Disfrazarse de valiente

Disfrazarse de valiente

A dos cuadras de mi casa están construyendo un edificio nuevo desde hace aproximadamente tres meses. Por ende, desde hace tres meses, cada vez que paso por el lugar de construcción me veo sometida a la rutinaria serie de comentarios machistas por parte de los obreros del lugar (aunque «comentarios» sería una denominación muy generosa…y ni hablar de «piropos»).

Tanto para mí como para un alarmantemente alto porcentaje de la población femenina, este tipo de acotaciones denigrantes se naturalizó hasta tal punto que la mayoría de nosotras ya casi ni siquiera reacciona.
Esa sensación de pánico y asco desmesurado que sentías cuando esta secuencia comenzó a ocurrirte desde chica fue muy fuerte, pero con el paso del tiempo te «acostumbraste».

Para gran parte de nosotras, esa intransigente llama vivaz conocida como inocencia fue bruscamente apagada por el suspiro de algún borracho al que le fue imposible poder contener el deseo de expresar (con lujo de detalles) sus fantasías sexuales. Fantasías que surgieron de un acto tan simple como la contemplación (porque eso es lo que hacen, contemplar) de la parte de nuestros muslos que no estaba cubierta por la pollera del uniforme escolar.

Hay guerreras que, en vez de quedarse a observar la consumación del fuego, decidieron salvar aunque sea la más mínima chispa que pudieran encontrar. Esta chispa se convirtió, con el tiempo, en el motor que las impulsaría a hacerle frente a sus opresores.

Ellas no cruzan la calle cuando ven que se aproxima una congregación de machos que, muy probablemente, culminará en alguna grosería. Ellas siguen caminando por la misma cuadra, con la frente en alto y un nudo en la garganta (porque el miedo puede disminuir, pero nunca desaparecer). Y si se cumple la profecía de tener que ser receptoras de alguna observación desagradable, tienen una respuesta preparada que puede ser elaborada o basarse en un simple «¿por qué mejor no te vas a la concha de la lora?»

Yo nunca fui de esas personas. El centro de mi pecho es un lugar tan frío que me hace dudar de la existencia de una llama primitiva, esperando a ser apagada. Mi respuesta ante abusos de ese tipo siempre fue el silencio, con alguna que otra mueca. «Si no lo veo, no es real. Si no lo veo, no es real»… ¿no?

Desde ya, déjenme decirles que mi táctica no funciona. Sigue siendo completa e innegablemente real.

Así que la semana pasada intenté hacer un experimento y disfrazarme de valiente.Tenía que ir a la oficina donde trabaja mi viejo y la parada del colectivo que me dejaba más cerca estaba exactamente al frente de la obra de construcción cerca de mi casa. Lugar donde repetidas veces había sido atosigada, sin importar el tipo de vestimenta que tuviera puesto: uniforme, vestido, pantalón, ropa de gimnasia, bolsa de papa, etc.

Mi armadura de guerrera consistió (en mi caso, sólo en mi caso y nada más que en mi caso) en unos zapatos con taco y una pollera que marcaba muy detenidamente la presencia de ciertas curvas que mi cuerpo no puede evitar tener al ser justamente eso: un cuerpo humano. También me puse unos anteojos de sol más grandes que mi cara y mucho (pero mucho) labial rojo.

Naturalmente, la armadura cambia dependiendo de cada unx. Para algunxs usar tacos es la descripción perfecta de un viaje derecho al Inframundo pero a mí personalmente me hacen sentir bien. Alta. Casi como si estuviera en el mismo nivel que el resto, sin tener que mantenerme en puntitas de pie a todo momento o tratar de asomar la cabeza.

Al llegar a la parada del bondi, me acuerdo haber sentido el latido de mi corazón queriendo expandirse, viajando desde mi pecho hasta las puntas de mis dedos.

Tenía una respuesta rápida y filosa preparada en la punta de la lengua, lista para defenderme del inevitable comentario asqueroso. Inevitable porque había sido de esa manera cada día por los últimos tres meses… ¿por qué debería de ser diferente ahora? Comienzo a atravesar la cuadra. A diferencia de todas las veces anteriores en las que miraba hacia el piso y caminaba rápidamente, ahora mantengo la frente en alto y un paso decidido. Frente en alto, frente en alto, frente en alto…y nada.

Cruzo y llego a la parada del bondi. Los miro fijo mientras espero, desafiante. Nada.

El colectivo llega y me subo. Los sigo mirando desde la ventana después de pagar mis respectivos $6,25. Y los sigo mirando mientras el chófer pisa el acelerador y nos aleja cada vez más de ese escenario lamentable. Nada más aparto la vista cuando el único rastro que queda de los obreros son unas siluetas irreconocibles, de tamaño diminuto.
O tal vez ese fue el tamaño que tuvieron siempre.

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