ELLA Y LA MANADA

ELLA Y LA MANADA

 

Mercedes Ortega

La manada está cazando. Compuesta por 5 jóvenes machos fornidos transita vigilante por la noche cálida de la ciudad en fiesta. El macho alfa, el líder, localiza la pieza: una chiquilla sola un poco adormecida por el alcohol como tantos a su alrededor. Se acerca a ella y evalúa sus posibilidades. Desorientada, sola, seguramente visitante como ellos mismos, frágil. Se levanta y le hace un gesto al novato en fase de iniciación. Este substituye al líder y inicia un ritual de cortejo. Sin estridencias, la despunta de la multitud y se alejan. Los demás les escoltan. Recorren calles cada vez más apartadas del gentío fiestero buscando un lugar tranquilo, escondido. Tras algún fracaso el líder escoge: una vecina abre un portal y, rápido, mantiene abierta la puerta para que los otros cuatro introduzcan a la pieza aturdida y sumisa. La desvisten lo imprescindible con presteza y…

Ella cierra los ojos, no dice nada, permanece inmóvil consintiendo automáticamente las manipulaciones, colaborando con sus captores. La manada está en un estado de excitación máximo. Dejan constancia de su hazaña grabando las actuaciones de cada uno de sus miembros, Satisfechos, abandonan el portal. Uno de ellos roba el teléfono de la pieza y lo inutiliza arrancando la tarjeta y pisándola. Se va también. Silencio. La chiquilla abre los ojos. Dolorida, desubicada, avergonzada, sucia… localiza su ropa, se viste mecánicamente y sale a la calle. Tiene los ojos llenos de lágrimas y el cerebro embotado. Topa con un banco y se desploma sobre él. Llora en silencio. Rota.

La manada deambula feliz. Cuerpos saciados, alardean por teléfono ante otros miembros potenciales.

Una pareja la encuentra y avisa a la policía. Ella recuerda con dificultad detalles de la anatomía de alguno de sus atacantes… Rememora… hay enormes agujeros en el recuerdo y, además, recordar es una tortura y las lagunas bienhechoras dulcifican el trance. La policía insiste. Imágenes, sonidos y olores de lo ocurrido vuelven a su memoria en una secuencia temporal imprecisa. Ella no puede saber que ese relato inconexo producto de angustiosos descensos a los infiernos en apneas infinitas acabará siendo utilizado en su contra. Ella no puede saber que su mansedumbre y su aquiescencia que, junto a la relajación propiciada por el alcohol han reducido las lesiones físicas serán interpretadas como consentimiento cuando no, como disfrute y alegre participación en una orgía de sexo duro.

Ella nunca imaginó cuando, tras vencer el miedo y la vergüenza, tuvo el coraje de denunciar que, el trío de hombres (uno de ellos mujer) sabios y buenos, garantes de la interpretación de la ley, el pacto social que debía protegerla contra ultrajes como el sufrido, dictaminaría que su falta de arrojo y gallardía, su poco heroico comportamiento, la harían merecedora de una lapidación en forma de sentencia: no era trigo limpio, le iba la marcha, había jugado con fuego y se había quemado. Así de simple.

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