¿En qué quedó aquello de “Liberté, Égalité, Fraternité”?

¿En qué quedó aquello de “Liberté, Égalité, Fraternité”?

 

De los tres desiderátums incluidos en el lema de la revolución francesa, la liberté sigue teniendo muy buena prensa. El neoliberalismo la ha encumbrado hasta el delirio. Cierto que vaciándola del contenido altamente subversivo que tuvo y limitándola al campo más estrictamente folclórico y personal. O sea: la libertad consiste en que tú mism@ contigo mism@ hagas lo que te pase por la cabeza (siempre que lo que te pase por la cabeza no cuestione las estructuras del poder).

L’égalité, ya es harina de otro costal. Gusta mucho menos. Se atraganta. En seguida se alzan voces: “¿Cómo vamos a ser iguales si somos distintos?”. Se identifica igualdad con identidad y, al tiempo, se la despoja de contenido político. Se oculta que la igualdad reclamada es de derechos, deberes, oportunidades… Pedir igualdad es oponerse a la sumisión y a los privilegios. En eso consiste la igualdad.

Y la fraternité… No designa una especie de aggiornamento laico de la caridad. Cursa entre iguales y se pide porque sabemos que, incluso si alcanzásemos un grado satisfactorio de igualdad y libertad, la condición humana seguiría siendo frágil en múltiples aspectos. Siempre hay (y siempre habrá) fallas, debilidades, dolores que solo se pueden atender o dulcificar con empatía, solidaridad y aprecio entre personas (el cariño lo reservo para describir sentimientos entre quienes se conocen).

Como sabemos, la Revolución Francesa dejó fuera del pacto republicano a las mujeres. Así, de entrada y de principio, sin más zarandajas. Con nosotras no iba ni la Liberté, ni l’ Egalité ni la Fraternité. El artículo primero de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano estipulaba: «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos ». Las mujeres no éramos “hombres”. Esas palabras no estaban en masculino genérico sino propia, estricta y llanamente en masculino literal. Olympe de Gouges reclamó la inclusión de las “ciudadanas”. En su alegato, Olympe decía: “si una mujer puede subir al cadalso también, debe poder subir a la tribuna”. Pues no, no la dejaron subir a la tribuna pero sí la guillotinaron.

Aquellos hombres, sublevados contra las prerrogativas de casta, dispuestos a luchar por la igualdad legal entre ellos, conservaron sus privilegios masculinos y mantuvieron ferozmente la sumisión de las mujeres.

Nos costó más de un siglo (en Francia, concretamente 155 años) conseguir el derecho al voto, por ejemplo. Y nos costó otros treinta o cuarenta años liberarnos de la tutela y el control del marido, del padre o del varón más cercano (y aún hay países donde las mujeres carecen de derechos políticos o de ciudadanía).

Para nosotras, subir cualquier escalón hacia la liberté, l’égalité y la fraternité (e, incluso, dejar ya de llamar así a esta última) ha supuesto y sigue suponiendo una ardua pelea. A cada paso que damos, las pandas patriarcales claman: “¿Por qué odiáis a los varones? ¿Por qué destruís la harmonía social? ¿por qué sois intolerantes?”

Eso les decían a las sufragistas y a las feministas de los 70/80: “¿Cómo es posible que queráis ser como los hombres? (los varones galantes añadían: “Pero, si sois mejores…”). Daba igual que explicásemos que no queríamos ser como ellos sino tener los mismos derechos, la misma libertad, no estar sometidas, etc. Berreaban: “Es imposible, el mundo se destruiría. Dios no nos hizo iguales sino complementarios. Una mujer no puede entrar y salir como un hombre ¡qué horror! ¿Quién custodiaría el tarro de las “esencias”?”

Con todo, irremediablemente, la idea de nuestra igualdad y nuestra libertad se fue abriendo paso (digo la idea, porque la práctica sabemos cómo anda de limitada). Así, aunque hay quien mantiene el antiguo discurso, lo moderno no va por ahí. Lo in no es negar nuestros derechos y libertades sino clamar que consisten en querer ser sumisas. Somos libres, sí, claro que sí, y ¿qué queremos libremente?: Servir al amo.

Como decíamos al principio, el neoliberalismo ha convertido la palabra libertad en una especie de fórmula mágica que se usa para justificar cualquier locura, tontería, sinrazón y reaccionariez. Se plantea una problemática y, en vez de analizar sus límites, sus consecuencias y sus implicaciones, se apela a la libertad y parece como que ya está todo dicho. Ejemplo tópico: la prostitución. En vez de debatir qué la justifica (o qué no), qué desigualdades conlleva, qué resultados y secuelas tiene, se dice: “Hay mujeres que se prostituyen libremente”. Y ya, con eso, pretenden cerrar el debate.

Estos elogios ditirámbicos y primarios a la libertad siempre eluden y ocultan tres aspectos claves: para qué somos libres, con qué limitaciones y si es admisible que la libertad individual pueda deteriorar la libertad o el bienestar del conjunto social. Si eludimos esos aspectos, podemos llegar a afirmaciones aberrantes tales como que durante el franquismo éramos libres… Sí, pero para loar las leyes Fundamentales del Movimiento.

¿Somos libres para beber vino? Lo somos pero ¿qué vino? ¡Ah! ahí ya hay que matizar… Cierto que, en España, con 5€ se pueden comprar tres litros, pero, para tomar una botella de Château Mouton-Rothschild de 1945 hay que disponer de casi 24,000€ (y tener contactos y estar en los circuitos adecuados pues no basta con poner los 24,000 eurazos sobre un mostrador y pedirla). Libres para beber, sí, bastante. Libres para elegir bebida, no. ¿Libres para beber hasta el delirio? Sí. ¿Libres para luego coger un coche y poner en peligro otras vidas? Pues no. Y, además, habría que seguir matizando y cavilando (que por algo somos humanos y tenemos inteligencia) sobre la diferencia que hay entre pasarse puntualmente de copas y vivir alcoholizado; preguntarse por qué algunos usan “su libertad” para ahogarla en alcohol, etc. etc. Pero, claro, en cuanto empiezan los cuestionamientos, se alzan las voces neoliberales que claman: “Lo que importa es que esas personas son libres para beber. Lo demás es secundario”.

He puesto ejemplos algo pedestres por si sirven para hacer reflexionar a algún adicto al neoliberalismo, pero lo dudo. Creo que seguirán loando la “libertad” sin tener en cuenta ni en qué, ni para qué ni con qué consecuencias sociales. Como decía Aznar -ese ser que fue presidente de España aunque parezca mentira-: “¿Quién puede decirme a mí si puedo o no conducir después de haber tomado copas?”.

Frente a la lucha de liberación de las mujeres, la propaganda neoliberal es intensísima. Clama: “Ya sois libres. Antes no, pero ahora sí. Sois libres y libremente decidís seguir contentando al rey de la creación, el hombre” (hombre en masculino literal, claro).

Porque, sí, las cantinelas han cambiado. Por ejemplo, en el terreno sexual, la cantinela antigua era: “Teneís que ser puras, vuestro cuerpo solo puede pertenecer a un hombre, vuestro legítimo esposo”.

La cantinela “moderna” es: “Salvo la que se case conmigo, las demás no tenéis por qué ser puras. Mejor incluso si sois putones dispuestas a hacer sin remilgos todo lo que os pidamos”.

Siguiendo esa lógica de que la liberación sexual consiste, no en que reivindiquemos nuestros placeres, sino en que estemos siempre dispuestas a satisfacer los ajenos, las voceras del patriarcado tachan de puritanas a quienes nos negamos a poner boca, ano, vagina o cualquier otra parte de nuestro cuerpo al servicio de quien los desee.

Y así, confunden (e intentan que confundamos) seducción con manoseo no querido, juego amoroso y coqueteo (tan lindos y agradables si son mutuos) con baboseo y acoso. Llaman libertad a la libertad de los varones para importunar o agredir. Llaman intolerancia a la libertad de las mujeres para rebelarse.

La buena noticia es esta: cada vez más mujeres (y hombres) están alzando su voz contra tanta ignominia, con dos lemas:

  1. Se acabó la permisividad generalizada. Ningún hombre puede aprovecharse de su situación de privilegio para acosar a una mujer.
  2. Mi cuerpo de mujer no existe en función del tuyo. Para que haya juego amoroso y erótico tus deseos y los míos deben coincidir.
CATEGORÍAS
Comparte