Lástima no ser autopista para ser rescatada

Lástima no ser autopista para ser rescatada

Nos matan, nos torturan, nos pegan palizas, y como novedad evolutiva del machismo, ahora se hacen manadas para que los camellos hagan precio con la burundanga que nos ha de someter a delincuentes violadores a sus deseos.

Ayer vi en un programa de debate que el juez ha ordenado poner protección a Marjaliza porque le están amenazando. Pobre, Marjaliza, corruptor de corruptores, ladrón de impuestos y dineros de todos, que necesita que le cubran las espaldas porque aquellos a los que repartió dinero -nuestro dinero- amenazan a él y a su familia. No a quienes denuncian la corrupción como era el caso de Ana Garrido Ramos, ella era sólo una mujer, sino sólo a quien llenó sus bolsillos hasta reventarlos y ahora para salvar el pellejo, tira de la manta.

Maldito el sistema que cuida tanto del delincuente y mima al machista.

Dos horas antes leía en la Voz de Galicia que un niño de seis años había salvado la vida de su madre al llamar a los servicios de emergencia advirtiendo de que estaban matando a su madre. Con esa edad fue capaz de dar la dirección completa de su casa. Cuando los servicios llegaron, el pequeño le estaba dando el biberón a su hermano pequeño, un bebé.

¿Cuánto miedo habrá pasado esa madre para enseñar a su hijo herramientas básicas para salvar su vida y que el pequeño se aprenda la dirección? ¿Cuántas veces habrá tenido que dar ese pequeño el biberón a su hermano hasta que a la pareja de su madre le dictaran una orden de alejamiento por violencia machista?

¿Por qué esta mujer no tiene protección si está más que probado que su vida estaba en peligro? ¿Qué país decente se puede permitir que la vida de una mujer dependa de su hijo de seis años?

En los años en los que se contabilizan los asesinatos por violencia machista, el número de mujeres asesinadas ha superado al de asesinados por ETA. La banda terrorista asesinaba por la imposición de una ideología -la suya-, y todos aquellos concejales y altos cargos electos que defendían sus ideas, fueron protegidos a través de una red de escoltas que desde el Gobierno se puso en marcha. Hoy el terrorismo machista asesina por el mismo motivo, una ideología -el machismo-, pero la diferencia es que las mujeres no estamos protegidas ante esta lacra. Para el PP no valemos lo que costaría proteger a los miles de mujeres que cada día se levantan sin saber si ese será el último o si una escayola o una capa de maquillaje podrá echar capas y capas al dolor y al miedo.

2.000 millones de euros rescatarán las autopistas de peaje, pero el mismo Gobierno se ha negado a dotar al Pacto de Estado contra Violencia de Género los 200 millones que se necesitan para poder poner en marcha las medidas que ayuden a frenar esta lacra que nos avergüenza como sociedad. 87 millones en el despliegue del 1 de octubre en Cataluña, un sobre coste de 3.000 millones en unos submarinos para la Armada Española o 77.000 millones de euros para los Bancos, pero nada para nosotras.

No es una cuestión de dinero, es una cuestión de principios. Los principios del machismo, del machismo que gobierna y que, por ejemplo,  sigue cebando a una Iglesia Católica que día tras día lanza mensajes machistas desde los atriles y desde aquellas instituciones en las que tiene a bien participar; desde la educación separando niños y niñas, proponiendo fútbol para los niños y ganchillo para las niñas al tiempo que gobierna hacia la brecha insalvable de la desigualdad salarial, de la independencia económica  de la mujer con políticas inexistentes de conciliación laboral y con recortes sociales que hacen retornar a las mujeres al cuidado del hogar.

El lenguaje políticamente correcto ha supuesto un bálsamo para los machistas que hacen política, para los políticos machistas. Robaban el dinero de la lucha contra la violencia de género, el dinero de la lucha contra la trata de blancas, el dinero para crear una red de acogida para mujeres maltratadas para que una manada se lo gastara en prostitutas, que es una de las peores formas de violencia machista. Sus coches de lujo han llenado sus depósitos con sangre de las asesinadas y sus relojes no eran sino la cuenta atrás de la vida de otra más, quizás de alguno de sus hijos.

Compañeras, les importamos un carajo, cada lágrima que rueda por nuestras mejillas cuando una de las nuestras es asesinada es enjugada con un billete machista de patriarcado político, el peor palo en las ruedas en el camino de la igualdad.

No quiero migajas, no quiero la calderilla del Estado para nosotras, para más de la mitad de la población, quiero un país en el que mis hijas no sean violadas por una manada, en el que se las respete como ciudadanas que son sin que su vida sea una constante lucha por algo que es tan básico como el respeto, que tengan las mismas oportunidades y, si son maltratadas, que sean protegidas como se protegió en su día a quienes fueron perseguidos por sus ideas.

Caminar hacia la igualdad y respetar los derechos de las mujeres pasa porque no haya eximentes al respeto a la libertad de las mujeres, a su cuerpo, a su forma de vivir la vida.

Hay días en los que apetecería ser autopista para ser rescatada.

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