¿Las feministas lo seguimos haciendo mal?

Impresionada por el éxito de los fastos de la semana del Orgullo Gay de 2017, Lidia Falcón se preguntaba al cabo de los días en tónico irónico (casi sarcástico), qué habíamos hecho mal para que las mujeres no celebrásemos una semana del Orgullo Feminista con tal dispendio de presupuesto económico y de marea ciudadana participando. Con un sutil sentido del humor cuestionaba al Movimiento Feminista por no contar con semejante apoyo, porque no podía imaginar que ni los políticos del Ayuntamiento ni de la Comunidad de Madrid, incluso los propios partidos que gobiernan, o los de la oposición, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras: “no defiendan la igualdad en derechos y oportunidades de los hombres y las mujeres, el fin de la violencia machista, de la marginación de las mujeres en la economía, la política, la cultura.”

A mi me impresiona cuando esta ironía cambia de registro y se vuelve crítica textual: las feministas hacemos las cosas mal. Por supuesto, no me estoy refiriendo a los debates que la reflexión feminista, como todo movimiento político y de ideas, realiza de continuo a través de los distintos grupos que lo conforman para evaluar su posición, sus estrategias o sus tácticas políticas. Ni tampoco aludo al caso de personas que recién descubren la existencia del movimiento feminista, pues algo se tienen que decir para justificar por qué hasta ese momento no se habían preocupado del conflicto que denuncia este movimiento. Sin embargo, sí que me sorprende cuando escucho esa crítica a mujeres que se definen como feministas.

¿Sucede entonces que las feministas nunca metemos la pata? Por supuesto que sí, muchísimas veces. Pero mi reflexión se plantea, más que ante una disposición crítica, sobre un hecho concreto en un momento preciso, ante la actitud de queja universalizada contra el feminismo (desde el interior del movimiento). Queja que estaría caracterizada principalmente por: 1) su procedencia subjetiva (fruto de la propia experiencia quejosa: yo he visto, he oído…); 2) la mayor de las veces se presenta en tono generalista dónde es cuestionado todo el movimiento o una gran parte de este (del tipo que irónicamente alude Lidia Falcón) y 3) es sobre todo fruto de la ocurrencia, por lo que no se detiene en una reflexión argumentada con cierto rigor, al menos a tenor de lo atacado.

Hace unos días Raquel Rosario Sánchez firmaba en este mismo medio un artículo titulado: “Invisibilizar el sexo+universalizar el género= destruir el feminismo”. Por si solo el mismo título pasaría a engrosar la forma queja universalizada: “las feministas hacemos las cosas mal”. Sin entrar en mayores detalles del texto, pues el propio título da sobrada cuenta de la tesis que sostiene la autora, me detendré en un breve comentario crítico sobre la hiriente simplificación con la que trata la destrucción del feminismo a partir del uso del término género.

No es mi intención hacer una defensa del empleo del vocablo género (por supuesto que yo prefiero utilizar la palabra feminismo) cuánto denunciar que este, a mi modo de ver, no es el problema principal que acucia al feminismo tanto como para su aniquilación. El conflicto que denuncia el feminismo: la dominación masculina es socialmente tan relevante y de tal complejidad y envergadura que no puede quedar simplificado a pensar que un tratamiento de base semántica puede dotarle de las claves, o no, tanto para el éxito como para su fracaso. El tratamiento sería de una ingenuidad tal como pensar que cualquier batalla es producto de una carencia informativa de alguna de las partes contendientes o de ambas. Tan simples no son los conflictos humanos.

Siguiendo el desarrollo del texto, la autora llega a afirmar: “este enmarañamiento que confunde el sexo con el género no es ninguna coincidencia. Es una confusión fomentada intencionalmente para que las mujeres y niñas no alcancen su liberación del yugo patriarcal jamás” de aquí se puede colegir sin gran esfuerzo que basta con cambiar los términos empleados, como la autora propone, para casi alcanzar la liberación del patriarcado. Insisto, me temo que el asunto no es tan sencillo. El movimiento feminista afortunadamente asume que sus propuestas de emancipación no son de receta única. El único lazo que une al conjunto del movimiento –en tanto no es discutido ni discutible- es la certeza del sometimiento de las mujeres por los varones. Cómo conseguir superar esa relación de fuerza es la pluralidad de métodos, estrategias y tácticas que cada grupo o tendencia dentro del movimiento piensa como más propicio. Justamente esta diversidad de vías hacia lograr el cambio (entre otras) es lo que diferencia un movimiento político del partido único.

Apostar por inculpar a un término lingüístico del desafío feminista o quedarse estrictamente en terrenos semánticos complica bastante la posición de esta autora para hacernos llegar su propuesta feminista. Si afirma que “el lenguaje de género es una manera despolitizada de hablar sobre feminismo”, difícilmente podrá explicar por qué la iglesia católica, que ha “aceptado” últimamente la palabra feminismo, (en tanto reconoce, por ejemplo, las discriminación salarial de las mujeres) por el contrario demoniza la ideología de género tildándola como el mayor de los males actuales que amenazan el discurrir de toda la humanidad ¿No es suficiente acto político el que haya sido la iglesia católica la divulgadora de ese constructo ideológico denominado ideología de género, el cual le aterra? ¿Por qué esta institución religiosa alerta con tanto énfasis del peligro de la ideología de género? ¿Nos deshacemos del género?

A finales de los años noventa en España algunas profesoras universitarias comenzamos a utilizar el término género en sustitución de feminismo justamente para abrir un cauce institucional al feminismo que hasta entonces no era considerado prácticamente materia de estudios universitarios. De sobra conocíamos que el significado en español de sexo incluye también el concepto de género. Sin ir más lejos en todos los cuestionarios de las encuestas (en español) el término empleado ha sido y es sexo, cuando se quiere conocer (hoy diríamos) el género. Además éramos conscientes de que el conflicto social se llamaba dominación masculina. Sí que es cierto que también desde los inicios de los años noventa en el campo de la teoría feminista se inició todo un debate, hoy todavía abierto, en relación al sexo y/o género. Debate que ha supuesto y supone casi un campo de conocimiento por sí mismo y que dadas las dimensiones que ha tomado me costaría simplificarlo en un artículo divulgativo.

Por lo tanto, el por qué de esta elección, preferir género a feminismo, en el caso de los títulos de los programas de estudios universitarios, se justifica exclusivamente en términos de estrategia política universitaria. En aquellos días en los que había que llamar a la puerta de la institución para que nos reconociesen el derecho a investigar y estudiar las relaciones entre mujeres y varones no fue ni sencillo ni fácil que nos “acogiesen”. Nuestra opción fue emplear el vocablo género en tanto este no estaba connotado políticamente como sí lo era feminismo, y justamente ese desconocimiento por parte de los académicos varones sobre qué era esa cosa llamada género y nuestra justificación en la existencia de estos estudios universitarios en algunos países de Europa y Estados Unidos, permitió que no se vetasen las primeras propuestas de programas de doctorado. Programas que luego se ampliarían también a los estudios de máster, con la entrada en vigor del Espacio Europeo de Educación Superior, más conocido como Plan Bolonia.

Concluyendo, quiero que sirva esta reflexión como alerta hacia las ocurrencias que asaltan el campo del feminismo. Por supuesto que toda reflexión crítica es obviamente necesaria y vital, no sólo para contrarrestar los envites del patriarcado sino también para aprender y estimular los dispositivos de acción del movimiento. Sin embargo, recomiendo tener cierta precaución ante los primeros impulsos, tanto sean de índole teórico como práctico, e intentar sobre todo evitar la queja generalista dónde es cuestionado todo el feminismo o una gran parte de éste a partir, como en el ejemplo comentado, del cuestionamiento de un término. Los términos lingüísticos pueden ser peligrosos, incluso dividirnos a quienes viajamos en el mismo barco, para librarnos de esa tentación propongo tener siempre presente esta reflexión de Lewis Carroll:

Cuando yo uso una palabra – dijo Humpty-Dumpty con un tono burlón – significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.
– El problema es – dijo Alicia – si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
– El problema es – dijo Humpty-Dumpty – saber quién es el que manda. Eso es todo.
Alicia a través del espejo.
Lewis Carroll

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