cultivar, sin cultivar las posibilidades de una formación. No sería justo, por tanto, exigir a unas contadas generaciones de mujeres el mismo rendimiento ofrecido por el hombre a través de toda la historia de la humanidad”. Asombroso. ¡En plena dictadura! Lamentablemente, su figura solo ha recibido oscuridad, injurias y olvido. Como si no hubiese existido.

A Mercedes Formica le aterraba la idea de la poeta griega Safo acerca de la muerte absoluta de la persona por inexistencia en ningún recuerdo: “Muerta, serás completamente sepultada; ninguna memoria quedará de ti, y la posteridad ignorará tu nombre”. El rescate de su obra, la calle de Madrid y la próxima aparición de su biografía ayudarán a que la posteridad no ignore su nombre.

 

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