La Tumba de María Zambrano, de Nieves Rodríguez y Dirección de Jana Pacheco

La Tumba de María Zambrano, de Nieves Rodríguez y Dirección de Jana Pacheco

Recuerdo las palabras de Peter Brook: no entendemos la catarsis porque se la ha identificado con un emocional baño de vapor, no entendemos la tragedia porque se ha confundido con la interpretación del papel de rey, no creemos en la magia porque estamos acostumbradas al truco.

Y el teatro es transformación, es humana libertad y es magia. Las hallé, las sentí, las viví, en la ceremonia actualísima y, por lo mismo, atemporal del teatro que significa La tumba de María Zambrano, de Nieves Rodríguez y Jana Pacheco. No quieren ellas, en el programa de mano, diferenciar quién es la autora y quién es la directora. Saben que desde la palabra escrita hasta la escena-templo hay un tránsito, una metamorfosis. Y que la obra en el escenario es otra vida. Hubo un texto, hay palabras escapadas del alma de María Zambrano que Nieves Rodríguez recogió. Después, Jana Pacheco las condujo a la corporeidad “dirigiendo” un latido desgarrador, trágico y bellísimo, hasta la escena.

“Pieza poética en un sueño”, subtitulan –o explicitan- esta tumba, donde María Zambrano regresa porque es llamada por el presente y por su propio pasado, que es el nuestro, el de las espectadoras y los espectadores que asistimos a esa resurrección ante nuestros ojos. Símbolos que nos comprometen, números y formas, siluetas que acogen la huella de lo que fue y nunca tendría que haber sido, y de la grandeza de seguir elevándose hacia la vida, buscando esa palabra tan difícil de pronunciar y que tanto cuesta evitar que se volatilice. Es la palabra “paz”. María Zambrano escribió un sinónimo de la misma en su La tumba de Antígona: amor. Pero ese amor es, para Nieves Rodríguez y Jana Pacheco, un universo, una matria solidaria, una casa donde la imaginación danza mundos fraternales mostrando la coreografía que los abraza y los protege.

Como abraza y protege a un niño solitario, el niño solo de todos los orígenes míticos; cómo no serlo si lleva grabada, en su camiseta, una cifra aciaga: 36. 1936, sería, acaso, donde naciera ese niño sin infancia que desea, con fervor de niño y hambre de niño, que acabe el verano. Sería julio, haría calor. Sería 1936 y habría, en el verano de la infancia, una guerra. Hubo una guerra. Por eso su hambre no la sacia la comida humana, es otro el alimento que necesita. Es un alimento de amistad, necesita un alguien con quien compartir ese pan de “compañeros”. Y, en el cementerio, “acompañado” por los gatos rituales, lee esa sentencia escrita en el Cantar de los cantares, un sagrado poema de amor: levántate, amiga mía, y ven. La misma que está escrita en la tumba de María Zambrano, en el cementerio de Vélez-Málaga.

Entonces la amiga, la compañera, se levanta para entregarle, acaso, un mundo que se perdería si no hubiera unos ojos-testigo para guardarlo: el de la niña que quiso ser caja de música, el del padre maestro que le mostró la luz primera, el primer viaje hacia el cielo que un limonero representa. Un limonero cuya fruta es sagrada porque lo es de la mejor de las memorias, la que nos nutre y justifica, la que da sentido a toda una vida. La que, incluso, ante la indignidad que Araceli, la hermana-Antígona, padece sobre su cuerpo de mujer, promete una transformación porque propone justicia y poesía, unidas. Pensamiento y Belleza. Unidas. Conmovedora, sobrecogedora Araceli-“figuren”, Araceli-botín de guerra, Araceli-humillación que se arrastra, como se arrastra ese tiempo cargado de dolor del que no puede desprenderse nadie que lo haya padecido.

Pocas veces la experiencia del teatro es tan intensa, tan verdadera. Pocas veces estar en el teatro, ser acólita de su poder, se acerca tanto a la obra filosófica de donde ha partido esta pieza. Filosofía y Poesía unidas, razón poética sin necesidad de justificación ni explicaciones. Un sueño creador por el que hemos de dar gracias infinitas a sus sibilas mediadoras. Mujeres, claro que sí. Creadoras de matrias donde la única ley es la Paz. Claro que sí. María Zambrano, claro que sí: erguida, amiga que se levanta y viene. Para que no estemos, nunca, solas.


TÍTULO: La tumba de María Zambrano, de Nieves Rodríguez, con dirección de Jana Pacheco
INTÉRPRETES (por orden alfabético): Óscar Allo (niño hambriento), Isabel Dimas (Araceli), Aurora Herrero (María Zambrano), Daniel Méndez (el padre), Irene Serrano (María niña)
LUGAR: CDN-TEATRO VALLE-INCLÁN (Plaza de Lavapiés, Madrid)
FECHAS: 10 de enero-11 de febrero de 2018

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COMENTARIOS

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    Patricia 10 meses

    Gracias, Marifé, por la crítica. Espero que la representen algún día en Luxemburgo. Admiro profundamente a Zambrano. Coincidí con ella en un curso de Filosofía en la UNED, rodeada de miles de hombres, y gracias a tu libro “Debes conocerlas” la conocí más humanamente y junto a un nosotras. El silencio, el amor, la intuición, un ser holístico, producen paz y plenitud. La solidaridad y la empatía, reconciliación con lo humano.
    Un deseo, el de que no estemos solas, difícil de realizar, si hasta nuestras compañeras nos dan la espalda ante denuncias de acoso. Menos mal que siempre nos tenemos a nosotras mismas.

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