Cecilia rebelde e inconformista, razonó a contracorriente

Cecilia rebelde e inconformista, razonó a contracorriente

Roberto Jiménez. Valladolid, .- El Pardo (Madrid), su lugar natal, y Colinas de Trasmonte (Zamora), donde se ocultó para siempre la cantante y compositora Cecilia, encierran una biografía donde persona y artista se confunden en una mixtura de talento y carisma que delatan sus letras, recopiladas ahora en «Cancionero» (Visor de Poesía).

Muy lejos de la imagen vulnerable, delicada e inerme que pudiera transmitir, Evangelina Sobredo Galanes -Eva para los más afectos y Cecilia en los escenarios- «no era tan tímida como pareciera, pensaba mucho y de forma constante, era muy exigente y nada fácil: toda una líder, ha resumido Teresa Sobredo, su hermana.

Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Rafael Alberti y Valle-Inclán, dispares en el tiempo, pensamientos y escrituras, fueron algunas de los libros de cabecera de una niña inquieta, adolescente bulliciosa y artista en permanente agitación intelectual, dentro de una carrera en incesante contrarreloj como si presintiera su breve biografía.
«Fue una persona muy precoz. En general se adelantó a su época porque tenía una capacidad creativa genial. Era una artista tremenda en todos los terrenos, siempre pensando en qué hacer», ha evocado Teresa Sobredo, doctora en Filosofía Árabe en la Universidad Complutense de Madrid e investigadora académica para numerosos centros.

La ecología, el feminismo, el urbanismo sin control y las injusticias sociales merodearon sus canciones como una profeta del siglo XXI durante los últimos años del franquismo, dueña de un mensaje que no fue sino «una llamada de atención a una sociedad cansada pero necesitada de cariño», apunta por su parte el etnógrafo y musicólogo Joaquín Díaz en el prólogo de este «Cancionero».
«No sólo sabía contar historias, relatos en los que ella misma o su mundo estaban presentes, sino que usó las palabras con maestría para crear absurdos o imágenes abstractas a las que desde luego contribuían su habilidad y su curiosidad por el lenguaje cotidiano, pero también la casualidad o el hallazgo fortuito y afortunado en el que sólo los poetas incurren», añade Díaz en la introducción.

La ecología, el feminismo, el urbanismo sin control y las injusticias sociales merodearon sus canciones como una profeta del siglo XXI

Surge así el venero lírico que impregnó las letras de sus canciones y que han merecido la categoría de poesía como ha reconocido la colección que Visor destina a ese género, una de las más prestigiosas del ámbito editorial hispano.
Su educación anglosajona le confirieron esa modestia y autocontrol de que hacía gala y sólo captaban los más próximos porque ella «era muy discreta pero de ningún modo idiota, se daba cuenta de que era una artista y de que iba por delante», ha precisado la más pequeña de los nueve hermanos de la familia.

Mística sin religión, como todos los filósofos, Cecilia razonó a contracorriente, rebelde e inconformista, en temas como «Dama, Dama», donde radiografió a la alta sociedad; «Un ramito de violetas», que en principio fue un relato breve y transformó en un poema cantado donde hizo gala de un romanticismo «pero con enigma»; y «Llora», su personal visión del papel de la mujer entonces.
Cecilia, seducida también por la cultura árabe durante su etapa en Jordania, donde estaba destinado su padre -marino, diplomático y alto funcionario del Estado-, defendió su integridad artista del sesgo comercial de las discográficas, convencida como estaba de que sus canciones «estaban hechas para más largo plazo», agrega Teresa.
«Si se hubiera sometido a la moda del momento, hoy no sería recordada», ha observado su hermana acerca de la vigencia de un mensaje que Joaquín Díaz, su descubridor y primer impulsor, ha ampliado aún más.
Evangelina «hizo uso de todos los elementos que significan a una intérprete y de le dan identidad propia: el amor al sonido que confiere sonido a nuestra vidas, el placer de transformar la imaginación en eco, la adecuación del sonido al texto, el uso de la intencionalidad como recurso, la decisión en la emisión de su voz, y la colocación de la palabra en la boca y del cuerpo en el espacio».

Esa es la razón por la cual en 2018, a los setenta años de su nacimiento y más de cuarenta de su fallecimiento a los veintisiete de edad, su obra «ha ignorado el paso del tiempo y se muestra todavía razonó a contracorriente, rio de los grandes mitos», concluye Díaz desde su mirador en Urueña (Valladolid).

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