Hastiadas

Hastiadas

El último libro de Nuria Varela lleva por título “Cansadas”. Que lo estamos. Y yo diría, también, hastiadas… Hastiadas de tener que seguir defendiendo lo que defendieron nuestras abuelas, bisabuelas, incluso. Hastiadas de tanta violencia, tantas vidas arrebatas, tantas mujeres torturadas… tanto machismo, tanta impunidad. Hastiadas de tener que defender lo obvio, que diría Brecht.

El año de las mujeres, así definía un conocido periódico al 2017. Y yo no podía sino leer con perplejidad. ¿El año de qué mujeres, exactamente? Récord en machismo y violencia de género, agresiones sexuales concebidas como la conquista del territorio perdido, vientres de alquiler y sistemas prostituyentes legitimados por izquierdas y derechas, jóvenes educándose sexualmente en la cultura de la pornografía, que representa la violencia más misógina de todas. Mujeres sosteniendo la vida sin ningún reconocimiento por ello… cobrando menos y cuidando más. ¿El año de qué mujeres, exactamente? Para quienes pensamos en la colectividad, en las de aquí y allí, en todas, y no en individualidades, no creo que precisamente 2017 haya sido un año para sacar pecho de muchas cosas.

El año 2017 terminó como empezó: mujeres asesinadas por hombres, mujeres cosificadas en medios de comunicación, mujeres intentando hacerse un hueco en el mundo laboral… y más precariedad, más violencia y más hipersexualización femenina. Menos sujetas y más objetos. Si nuestras teóricas levantaran la cabeza…

El tema Pedroche, campanadas… me cansa. Si no fuera porque creo que es muy perjudicial lo que transmite, especialmente a las niñas y adolescentes, diría que ya hasta me aburre.

Intentaré hacer una explicación simple: ¿puede Pedroche, o cualquier mujer, ir vestida como quiera? Por supuesto. ¿Es feminista presentar las campanadas medio desnuda? Ni en sueños. ¿Es positivo para el feminismo, la autonomía de las mujeres o la creación de referentes para las niñas? Jamás. ¿El problema es que Pedroche un 31 de diciembre, a 0ª en Madrid, vaya cuasi desnuda? No. El problema es que si no fuera así no presentaría las campanadas. Porque la empresa que la contrata busca precisamente eso, subir audiencia a través de la cosificación e hipersexualización de una mujer. Quizás la pregunta más simple es… ¿por qué Chicote no enseña ni las muñecas? Porque él no lo necesita. Su rol es el de hacer chascarrillos machirulos.

Este año, a más a más, para legitimar la cosificación e hipersexualización de Cristina Pedroche le ponen un speech maniqueo, bajo la premisa Ni una menos, que repite como cuando memorizabas un párrafo para un examen en el instituto. Escuchándola y viéndola comprendí, por primera vez, a las profesoras Ana de Miguel y Alicia Puleo cuando nos explicaban en el Máster de Relaciones de Género que el patriarcado es impermeable, que se adapta a cualquier situación, pero sobre todo, cuando nos explicaban cómo el patriarcado se vale de la contradicción para perpetuarse. Esto último no lo había comprendido hasta que no vi a una mujer cosificada en prime time repitiendo como un loro un speech contra la violencia de género.

Me hastía, también, la actitud de los medios de comunicación, no sólo el pésimo tratamientos informativo que se da a las violencias contra las mujeres, al sexismo, al machismo, a la igualdad o al feminismo… sino la hipocresía que supone hacer artículos interesados ensalzando a las mujeres, mientras dos, tres, diez páginas más atrás se lucran millonariamente con anuncios de prostitución. Anuncios que reportan a los prostitudiores europeos la friolera de 40.000 millones de euros al día. Me hastía que ninguna tertulia política cumpla la Ley de Igualdad, y que el poder siga estando, por tanto, en manos de los hombres. Una de las grandes reticencias del patriarcado siempre fue que las mujeres entrasen en política. Sólo con ver cualquier tertulia política, de cualquier canal de televisión, lo constatas.

Cada día que pasa me hastía más y más, aunque reconoceré que de un espectro político más que de otro, la legitimación del sistema prostituyente y del alquiler de vientres. Se valen, para ello, del mito de la libre elección, que es el pilar mismo del libre mercado y del capitalismo más bestial de todos, el que pone precio a las mujeres. Lo hacen, además, desde el individualismo más cruel, el que defiende que los deseos de una minoría pudiente deben predominar sobre los derechos del  52% de la humanidad, que son las mujeres y niñas.

¿Por qué esas mismas personas que defienden que las mujeres pueden libremente alquilar su vientre o su cuerpo no defienden que los trabajadores, en masculino plural, negocien, al margen de convenios colectivos, bajadas salariales o trabajar más horas? Un trabajador puede decidir libre o voluntariamente trabajar 16 horas o cobrar 100€ menos. ¿Por qué no puede ni debe hacerlo? Porque perjudica al conjunto de los trabajadores. ¿Por qué los y las valedoras de los vientres de alquiler o el sistema prostituyente no defienden lo anterior? Porque eso les perjudicaría en sus salarios, mientras que el alquiler de vientres o la prostitución es un privilegio que tienen a su alcance, algo que ellos y ellas no harían nunca, que lo quieren sólo para las otras y para valerse de ello si lo requieren en algún momento. Y, sí, una buena parte de la izquierda se ha prestado a ello.

Comprendan, quienes quieran de verdad cambiar la realidad, que el problema es sistémico. Diana Quer no aparece violada, torturada y asesinada en un pozo porque a un loco se le ha ido la cabeza. Hay un sistema que origina, perpetúa y sostiene la desigualdad, la discriminación y las violencias contra las mujeres y las niñas, y tiene nombre, y hay que nombrarlo para que exista de verdad: el patriarcado. Ni hetero ni homo, patriarcado.

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